Se acaban los antibióticos

20 de junio del 2012

Hace poco tiempo esa Casandra contemporánea, la doctora Margaret Chan directora general de la OMS, previno que el mundo se dirigía a una era postantibiótica (BBC, 22 de mayo, 2012). Ya nos había asustado antes con una pandemia de influenza H1N1v que no llegó pero es conveniente escuchar y atender a nuestras Casandras: los desastres […]

Hace poco tiempo esa Casandra contemporánea, la doctora Margaret Chan directora general de la OMS, previno que el mundo se dirigía a una era postantibiótica (BBC, 22 de mayo, 2012). Ya nos había asustado antes con una pandemia de influenza H1N1v que no llegó pero es conveniente escuchar y atender a nuestras Casandras: los desastres biológicos son posibles y es mejor suponer que van a ocurrir. Un desastre biológico y clínico es el que se vive ya en muchos hospitales con frecuentes infecciones por gérmenes multirresistentes a varios agentes antimicrobianos. Estamos ante un momento histórico en que vamos a tener cada vez menos antibióticos útiles y será cada día más difícil y costoso desarrollar nuevos.

Muchas culturas y medicinas antiguas habían tenido la percepción que muchas enfermedades eran contagiosas. En el siglo XVI Girolamo Fracastoro intuyó que este contagio era causado por “seminaria” (semillas) vivas. Apenas en el siglo XIX Pasteur, Koch y otros determinaron que esas semillas de enfermedad eran microbios como bacterias, hongos y otros. A finales de aquel siglo Ehrlich postuló que podrían encontrarse moléculas como “balas mágicas” para atacar al agente infeccioso y no al huésped enfermo. Hace poco más de cien años múltiples experimentos en el laboratorio de Ehrlich llevaron a la Preparación 606, llamada luego Salvarsán, primer agente antimicrobiano efectivo contra la sífilis. En los años treinta del siglo XX científicos alemanas descubrieron el Prontosil, primera de las drogas tipo sulfa. Poco más teníamos hace setenta años.

Pero llegó la II Guerra Mundial con la penicilina, primer antibiótico, producida en los laboratorios de Inglaterra y EE. UU. Indiscutiblemente esa droga contribuyó a la victoria sobre las potencias del Eje. Para apreciar su importancia debemos meditar en la misma palabra antibiótico o antibiosis: se trata de una sustancia producida por un organismo vivo (el hongo Penicillium notatum, hoy chrysogenum, en el caso de la penicilina) que induce la muerte de otros microbios. Entonces tras el efecto terapéutico del antibiótico hay una competencia entre dos microorganismos que batallan y compiten para sobrevivir. Al usar un antibiótico los humanos estamos utilizando en nuestras guerras, sociopolíticas y clínicas, una vieja guerra evolutiva. Creo que Fleming, Florey y colaboradores eran conscientes de esa realidad biológica pero después en la última mitad de siglo se disparó una competencia, comercial y médica, por encontrar más y más antibióticos activos olvidando el contexto evolutivo de aquel casual hallazgo.

Además médicos, pacientes, veterinarios, avicultores, ganaderos y muchos otros empezaron a emplear antibióticos en un montón de situaciones distintas a la enfermedad infecciosa grave. Literalmente cualquier dolor de garganta o ganado flaco merecía un antibiótico. El uso médico e industrial injustificado de antibióticos ha llevado al rápido desarrollo de resistencia a ellos en múltiples especies bacterianas. Esta realidad produce complicaciones biológicas serias.

Primero, la resistencia bacteriana pasa de bacteria a bacteria en forma horizontal, no de bacteria madre a bacteria hija en forma intergeneracional. Es como si las bacterias se enseñaran unas a otras a sobrevivir sin necesidad de adquirir y preservar nuevas mutaciones en su replicación usual. Imagínese las bacterias de un hospital comunicándose unos a otras información biomolecular para resistir al ataque antibiótico. Este macabro diálogo frecuentemente se hace a través de plásmidos, fragmentos de ADN que pasan de bacteria a bacteria. Una rápida revisión de las funciones que cumplen estos plásmidos bacterianos evidencia su peligrosidad: contribuyen a la fertilidad de la bacteria, confieren resistencia a drogas, llevan a producir sustancias que matan otras bacterias, informan como metabolizar sustancias tóxicas extrañas y algunos aumentan la virulencia o capacidad de enfermarnos de la bacteria. Todo esto explica porqué hablamos hoy de superbacterias capaces de defenderse de casi cualquier ataque. Y como se dice en los avances de películas de horror con alienígenas: ¡ya están entre nosotros!

Segundo la relación con nuestras bacterias ha venido desarrollándose a través de millones de años, aún antes que fuéramos Homo sapiens: ellas se han adaptado a nosotros y nosotros a ellas, lentamente. En esta larga historia algunas adquieren a veces la capacidad de enfermarnos, se tornan virulentas. Pero sin mala intención, diríamos, pues al microorganismo no le conviene que su hospedero muera. Entonces a esta adaptación mutua con ocasionales malentendidos virulentos se ha superpuesto una reciente explosiva aparición de resistencia bacteriana con el uso masivo de moléculas antibióticas en los últimos sesenta años. Hemos creado un monstruo, o millones de monstruos, literalmente.

Pero, ¿cuál es la relación entre resistencia y virulencia bacteriana? Podría uno pensar que el hecho que un microorganismo se vuelva resistente a los fármacos no lo convierte necesariamente en más dañino. Un artículo en prensa de Beceiro y colaboradores en la revista Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica sostiene lo contrario: la resistencia a los antibióticos hace más probable el desarrollo de virulencia bacteriana. Entonces no sólo se nos acaban los antibióticos sino lo que viene es peor.

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