Paganinis

Vie, 13/04/2012 - 01:01
Después de los escándalos de corrupción en el Distrito, pagar impuestos se me ha convertido en un momento de ira y frustración. Si además veo que quienes se robaro

Después de los escándalos de corrupción en el Distrito, pagar impuestos se me ha convertido en un momento de ira y frustración. Si además veo que quienes se robaron la plata salen condenados con penas simbólicas, más rabia me da. Cuando miro las cifras de los formularios de impuestos me pregunto cuánto del dinero que voy a pagar terminará en las manos de los contratistas amigos de los políticos que desviarán el dinero para sus bolsillos.

Da mucha rabia pagar impuestos que no se ven en desarrollo. Esta semana los bogotanos teníamos que pagar el impuesto de vehículos. En veinte días tendremos que asumir el impuesto predial. Cuando se analiza la situación de Bogotá como contribuyente, el balance no puede ser peor. Los ocho años de administración de la izquierda han dejado a esta ciudad postrada. Lucho Garzón fue el primer frenón. El proceso de modernización que habían adelantado Mockus y Peñalosa se convirtió en el espejismo del gasto social. Pero todavía se veía el progreso porque se estaban concluyendo las obras de los anteriores alcaldes y Lucho no era ladrón. La ciudad tenía recursos y podía sobrevivir a un gobierno flojo. Después vinieron los hermanos Moreno del Polo Democrático. Esos sí sabían para qué era el poder y desde el primer día se dedicaron a lo que hoy conocemos. Montaron un sofisticado sistema de corrupción donde participaron contratistas, concejales, funcionarios públicos y firmas de abogados con el propósito de desviar el dinero de los impuestos de los bogotanos a sus bolsillos. La justicia se ha concentrado en el tema de las obras públicas de Bogotá. Pero si mirara los contratos de los comedores infantiles, los temas de transporte público o los mantenimientos de los colegios encontrarían otros carruseles impresionantes.

 Impuestos injustos han tumbado más gobiernos que las revoluciones. Emperadores, reyes, príncipes, presidentes y primeros ministros han caído cuando el pueblo se aburre de pagar tributos que considera injustos. La legitimidad de los impuestos solo se justifica si el ciudadano recibe los beneficios de la acción del Estado. Pero si los impuestos son para despilfarrarlos en burocracia o entregarlos a las mafias de la corrupción el ciudadano tiene el derecho de protestar y exigir. En Bogotá pagamos más impuestos que en ninguna ciudad del país. La contribución por valorización, que representó en 2010 ingresos al Distrito por cerca de 900.000 millones de pesos, duerme en las arcas de la Tesorería porque muchas de las obras ni siquiera han iniciado. Al bogotano se le pide y se le exige que pague impuestos. Ya es hora que los paganinis saquemos las uñas y pidamos que las obras se realicen sin que se las roben. Es hora que el Contralor, el Personero y la Veedora distritales se pongan las pilas a defender nuestros recursos. Ya es hora que algún alcalde le cumpla a la ciudad con obras y eficiencia.

Pagar impuestos puede no ser algo muy agradable. Pero es una obligación que uno acepta con normalidad. No es bueno que el contribuyente asocie el tributo a un robo. La legitimidad de la tributación está directamente relacionada con la eficiencia y transparencia del gasto público. En Bogotá, durante demasiados años, hemos visto que nuestros impuestos no se ejecutan y los demás se los roban.

representante@miguelgomezmartinez.com

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