“¡No permitiremos…!”

15 de febrero del 2020

Por: Ignacio Arizmendi Posada.

“¡No permitiremos…!”

Hace tres días, el 12 de febrero, el presidente Iván Duque, hizo dos advertencias muy concretas: “¡No permitiremos más reclutamiento de menores en Colombia!” y “¡No vamos a permitir una intimidación más, un abuso más de grupos terroristas como el Eln, los Pelusos o el Clan del Golfo!”. Clarísimo y comprometedor.

En otro momento, el 24 de diciembre pasado, a raíz del asesinato de dos ambientalistas en la Guajira, había afirmado: “¡No permitiremos que narcotraficantes amedrenten la región!”. Advertencia que estuvo precedida, el 10 de tal mes, por esta: “¡No permitiremos la violencia como mecanismo de presión al Estado!”, luego de que el Eln incinerara varios buses y camiones en Valdivia, Antioquia. Antes, el 21 de noviembre, dados los millonarios daños y saqueos causados por las marchas del día, también advirtió: “¡No permitiremos que vándalos amedrenten y limiten la capacidad de expresión!”. Clarísimo y comprometedor.

Esa matriz retórica (“¡no permitiremos!”) del primer mandatario, como es fácil de entender, también la emplean colaboradores suyos, según el caso. Por ejemplo, este 10 de febrero, el ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, hablando del paro armado de Eln, dijo: “¡No permitiremos chantajes!”. La misma que utilizara su predecesor, Guillermo Botero, cuando, al referirse a las protestas en noviembre de 2018, afirmó el 25: “¡No permitiremos bloqueos producto de las marchas!”. Y la misma de la que se valiera el antecesor de ambos, Juan Carlos Pinzón, en el gobierno Santos, quien el 25 de febrero de 2013 puntualizó: “¡No permitiremos bloqueos ni desórdenes en el paro cafetero!”. Matriz a la que se pega la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, quien el 1 de abril del año pasado se despachó al sostener que “¡no permitiremos que el tesoro del galeón San José termine en anticuarios!”. Clarísimo y comprometedor.

La matriz sale de boca de casi todas las autoridades del mundo cuando enfrentan amenazas o hechos contra la convivencia, los derechos de los demás, la seguridad del Estado, etc. Y es lógico que digan que no van a permitir tal cosa o la otra. El aviso, bien intencionado, tiene una doble función: disuasiva, en busca de que los agentes del desorden desistan de sus planes o acciones, y persuasiva, en busca de que los ciudadanos-víctimas confiemos en nuestras autoridades.

Pero en Colombia no es así porque el “¡no permitiremos!” es un caballito de batalla en el que ya nadie cree, comenzando por los actores del desafío, pues cuando el gobernante dice, por ejemplo, que no permitirá los bloqueos, los hacen; los atentados: los hacen; el reclutamiento, lo hacen; la corrupción: la hacen; la extorsión: la hacen; el paro: lo hacen. Y así, en muchos frentes de la realidad social. Sea quien sea el presidente, el ministro, gobernador, etc.

Lo comprobó el mismísimo alcalde de mi pueblo un día en que se amarró los pantalones y dijo por la emisora comunitaria: “¡No permitiré que en nuestro municipio se ejerza la prostitución!”. Pobre el pobre: a esa misma hora, en dos o tres casas, las trabajadoras sexuales (llamadas ahora “las PPP”, Proveedoras de Placer Personalizado) estaban dele-que-dele.

Porque la realidad nacional referida muestra que cuando el gobernante advierte, la amenaza se pervierte. Realidad, además, que explicaría lo que el diario El Tiempo, de Bogotá, describía el 20 de septiembre de 1963: “No hay un día, pero ni un solo día, en que no se cometa algún delito a la vista de la gente y en las barbas de la justicia, bien incitando a la revuelta, bien estimulando la comisión de delitos, bien ofreciéndoles complicidad”. ¡Comentario, de hace casi sesenta años, que parece de hoy! Insólito.

En fin, que la frase “¡no permitiremos!” –y otras equivalentes– se desgastó porque casi siempre los delincuentes y vándalos saben que se saldrán con la suya, y que probablemente no les pasará nada. Como cuando, en la niñez, los vecinos se quejaban a mis papás de que yo tocaba el timbre de sus casas y me volaba, por lo cual los viejos me advertían: “¡No le permitiremos que siga molestando a los demás! ¡Necio!”. En más casas tocaba… Los gobernantes y sus bien pagados asesores en comunicación deberían pensar en guías verbales más sugestivas y dialécticas.

A propósito, lo de cambiar de frase como que no le gustaba a George Bernard Shaw: una vez, Hitchcock lo invitó a cenar a su casa y lo esperó con todos los libros publicados para que se los autografiara. Shaw aceptó, pero en cada uno escribió: “Para Alma, que se casó con Alfred Hitchcock”…

INFLEXIÓN. “El futuro no se decide en la esfera de la voluntad política. Se decide en la esfera psíquica, lingüística y tecnológica” (Franco ‘Bifo’ Berardi, escritor y filósofo italiano).

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