Los signos gráficos de una lengua

15 de julio del 2012

En la sede norte de la Alianza Colombo Francesa se organizó una exposición de Gustavo Zalamea con motivo del primer año de su repentina partida de este mundo y donde sus mapas mentales son el eje de la muestra. Mapas de letras e ideas que Zalamea iba desarrollando mientras pensaba. Esquemas de pensamientos que tienen en […]

En la sede norte de la Alianza Colombo Francesa se organizó una exposición de Gustavo Zalamea con motivo del primer año de su repentina partida de este mundo y donde sus mapas mentales son el eje de la muestra.

Mapas de letras e ideas que Zalamea iba desarrollando mientras pensaba. Esquemas de pensamientos que tienen en el papel unas rutas que muestran todas sus preocupaciones. La caligrafía era también un argumento plástico.

Se exponen entre otros, su último bello cuadro con su carga figurativa, más que todo un ejercicio de color muy característico de su trabajo pictórico y una serie maravillosa de objetos, que nos dejan ver ese lado lúdico, en unas construcciones que son la suma de elementos formales organizados alrededor  de sus temas recurrentes. La objetualidad es parte de una obra moderna que indaga por los significados del arte.

La obra de Gustavo Zalamea es tan única como multifacética porque todo importa y todo tiene significado. Como bien lo escribió él mismo en el Diccionario de la Sabiduría:  “El diseño y el trabajo gráfico son elementos claves en mi escritura. Son los caracteres de mi escritura la armazón que sostiene y construye un espacio sensible”.

Son obras directas realizadas durante varios años que nos enfrentan a alusiones sobre la realidad  del arquitecto pintor, que escribe dibujos, arma cuentos con alusiones cercanas a la historia del arte, comenta propuestas sociales con pequeños objetos, dibuja ideales sociales con la imagen de la torre que realizó Vladimir Tatlin, construida para que los políticos de la Revolución Rusa tuvieran su estandarte utópico para sus alocuciones.

En su trabajo  no hay sumisión ante la pureza de las formas. Todo en cada obra se encuentra al servicio de un universo tanto exterior como interior. En los Estudios de Estética,  Manuel Ramos define la esencia del conflicto entre el clasicismo y el romanticismo. Mientras afirmaba que los clásicos, el artista debía esconder el alma tras la forma pura, los románticos por el contrario, descuidaban la forma para que saliera espontánea la decisión de representar un sentimiento.

Gustavo Zalamea tocaba en la modernidad ambos lados. Un artista polifacético, lleno de virtudes que creía en la profundidad del alma, en la condición humana, en la infelicidad del hombre que además, como Baudelaire,  se sabe reír de sí mismo. Conocía y escribía su geografía interna, sus sueños, sus discursos estéticos, sus propuestas libres, siempre  con posibilidades de varias lecturas, con preguntas, con respuestas o sin ellas. Siempre deambulaba su obra entre la realidad política y la condición natural de un artista que no se cansó de preguntarse a qué vinimos, qué sociedad tenemos, cuales son las grandes injusticias. Un hombre democrático que siempre tuvo como norte un orden social más justo y menos atropellador de esta cotidianidad irremediable.

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