Pasividad

14 de marzo del 2016

En Brasil un millón de personas sale a la calle a pedir la renuncia de la presidente Dilma Roussef. La ciudadanía protesta por la corrupción que ha generado numerosas condenas de líderes políticos y empresarios. Impresiona el sistema de justicia que opera con independencia y bastante celeridad.

En Venezuela la oposición moviliza millones de ciudadanos que están hastiadas del gobierno de Maduro que los tiene viviendo en la escasez. Lo hacen a pesar de la violencia que, en reiteradas ocasiones, utilizan los partidarios del régimen en total impunidad. El coraje de sus líderes es admirable pues se juegan la vida y la libertad de forma cotidiana.

En Ecuador hay una larga tradición de protestas que tumbó varios gobiernos. En Argentina, las protestas populares han estado en el centro de la historia política. Incluso en Bolivia, frente a la posibilidad de que Evo Morales ignorara su derrota en el referendo para un nueva posibilidad de ser reelecto, la ciudadanía se movilizó. En Chile los jóvenes lograron arrinconar al anterior gobierno con sus reivindicaciones.

¿Por qué entonces los colombianos son tan pasivos? Algunos sostienen que es por la violencia. Años de amenazas y asesinatos nos han convertido en miedosos. No participar en los asuntos públicos es una forma de no exponerse y de protegerse. Protestar es algo que pocos hacen porque sienten que las garantías de expresión no existen. A ello se suma la ineficiencia de la justicia que no castiga a quienes utilizan la violencia o la amenaza para callar a los demás. Incluso los policías y jueces tienen miedo y recomiendan a las víctimas “que se eviten problemas, se callen o se vayan”. El Estado no tiene ni la capacidad ni la voluntad de garantizar que las libertades públicas sean reales.

Los magnicidios impunes como los de Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán o Álvaro Gómez refuerzan la posición de quienes prefieren la pasividad. Es un argumento disuasivo poderoso pues el ciudadano común considera que, si fueron capaces de callar a voces que tenían prestigio, poder e influencia, no dudarían en hacer lo mismo con quien se manifiesta sin contar con esa supuesta protección que brinda la notoriedad.

El escándalo de Petrobras, que tiene temblando al gobierno de Brasil, asciende a 2000 millones de dólares. Los sobrecostos de REFICAR son dos veces más importantes y nadie ha salido a protestar. En Colombia los juzgados permanecen cerrados por meses y ni siquiera es noticia en los medios. Las altas cortes son salpicadas de escándalos y politiquería y nada sucede. El país tiene el riesgo de quedarse a oscuras y no hay manifestaciones de protesta. La gente se muere en los hospitales, que han sido saqueados por los políticos, y todo sigue igual.

Los males del país perduran porque todos preferimos la comodidad y la seguridad en lugar de manifestar nuestra opinión y malestar. La pasividad ciudadana es el mayor aliado de los malos gobiernos.

Miguel Gómez Martínez

Asesor económico y empresarial

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