Hace un par de años Manuel* se graduó como arquitecto de una de las universidades privadas más grandes de Cali. En su primer año en el mercado laboral consiguió trabajo en una constructora por un sueldo bajísimo, pero pensó que por tratarse de su primer empleo, el sueldo estaba bien. Dos años después, seguía ganando lo mismo. Buscó por todos los medios otra posibilidad de trabajo pero no encontró. Al final se cansó de ser explotado y renunció para trabajar como independiente. Así llevaba casi seis meses, saltando matojos al final de mes para poder pagar el arriendo y las tarjetas, hasta que una noche de sábado tomándose una cerveza, un amigo francés que llevaba un año viviendo en Cali, le habló de una opción bastante interesante: Olvidarse de su título de Arquitecto, de su prestigio local, e irse a recoger marihuana a California, en Estados Unidos, el Estado más poblado de ese país.
El francés, que estaba feliz aprendiendo a bailar salsa en la ciudad, le contó a Manuel todos los detalles: La mejor época es entre enero y octubre, pues la demanda de “mano de obra” es más alta, no es necesaria una visa de trabajo, ni permisos, mejor dicho la vaina es ilegal. Así que una visa de turista era suficiente. En un par de meses de trabajo, el tiempo suficiente para devolverse a Colombia y no ser sancionado, muchos se habían hecho 25, 30 o hasta 40 ‘palos’, dependiendo de su agilidad. La tarea consiste en llegar al norte de California, conformado por los condados de Humboldt, Mendocino y Trinity. El asunto, le reveló el francés, ya es una especie de opción laboral para muchos jóvenes en países como México, Argentina y Colombia. Viajar, internarse en una plantación por un par de meses sin gastar un peso –pues además del hospedaje, la alimentación (que está en manos de muy buenos chef), corre por cuenta de los dueños del cultivo-. Así las cosas, según el mito, todos vuelven a casa con más de 30 millones en el bolsillo. Bingo.
Y es que el 8 de noviembre del año pasado en California y en Nevada -el mismo día en que el millonario ultra conservador Donald Trump se ganó su silla en la Casa Blanca-, los votantes aprobaron la marihuana recreativa, lo que permite a cada ciudadano mayor de 21 años poseer legalmente hasta una onza (28,3 gramos), fumarla en su casa o en espacios privados, y cultivar hasta un total de seis plantas, sumándose a Colorado, Massachussetts, Oregon, Alaska y el centro político del país: Washington. Hay que agregar que en 25 Estados es aprobada la marihuana con fines medicinales (California fue el primero en 1996), una industria que según algunos datos, produjo en 2016 unos 6.900 millones de dólares.
Manuel, viajó hace tres meses, desde Cali a Miami y luego California. En Los Ángeles, se encontró con un par de amigos del Francés que también irían al mismo lugar –ser aceptado en los cultivos no es tan fácil. Generalmente, hay que ser referenciado por alguien que ya tenga entrada-. De ahí, que el perfil de los que entran sea casi similar: jóvenes profesionales o universitarios de estrato 3 o 4, con espíritu mochilero, que no encuentran trabajo en sus países, jóvenes con espíritu viajero – en su mayoría europeos- con ganas de ahorrar algo de billete para seguir recorriendo el mundo. Es decir, se trata de un fenómeno diferente a la ola migratoria de los años 90, que nos generó el desastre del narcotráfico.
Adentro de la plantación, me contó Manuel, el asunto es como un reality de esos en los que internan todo tipo de personalidades por un tiempo. “Hay gente realmente rayada y loca”, me soltó mientras se fumaba un cigarrillo. “Había un alemán que, literalmente, vivía en un árbol. El tipo se fumaba un porro después de la jornada laboral y se subía a lo más alto como para no tener que hablar con nadie. Creo que bajaba cuando ya todos estábamos durmiendo”.
Lo que me contó Manuel no deja de ser exótico. En su campamento había cerca de treinta personas. Hombres y mujeres de todas partes del mundo. La mayoría repitentes, y unos pocos novatos como él. Le fue bien, porque todos dormían en un par de casas gigantes, en medio de la montaña –en otros casos deben dormir en carpas-. Durante la primera jornada de recolección (el trabajo consiste en deshojar las ramas, que ya han sido expuestas al sol previamente para que estén secas), se descuidó, y alguien le había robado de su costal la mitad de la hierba que había recogido. Allí las cosas son así. Todos quieren tener la mayor cantidad de marihuana en sus costales para, a la hora del peso, acumular la mayor cantidad de dinero. El más ágil, es el que más gana. Eso lo aprendió rápidamente y entendió que si quería volver a Colombia con la billetera llena tenía que estar concentrado y con los siete sentidos despiertos. Había días, me reveló, en los que perdía la noción del tiempo y otros en los que decidía retar a su vejiga para evitar perder tiempo en el baño.
Manuel volvió a Cali con ojeras, pero con casi treinta millones de pesos en sus bolsillos y pensando en regresar el próximo verano. En el fondo, no dejaba de pensar en que él, el orgullo de su casa, con su prestigio local de buen arquitecto, había terminado trabajando de ilegal en un cultivo de marihuana gringo. Lo hacía al mismo tiempo en que veía en los noticieros de televisión que Donald Trump, con su copete rubio bien peinado, amenazaba con la descertificación a Colombia por el significativo aumento de cultivos ilícitos. Qué paradoja.
*Nombre ficticio, para proteger la identidad de la fuente.
