Medicina en la provincia

1 de agosto del 2012

Creo que una de las tendencias que tomará fuerza en nuestro mundo globalizado será vivir en la provincia. Sobretodo si podemos hacerlo hiperconectados con todo desde nuestro pequeño rincón bucólico. La calidad de vida en las grandes ciudades no es la mejor. Si imagináramos un infierno contemporáneo probablemente se parecería a algún barrio de San […]

Creo que una de las tendencias que tomará fuerza en nuestro mundo globalizado será vivir en la provincia. Sobretodo si podemos hacerlo hiperconectados con todo desde nuestro pequeño rincón bucólico. La calidad de vida en las grandes ciudades no es la mejor. Si imagináramos un infierno contemporáneo probablemente se parecería a algún barrio de San Pablo, México o Bogotá. El falso paraíso correspondiente sería una torre de apartamentos altísima sobre ese barrio. Pareciera que ya estamos viviendo esa terrible realidad en nuestras metrópolis a pesar de los encomiables esfuerzos de arquitectos y urbanistas.

Ante esta realidad la solución puede ser vivir en provincia. Esto ha sido así desde los días de Roma. Y quizás desde los tiempos más antiguos de Jericó y la mítica Babel. Algunos paleopatólogos afirman que los signos de desnutrición y enfermedades infecciosas se hacen más frecuentes en los restos esqueléticos de los primeros yacimientos urbanos. Jared Diamond, polémico autor a quien se concedió un Pulitzer hace algunos años, defendía esta visión negativa de la revolución neolítica y sus primeras ciudades en un texto de los años ochenta (El peor error en la historia de la raza humana, Discover Magazine, mayo de 1987). Así pues no estamos seguros que la gran ciudad sea prueba del progreso de la humanidad.

Pero ¿cómo se ejerce buena medicina en la provincia? Por ejemplo en el Valle del Cauca a finales del siglo XIX. Evaristo García, caleño, fue uno de los primeros médicos graduados en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional y fundador de lo que es hoy la Academia Nacional de Medicina. Luego viajó a París donde recibió clases del Napoleón de las Neurosis, Jean-Martin Charcot, cuyas enseñanzas estimularon el desarrollo del psicoanálisis en otro de sus estudiantes, Sigmund Freud. Evaristo, según algunos testimonios discípulo dilecto de Charcot, regresó a Cali.

¿Por qué lo hizo? Probablemente y sencillamente le gustaba vivir en la comarca vallecaucana. No podemos repetir el lugar común que le gustaba el pan de bono y era ardoroso seguidor del América pero una de sus últimas monografías sobre el plátano incluye receta para el sancocho. En Cali tuvo una activa vida científica y con colegas un poco más jóvenes fundó la Sociedad de Medicina del Cauca con su Boletín (1887-1910). Sirva este recuerdo del Boletín para pedir a las autoridades políticas y académicas del Valle que recojan y preserven los ejemplares del Boletín que andan por ahí en Cali deshojados y maltrechos, por ejemplo en el Hospital San Juan de Dios de esa ciudad.

En esta ocasión quisiera subrayar un aspecto de la práctica de la medicina en provincia: los encuentros de colegas y el trabajo en grupo. El 20 de julio de 1888 se realizó en Buga una reunión académica de 22 médicos del Gran Cauca con asistentes que venían desde Popayán, sólo tres, hasta Roldanillo. Se presentaron trabajos sobre tifoidea, antisepsia, tumores del tiroides, beri-beri (magistral presentación del Dr. García) y otros temas. Éste probablemente fue el primer congreso médico en la provincia vallecaucana y uno se pregunta: ¿por qué se reunieron?, ¿para ser famosos, para ganar pacientes, por razones de ego?

Yo prefiero pensar que se reunieron para discutir con entusiasmo ideas médicas. La medicina es un antiguo oficio que como las religiones se vive siempre con entusiasmo y escepticismo. Nadie puede estar seguro de poseer la solución final de los problemas médicos. Los que la ejercemos lo hacemos siempre con grandes dudas, aunque el paciente no se dé cuenta de ello. Al mismo tiempo dedicamos gran parte de nuestra vida a pensar en la medicina. Por lo que entre amigos y conocidos solo sabemos hablar de ella, lo que nos hace parecer pedantes. O peor aún callamos, lo que nos hace parecer soberbios. Si los pacientes conocieran las dudas que nos carcomen apreciarían mejor el acto médico.

Entonces el ejercicio de la medicina es una peculiar mezcla de entusiasmo y escepticismo. Por eso creo que cuando nos reunimos, como aquellos médicos caucanos en 1888, lo hacemos fundamentalmente para hablar de medicina. Y esas reuniones son muy importantes para quien vive en provincia. También para quien vive y ejerce en las grandes ciudades donde se sufre a veces, paradójicamente, más soledad y aislamiento.

Evaristo y sus compañeros ejemplifican la importancia de reunirnos a hablar de medicina. Lo del trabajo heroico, individual, sacrificado, prometeico, es un mito. La actual medicina de evidencia muestra los peligros del ejercicio basado solo en la experiencia personal. Para practicar buena medicina hay que compartir entre colegas el escepticismo y el entusiasmo por las ideas médicas. En provincia y en las metrópolis, pero recordemos a Fray Luis de León: “¡Qué descansada vida/ la del que huye el mundanal ruido, / y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!”

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