Ayer mientras se celebraba el Día Mundial de la No Violencia Contra la Niñez, en Bogotá aparecía en el río Tunjuelo un niño de tan solo 5 años muerto, en Santa Marta moría otro al parecer por falta de diligencia en la atención por parte de los médicos del hospital al que fue trasladado. Y hace apenas cinco días falleció el niño que resultó herido por bala de fusil en ataque de las Farc a una patrulla de la Policía, en La Montañita, Caquetá.
Ni los muertos que dejan a su paso las llamadas pipeta bomba, los indiscriminados tiros de fusil, ni las minas antipersona sembradas por las Farc son vistos y mucho menos denunciados como deberían ser; organizaciones internacionales y periodistas prefieren ver a un costado. Hace falta más denuncia, más compromiso, acciones que ocupen el lugar de las palabras, estas que siempre caen en el olvido. O gestos de congraciamiento con los responsables de hechos repudiables.
Todos los actos atroces deben contarse y denunciarse, sin excepción. Son las víctimas del conflicto las que deben hablar y ser protegidas por aquellos que trabajan en el reporte y la defensa de los derechos humanos. Todas las atrocidades cometidas por los grupos narcoterroristas y las nuevas bandas criminales, las bacrim que se lucran con las ganancias producto del narcotráfico, también. Así como esas deben ser denunciadas y judicializadas, lo mismo debe proceder hacia otros actores armados que intentan esconder a la comunidad internacional sus delitos de lesa humanidad. ¿Acaso todas las víctimas no tienen el mismo derecho?
Víctima es víctima. ¿No se han preguntado en Francia, qué estará pensando y sintiendo la familia del menor de 8 años que recibió un tiro de fusil en su cabeza la semana anterior? Cuando las Farc por acabar con la vida de dos policías que iban en una patrulla dispararon indiscriminadamente contra una vivienda civil. De este hecho hablé la semana pasada. El niño estaba en su casa con su padre y su hermano. Los médicos intentaron salvarle la vida, pero finalmente, nada pudieron hacer.
Esperemos que el señor Langlois sorprenda al mundo con un reporte dedicado a este doloroso capítulo de la guerra en Colombia, cosa que con todo respeto dudo mucho que haga, a juzgar por su risa bonachona y expresión eufórica después de su jamboree con las Farc.
En esta oportunidad voy a denunciar otro de esos capítulos del conflicto en nuestro país, que muchas veces intentan tapar las Farc con algunos de sus amigos internacionales. Cuando varios niños de un internado del municipio de Puerto Guzmán (Putumayo) estaban en plena jornada escolar, guerrilleros de las Farc irrumpieron en las aulas, hablaron de “cátedra bolivariana”, de las “razones justas y sociales” de la lucha armada de las Farc, identificaron de manera fría y macabra a sus víctimas, las seleccionaron y se llevaron a trece menores, la gran mayoría de ellos, mujeres.
No les importó que estuvieran estudiando, tampoco que fueran menores de 18 años, mucho menos ingresar a una escuela. Señor Langlois, sería bueno revisar el protocolo número II de Ginebra y verificar si este acto es permitido ó no.
Los niños tienen entre 10 y 15 años de edad, según testigos, los guerrilleros ingresaron al internado, y con el cuento de una vida mejor, y persuadidos por sus fusiles se llevaron a los infantes. Me gustaría ver la cara de Langlois, conociendo esta denuncia y de paso insistirle que le cuente al mundo a través de su agencia lo que también hacen esos guerrilleros de las Farc, otros amos de la guerra. ¿Será que las madres de esos niños, no tienen derecho a reclamar?
También conocí que la defensoría del Pueblo no descarta que los niños reclutados sean muchos más.
De paso sería bueno que sobre tema tan sensible reflexionaran quienes defienden el marco jurídico para la paz, y espero que el señor Langlois logre contactar en el Departamento del Putumayo a los padres de esos niños que fueron sacados de las aulas por la fuerza a empuñar un fusil.
Twitter: @g_rodriguezm
¡Más niños a la guerra!
Mié, 13/06/2012 - 01:03
Ayer mientras se celebraba el Día Mundial de la No Violencia Contra la Niñez, en Bogotá aparecía en el río Tunjuelo un niño de tan solo 5 años muerto, en Santa Marta moría otro al parecer por
