Mercadeo de enfermedades

18 de julio del 2012

En tiempos recientes la justicia norteamericana ha propinado algunos golpes serios a las grandes farmacéuticas. El último y más reciente penaliza a un importante laboratorio con la multa más alta en la historia de la jurisprudencia relacionada con la producción de drogas: 3.000 millones de dólares. Suma que a pesar de su dimensión económica puede […]

En tiempos recientes la justicia norteamericana ha propinado algunos golpes serios a las grandes farmacéuticas. El último y más reciente penaliza a un importante laboratorio con la multa más alta en la historia de la jurisprudencia relacionada con la producción de drogas: 3.000 millones de dólares. Suma que a pesar de su dimensión económica puede no preocupar mucho al fabricante pues las ganancias conseguidas por las acciones penalizadas son mucho mayores. Conviene detallar un poco la sentencia para descubrir en qué nos concierne a nosotros sin entrar en tecnicismos epidemiológicos y jurídicos.

Primero se halló culpable al laboratorio de impulsar la prescripción de algunos medicamentos con invitaciones y regalos a los médicos que iban más allá de lo considerado ético. Esto es una acusación que tiene su más y su menos. Para la mayoría de nosotros quien prescribe un tratamiento no debe recibir dinero por formular una droga específica. Esto parece claro: no debe comprarse por ningún medio la decisión terapéutica pues el interés prioritario del acto médico es la salud del paciente. Pero ¿qué es recibir dinero? Aquí se complica la aplicación del principio ético. Un profesional de la salud puede recibir material educativo (libros, conferencias y tradicionalmente bolígrafos, tazas, etc.) que le recuerde las bondades y ventajas de ciertos fármacos. Esto no parece herir la sensibilidad ética de la mayoría de nosotros. Pero cuando se pagan con el mismo propósito viajes, hoteles costosos y variadas “atenciones” la cosa cambia.

Por otro lado en nuestros países no se podrían realizar congresos científicos con invitados internacionales sin el patrocinio de los grandes laboratorios. Y estas reuniones cumplen un papel en la educación continua y actualización de los profesionales de la salud. Quizás el valor de ellas es menor hoy en este mundo globalizado cuando casi toda la información necesaria está en Internet. Pero todavía nos gusta sentarnos a escuchar los grandes “cacaos” de la medicina. Años atrás me invitaron a un congreso en Cartagena y la noche de clausura viví un momento de iluminación ética. La fiesta era en el Castillo San Felipe con una famosa agrupación musical nacional. No llegaba ni de lejos a la boda de Fritanga pero pensé: con lo que cuesta esta fiesta podrían pagarse muchos antibióticos para los pacientes del hospital donde trabajo. Desde ese momento tengo cierta reserva ética ante los congresos médicos aunque considero que todavía cumplen un papel en la necesaria educación continua de nuestros profesionales.

La segunda conducta del gran laboratorio penalizada por la justicia estadounidense parece más claramente criminal: ocultar ciertos efectos secundarios de algunos medicamentos. Pero me pregunto: ¿qué es un efecto secundario y cuándo es importante? Viene a mi memoria el trabajo de un antiguo estudiante mío para un gran laboratorio en Nueva York: recibir reportes de efectos secundarios, investigarlos someramente, registrarlos y analizarlos estadísticamente. La gran mayoría eran dolores de cabeza, mareos y transitorios brotes cutáneos. No me parecieron muy serios y creo que le sugerí utilizar su inteligencia y gran habilidad informática en otros problemas.

También recuerdo algo que me enseñó un excelente profesor: hace cien años la mayoría de los fármacos eran inofensivos porque no servían para nada, hoy son útiles actuando sobre específicas reacciones bioquímicas fisiológicas y por eso todos son hasta cierto punto venenos necesarios. De tal forma que ocultar efectos secundarios también tiene su más y su menos. Lea usted la letra menuda en la caja de cualquier medicamento y de seguro temerá tomarlo. Y eso está bien porque es casi seguro que en la actualidad tomamos más drogas de las que necesitamos, lo que nos lleva a la tercera razón para multar con 3.000 millones de dólares al gran laboratorio internacional investigado por la justicia norteamericana.

Se le acusó de extender la indicación de ciertos tratamientos a condiciones vagas y de difícil definición. Ejemplo casi risible: un fármaco útil para la agorafobia, miedo a espacios públicos y multitudes, se promueve como tratamiento para la timidez (“Medicamentos en busca de enfermedad”, El País, 9 de julio, 2012). Esto lo llaman en inglés disease-mongering que puede traducirse como mercadeo de enfermedades: se inventa o exagera una enfermedad y se vende su remedio. No quiero defender los grandes productores de drogas pero aun esta conducta criminal tiene su más y su menos.

Pues aquí, como en la prostitución: ¿quién es el culpable, el que vende o el que compra? Nuestra sociedad tiene una necesidad patológica de comprar remedios farmacológicos para sus problemas. Todo sufrimiento humano es clasificado como enfermedad y vemos siempre nuestros males a través de un lente médico (Blaming Big Pharma for society´s ills , Spiked, 10 de julio, 2012). Es cierto, existe el mercadeo fraudulento de medicamentos pero nosotros todos nos dejamos mercadear enfermedades. Preferimos considerar enfermedades nuestras limitaciones, malos hábitos y fragilidades buscando siempre la pepita milagrosa para su alivio.

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