Planeta al clima

27 de diciembre del 2010

Es cuestión de simple lógica, las negociaciones entre los 193 países que acaban de reunirse en la decimosexta conferencia de Naciones Unidas sobre cambio climático, realizada en Cancún (México), revela que no hay conciencia sobre el apremio del planeta para disminuir drástica y obligatoriamente las emisiones de gases de efecto invernadero.

En las distintas reuniones diplomáticas, contadas a partir de la que dio origen al Protocolo de Kioto hasta ésta de Cancún, ha quedado desnuda la incapacidad de la diplomacia practicada bajo el modelo de las Naciones Unidas para llegar a tiempo a los acuerdos que se requieren.

Ante un problema tan grave, que amenaza, nada más ni nada menos, con extinguir las formas de vida existentes en el planeta, los avances graduales, típicos de  esta diplomacia que insiste en imponer intereses particulares sobre el interés general, no son la solución.

Un “acuerdo jurídico vinculante” que, sin ambages, obligue a todos los países (no sólo a las grandes potencias), según su cuota contaminante, a reducir sus emisiones proporcionalmente con dicha cuota, independientemente del grado de desarrollo que hayan alcanzado, es el tipo de decisión que con urgencia se requiere y que no se ve llegar.

La crudeza del problema no admite dar chance a los más rezagados para seguir obteniendo su desarrollo dentro del mismo modelo devastador del planeta, ya que justamente es lo que se necesita evitar.

Las grandes potencias, que han basado su desarrollo dentro de ese modelo, con un alto grado de obstinación se niegan a acatar que de seguir obteniendo el poder de sus economías a través de estas prácticas aniquiladoras, en un corto tiempo (según expertos), el cambio de las condiciones ambientales acabará con los organismos vivos que están adaptados a ese ambiente, y eso incluye a toda la humanidad.

Por nada del mundo quieren entender que si bien seguirán reinando dentro de este depredador sistema económico, más temprano que tarde ellos y el resto de países terminarán desapareciendo. El asunto no admite discusión. ¿Estarán tan embebidos en el ejercicio del poder sus gobernantes y empresarios como para no ver algo tan evidente?

Ante tal grado de inconciencia y para ver si despiertan, podría sugerirse una convocatoria, vía redes sociales de internet, de ciudadanos de todo el mundo, que se apliquen a la cruzada de no adquirir ni consumir productos y servicios provenientes de países como Estados Unidos, China y Japón, destacados entre los mayores contaminantes y los más reacios a adquirir compromisos concretos.

A falta de los resultados requeridos en el gran mar de negociaciones que ejecuta nuestro pomposo sistema diplomático mundial, acciones masivas como ésta de pronto podrían alcanzar lo que no se ha logrado por esos canales.

Pues no se puede seguir perdiendo tiempo valioso en tan diletantes reuniones, cuyos incipientes resultados son producto de la gran capacidad de los actores políticos que las realizan y promueven de decirse mentiras y creérselas.

Aun así, si llegaran a despertar, ya podría ser demasiado tarde.

Pero, un momento, aquí todos tenemos que poner. Para no seguir reproduciendo esas mentiras sistemáticas, nos toca, pero de verdad, empezar a controlar el crecimiento poblacional y a racionalizar los consumos, y eso (ojo gobiernos) debe regir para todos los habitantes de la tierra. No hay otra salida. Nos dedicamos tercamente a ver al ser humano como un sujeto económico y ya, por abuso y sustracción de materia, nos llegó la hora de tener que asumirlo como un sujeto ambiental superviviente. Apurémosle.

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