Señor Presidente, usted se va a morir

Mar, 24/04/2012 - 01:01
(Cualquier parecido con la realidad es pura magia Caribe). Mientras en Cartagena, la burocracia oficial se afanaba en terminar de cuadrar cada uno de los detalles de un

(Cualquier parecido con la realidad es pura magia Caribe). Mientras en Cartagena, la burocracia oficial se afanaba en terminar de cuadrar cada uno de los detalles de una Cumbre de mandatarios americanos, uno de los presidentes invitados recibía la noticia de que no podría asistir a tan importante evento por motivos de salud. Se trataba del presidente venezolano, atendido en sus dolencias, con generosidad, en una isla vecina gobernada por dos ancianos hermanos, que habían acogido al líder enfermo con solidaridad sin ahorrar esfuerzos, pero ante las evidencias médicas sobre el deterioro de su salud, lo enfrentaron al equipo médico.

El más serio de los galenos, con mirada sombría y procurando articular la más profesional de las frases, carraspeo, miró de soslayo a los presidentes de su país y procedió a notificarle:

–Señor presidente, lo lamento, hemos hecho todo lo posible, la ciencia a veces no alcanza…

–Vamos chico, ¡cónchale!, ahórrese explicaciones, al grano – interrumpió el líder, un hombre grande, un morenazo de los llanos venezolanos. Un hombre curtido en la milicia, que había soportado cárcel, destierro y resistencia política para alcanzar la meta sublime de gobernar a su patria, la patria de Bolívar, con la fuerza de la democracia, de las milicias bolivarianas, del ejército y del petróleo.

Entonces, animado por el propio paciente y por la mirada condescendiente de los ancianos gobernantes de su país, el especialista soltó una frase lapidaria.

–No hay nada que hacer, señor presidente. Usted se va a morir.

El golpe fue peor que un batazo con todas las bases llenas. Un imperceptible temblor en las manos del presidente y una sacudida de la cabeza como si estuviera llena de ideas malignas rebelaron los efectos de la noticia. Nadie habló, ningún ruido interrumpió el creciente desencanto en las entrañas del poderoso mandatario. Un murmullo oscuro fue saliendo de sus pulmones hasta que se convirtió en un grito escuchado en toda la isla.

–¡Nooooooo! Nooo, no puede ser! –Y luego los miró con odio supremo y explotó en improperios. –Ineptos, cachorros del imperio, vendidos a la oposición.

Mientras los gritos de dolor se alternaban con amenazas, los ancianos gobernantes de la isla retiraron prudentemente a los especialistas y regresaron a calmar a su ilustre huésped moribundo.

–Cálmate, tranquilízate, Hugo. Esto se puede resolver, vamos a consultar otros especialistas, ya llegan de Brasil y Rusia los refuerzos, –dijo el más joven y pragmático de los hermanos para ganar tiempo.

–No, espera. Podría haber una solución –reflexionó, en cambio, el otro hermano, el más anciano quien por su enfermedad y buscando la propia inmortalidad se había dedicado a estudiar medicina.

Ilusionado al escucharlo, el enfermo terminal, enjuagó una lágrima y miró a su viejo amigo confiado en su sabiduría.

–¿Cuál, por Dios, cuál? –y se aferró a las manos temblorosas del anciano y a la imagen de la Virgen del Cobre con una ingenuidad que emocionó a todos los presentes.

–¡Un trasplante! –aseguró el viejo dictador. –Si te ponen órganos nuevos vas a mejorar.

La propuesta fue un bálsamo que refrescó el dolor. Se llamó de nuevo al cuerpo médico. Se revisaron los exámenes y se determinó buscar donantes de manera urgente.

–Pero ¿quiénes? –preguntó Hugo desesperado, mirando a los presentes como esperando un alma generosa que le regalara un hígado, una vejiga, un riñón…

–Pues tus más leales seguidores, que los tienes y muchos. – Aseguró el más joven de los hermanos ahora al mando de la isla. –Ahí está Jaua, Maduro, Rangel, Diosdado, tu propio hermano. Ellos, que están dispuesto a todo por ti.

Uno a uno fue llamado a brindar su vida por el mandatario y por la revolución venezolana. Uno a uno fue escurriendo el bulto, con sobrada razón. Hasta que llegó el turno del más leal, el más bolivariano, el más patriota.

–Claro que acepto el trasplante. –Todos lo miraron agradecidos y aliviados, Hugo lo tomó entre sus brazos y le estampó un sonoro beso en la mejilla. La revolución estaba salvada, el pueblo venezolano tendría caudillo para rato.

–Y ¿por cuál órgano empezamos? –preguntó el médico afilando el bisturí frente a tamaño héroe.

–Con la cara. Me hacen ese trasplante primero y quedo igualitico a Chávez.

Años después se vino a saber que este tierno amigo es quien gobierna todavía, aunque todo el mundo creía que la ciencia había hecho el milagro de salvar al propio Chávez y con toda razón se había creado la idea de la inmortalidad del mandatario. Claro, solo se supo la verdad el día que, a este fiel y sacrificado receptor de la donación, le llegó también su hora, como a todo el mundo. Fue el fatídico día en que sin respetar su dignidad de gobernante, un médico se acercó cauteloso a recordarle que él también tenía que morir.

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