Oro vs. Agua

12 de agosto del 2011

Parte del sistema ambiental de Bogotá depende de los páramos que circundan la ciudad o que se encuentran en sus áreas rurales. Los páramos también son una prioridad urbana. Pero la política de protección de páramos debe responder a una agenda nacional y a lo que el recién independizado Ministerio de Medio Ambiente identifique como […]

Parte del sistema ambiental de Bogotá depende de los páramos que circundan la ciudad o que se encuentran en sus áreas rurales. Los páramos también son una prioridad urbana.

Pero la política de protección de páramos debe responder a una agenda nacional y a lo que el recién independizado Ministerio de Medio Ambiente identifique como una prioridad. Y aquí, sin ser fundamentalistas, el debate es entre oro y agua. Entre minas y ambiente. Entre plata y vida.

Los hallazgos que se han llevado a cabo en el país durante los últimos años permiten asegurar que Colombia va en camino de convertirse en una potencia exportadora de metales preciosos. Esto no podría ocurrir en mejor momento teniendo en cuenta las tendencias alcistas de dichos metales en los mercados internacionales (v.g., una onza de oro vale hoy en día tres veces más que hace unos años).

De esta forma no sorprende que el Ministerio de Minas y Energía se encuentre interesado en la promoción y el fortalecimiento de la minería de metales, una actividad que ya le aporta billones de pesos a la economía nacional. Sin embargo, dadas las implicaciones negativas asociadas con la explotación minera, es necesario establecer límites claros a la forma en que se realiza esta actividad.

La explotación minera de metales requiere importantes movilizaciones de tierra y los procesos de tratamiento y acondicionamiento de los materiales de interés implican el uso y la descarga al medio ambiente de grandes cantidades de sustancias tóxicas como cianuro, mercurio y otros metales pesados.

Al mismo tiempo, muchos de los yacimientos de metales que han sido encontrados coinciden con ecosistemas de gran valor ecológico, tales como las zonas de páramo de Cajamarca en el Tolima y Rabanal en Boyacá.

Los páramos representan ecosistemas únicos y altamente endémicos (tan sólo se encuentran en algunos países de la zona andina del continente americano) que son al mismo tiempo vulnerables y propensos a la extinción (v.g., un frailejón tarda un año en crecer un centímetro).

El páramo es un ecosistema estratégico no sólo por su biodiversidad sino por su función ecológica de captar, almacenar y regular el agua. Para el caso de Colombia (en donde se encuentran más de la mitad de estos ecosistemas en el mundo), los páramos representan la principal fuente de agua dulce que abastece otros sistemas naturales y desde donde se origina la mayor parte del agua potable consumida por la población.

En resumen, la actividad minera de metales en zonas de páramo representa una gran amenaza para nuestra sociedad y por esto debemos aplaudir y apoyar las decisiones e iniciativas de la Procuraduría y del Ministerio de Ambiente, en el sentido de oponerse a estas actividades.

Esta discusión no se limita al trámite de una licencia o de un permiso de explotación. Simplemente, no es posible llevar a cabo una minería sostenible en ecosistemas tan sensibles e importantes. Dado que menos páramos significa menos agua, la actividad minera no debería ser permitida de ninguna manera en estos lugares.

La protección a ultranza de los sistemas de páramo no corresponde a un apasionamiento exagerado o un ambientalismo extremo. Por el contrario, esto representa una posición pragmática y ponderada: la posibilidad de contar con abundantes fuentes de agua potable es más valiosa para la sociedad que un conjunto de minas de oro.

Es claro que debemos ser racionales en los alcances de las normas ambientales y de protección de recursos naturales (de tal forma que éstas no estén asociadas con sacrificios económicos excesivos) pero al mismo tiempo no podemos permitir que el afán de desarrollo en el corto plazo acabe con recursos irremplazables y fundamentales para nuestro bienestar. De eso depende la vida de las futuras generaciones en el mundo, el país y la ciudad.

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