No hagas a otros…

28 de enero del 2015

Debo reconocerles que me causó profunda y dolorosa impresión los luctuosos acontecimientos ocurridos el pasado 7 de enero en la culta y emblemática ciudad de Paris, France, cuando un comando al parecer de Al-Qaeda asaltó las instalaciones del semanario “Charlie Hebdo” y sin ninguna consideración, asesinó a mansalva a 12 personas entre los que se […]

Debo reconocerles que me causó profunda y dolorosa impresión los luctuosos acontecimientos ocurridos el pasado 7 de enero en la culta y emblemática ciudad de Paris, France, cuando un comando al parecer de Al-Qaeda asaltó las instalaciones del semanario “Charlie Hebdo” y sin ninguna consideración, asesinó a mansalva a 12 personas entre los que se contaban los conocidos caricaturistas quienes con francas alusiones a la vida, prácticas y  contenido de varias religiones, incluida la cristiana ridiculizaban, en especial a El Corán, libro sagrado de los musulmanes y a Mahoma, su profeta,  en sus  frecuentes ediciones.  La reacción armada o violenta no se hizo esperar. Como en los mejores tiempos de la ley del Talión “Ojo por ojo y diente por diente”, Francia dispuso, en un estado de guerra o conmoción,  de toda su capacidad bélica y al día siguiente los asaltantes, dos jóvenes  hermanos, musulmanes, nacidos en Francia,  fueron rápida y arteramente  aniquilados.

En la soledad de mi casa he pensado una y otra vez por qué la humanidad  se comporta de esa manera errática  y vergonzosa, si somos la especie que en un largo periodo de años, gracias a la fuerza de la evolución logró comprender su esencia, su naturaleza y asumir el conocimiento de todas las complejas leyes que mantienen el universo. Porqué Francia cuna de: la libertad, la igualdad y la fraternidad,  que ha enseñado al mundo la profundidad de sus principios, de los que se derivan la solidaridad y el respeto,  hoy  están ausentes de algunas de sus prácticas  ciudadanas.

La religión apareció en la dilatada noche de la evolución  para acompañar con sus creencias el largo y solitario periplo del hombre sobre la faz de la tierra. Podemos decir que la evolución estructuró también, junto al cerebro, las ideas religiosas que para bien o para mal han acompañado a la especie humana. Para bien, porque lo acompañan en la desprotección y soledad de sus miedos, enseñándole a aceptar  el devenir que mitiga su dolor, a cambio de un reino que lo hará feliz,  después de la muerte. Para mal, porque se han impregnado (unas más que otras),  de sectarismo y fundamentalismo que han generado fratricidas  guerras, las que sería interminable su enumeración.

De otro lado, la evolución  de las estructuras cerebrales facilitó el avance  del pensamiento  intelectual, que posibilitó la construcción de un  compendio de ideas civiles, inherentes a los ciudadanos  y allí radicó la necesidad básica de una Ética  Civil, que reconoce  y promulga principios fundamentales para la convivencia  en armonía de los seres humanos y de las sociedades en su conjunto, principios como: El Respeto, la Solidaridad, la Responsabilidad, la Honestidad  y la Justicia, que deben ser asumidos por cada ser humano, por cada sociedad y hoy por el mundo global en su conjunto si queremos Paz y Fraternidad entre los pueblos. De este modo, la  Ética no valida bajo ninguna circunstancia, que si alguien infringe un principio conmigo, yo deba infringirlo inmediatamente con él, por el contrario orienta: Debo sostenerme en la práctica  de dichos principios, para no instaurar una cadena interminable de violencia, tampoco valida en nombre de la libertad el irrespeto a las creencias religiosas de otros.

Entonces,  quienes han sido promulgadores de la Fraternidad, palabra que encierran la  Ética Civil, ya que ella es condición sine qua non para vivirla, les impone el deber  ético de comprender que existen millones de hombres y mujeres,  que tienen su vida  aferrada exclusivamente a su Dios,  sienten que ese Dios es toda su razón de ser, soltarse de su mano es exponerse a tragedias inenarrables en esta y en la otra  vida.  La libertad  no podrá entenderse jamás como la patente de corso para reírse y poner como objeto de burlas las creencias de otros seres y otros pueblos, que han  afincado su cultura sobre conceptos religiosos que fundamentan su moral.

Por eso tiene tanta razón su Santidad el Papa Francisco cuando con esa sabiduría que le dan los años, más que el conocimiento de las doctrinas eclesiásticas,  ha dicho: “No puede uno burlarse de la fe de los  demás”, y agregamos nosotros, no podemos burlarnos de esa fe que profesan centenares de millones de seres que aún no han recorrido el camino que permite  pasar de una Ética religiosa a una Ética civil, correspondiéndole a Francia dar ejemplo  de respeto y civilidad al mundo entero, sin crear los precedentes para que estas culturas se sientan irrespetadas en lo más profundo de su dogmas.

Se me viene a la memoria mi abuelo Elías Awad Aboenk, quien llegó a Barranquilla,  en el año  de 1.908, procedente de Beirut, la hermosa capital de El Líbano. Venía buscando una nueva patria porque la suya  había sido tomada por el imperio Otomano. Recuerdo que siendo muy niño siempre observé dos libros muy bien cuidados  en su biblioteca, que con mucha frecuencia los hojeaba y me hablaba  de ellos. Uno era El Corán de los musulmanes y el otro,  La Biblia de los cristianos. Después de leer apartes me explicaba que ambos libros enseñaban la larga historia de las dos colectividades religiosas más grandes, el Islamismo y el Cristianismo. Pero que lo más importante de sus enseñanzas  era: “hacer el bien sin importar a quien”   y “Tratar a tu prójimo como a ti mismo”. Mi abuelo murió en su nueva tierra de promisión que era para él  Aguachica, Cesar. Nunca regresó a  su tierra natal Barsaf (Líbano) y una tarde se durmió para siempre a la sombra de los tamarindos que rodeaban su casa. En estos días tristes de la matanza de Paris lo he recordado mucho cuando me decía: “No  hagas a otros, lo que no quieras que te hagan  a ti”.

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