Por qué no se calla

26 de noviembre del 2010

Ese temperamento tóxico que lo posee y esa irascibilidad sin pausa que le domina, se le está convirtiendo en una tragedia a Álvaro Uribe Vélez porque a ello, a ese vivir cargado de tigre en jornada continua, le está sumando una enfermiza viudez de poder y una sólida paranoia de la que no se están salvando ni sus amigos.

Una vaina. Una vaina, digo, por todo el drama personal que esto encierra y por toda la habladuría política parroquial que esto trae tratándose de quien todavía posee alguna cauda. Y una vaina, sobre todo, porque como ex presidente recién salido tiene por ahora una agenda internacional que lo saca a pasear por seminarios y conferencias en los cuales lleva la representación de Colombia cuyos colores no está dejando en alto.

Su diatriba contra la justicia en la que alababa el asilo y, en últimas, se mostraba afectuoso con la impunidad conveniente, fue acogida por la prensa internacional como una excentricidad. Y como una muestra de supervivencia de aquella Colombia inviable a la que supuestamente Uribe, según Uribe, había salvado de las aguas. Uribe critica a Colombia, tituló la BBC, por decir solo uno de los ejemplos de la erosión que a la imagen del país le causó la rabieta del momento del expresidente.

Antes de eso, antes de los insultos que incluyeron al Procurador Ordóñez (léase primer párrafo paranoia hasta con sus amigos), andaba suscitando incendios en Honduras con su rentable pero ya trasnochado discurso antiterrorista. Acribilló otra vez a Venezuela, otra vez a Nicaragua, otra vez a Bolivia. Y dele con la seguridad democrática, qué cansancio; y con la cohesión social, qué vacío. De paso maldijo a la OEA por su tardanza en darle reconocimiento pleno al gobierno de Porfirio Lobo cuya presidencia, que no se olvide, tuvo como origen un golpe de estado.

Tampoco quedó bien la Colombia representada por el expresidente al no asistir a una citación que le hizo una Corte de Justicia en Washington. Quienes lo defienden a control remoto y a toda manifestación de su mala educación o de su espíritu antidemocrático le encuentran una explicación, dijeron que no, que a qué iba a ir, que eso era un complot, otro complot, de la comunidad mamerta internacional. Se referían al caso de la Drummond y el asesinato de trabajadores por grupos de Paramilitares. Y no fue. Uribe no fue y se trataba nada menos que de una diligencia judicial en Estados Unidos.

Por su actitud siempre calenturienta quizás no distingue públicos. Le parece que puede dejar plantada a una Corte gringa en Washington como si fuera pedir aplazamiento de una citación en Paloquemao, y le parece que en una entrevista con periodistas extranjeros puede hacer lo que acostumbró en Colombia durante años: a responder peras cuando le preguntaban rosas. O simplemente a acudir a la fórmula prepotente de “siguiente pregunta” como si fuera el habitante principal del Salón Oval de la Casa Blanca.

El expresidente Uribe, pues, ha internacionalizado sus malas pulgas. Cada vez más grandes porque cada vez, por la razón y por la fuerza, se está dando cuenta que es ex presidente y nada más que eso. Y se resiste. Y se emberraca. Y más ahora cuando tiene el juguete de twiter al alcance de su malhumor y de la desazón que le carcome y puede usar los ciento y pico de caracteres para mandar mensajes telegráficos así sean plagados de errores pero repletos de irritación.

Como cada vez son menos las personas que a Álvaro Uribe Vélez le hablan al oído, porque cada vez son menos los que se atreven, porque cada vez tiene menos poder, porque se ha terminado su influencia para otorgar puestos y contratos y etcéteras, tal vez lo podría salvar de su tragedia que le hable una voz majestuosa, casi divina. La voz del Rey Juan Carlos de España que le aplique un curativo ¿por qué no te callas?

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