Si me van a dar en la jeta, que de fondo se oiga: 'Rape Me', de Nirvana

Vie, 01/06/2012 - 11:12
Fotos de @ALEJOBernal_

Cuando era adolescente mi papá no perdía oportunidad para decirme: “You´re always
Fotos de @ALEJOBernal_ Cuando era adolescente mi papá no perdía oportunidad para decirme: “You´re always on the edge”, siempre estás en el límite. ¿Por qué razón me hablaba en inglés? Aún no es claro, pero esa parte no importa. El caso es que siempre ha tenido razón, aunque antes me lo dijera porque me pintaba las uñas de negro o me decoloraba el pelo y me lo pintaba de verde, o rosado. Hoy en día, aunque sigue pensando lo mismo, es mejor para su salud mental que no sepa porqué aún sigo en el límite. Y, ¿cómo me explico a mí misma que siempre esté en el límite? Inicialmente estaba aburrida, que es lo mismo que deprimida. Después llegó el día en que dejé de sufrir y comencé a vivir cada día como si fuera el último. No es cursilería, es que para mí solo existe hoy, ayer ya no existe y mañana no ha llegado. Entonces, los últimos diez años me he dedicado a experimentar sin temores, porque decidí que estoy viva para vivir. Desde mi llegada a Colombia me he dedicado a las putas, quienes que ya ocupan un lugar en mi corazón, pero el sábado pasado me expuse a algo que aunque ya me había llamado la atención, ahora comienzo a querer sumergirme en ello hasta que ya no sepa por dónde salir. Me hablaron de un evento que organizó un grupo de sadomasoquistas bogotanos dirigidos por el ama Claudia, que es la abeja reina de este gremio. Me dirigí a ella por su primer nombre y no me contestó los mensajes hasta que no le dije: Ama. Aún me queda mucho por aprender… Como pensé que iba a llegar a la mazmorra de los horrores, le pedí a un amigo que me acompañara, y tuve que convencerlo porque dijo que se sentía muy degenerado yendo a un sitio así. Llegamos a un salón comunal en la setenta y pico con cincuenta y pico, en la puerta había un grupo de jóvenes que parecían metaleros, mujeres muy maquilladas: todos vestidos de cuero. Mi amigo y yo decidimos primero entrar a una tienda a beber lo que vendieran y así, después de quince años, volví a tomar aguardiente. Nos llenamos de coraje y entramos al evento casi tres horas tarde, y aún no parecía que hubiera empezado. El ama Claudia, sadomasoquismo Bogotá Al fondo del salón había una tarima decorada por un Cristo crucificado en la pared y, a los costados del salón, mesas en que varios diseñadores exhibían prendas hechas en cuero negro. Máscaras, guantes, fustas, corsés y otros elementos que ni siquiera fui capaz de identificar. Sobre la tarima, un tipo que no tendría más de 25 años comenzaba a amarrar a una mujer de la misma edad a unas cuerdas y ganchos colgando del techo. El público comenzó a acercarse a ellos mientras tomaban fotos sin abrir la boca. El hombre la amordazó y amarró con una cuerda gruesa blanca, apretándole los muslos y las tetas que comenzaron a asomarse por encima de un corsé morado que combinaba con las sombras con que se maquilló los ojos ya hinchados por la presión de todo lo que la envolvía. Una vez la inmovilizó, comenzó a elevarla hasta dejarla colgando a unos cinco metros del piso de la tarima, y ella comenzó a dar grititos que a él lo hicieron reír. Después comenzó a pegarle con una fusta desde abajo, y ella seguía gritando como una niña chiquita a quien le hacen cosquillas. El ama Claudia, sadomasoquismo Bogotá Mientras esta mujer permanecía colgando del techo me dispuse a encontrar al ama Claudia entre la gente, sin saber quién era. Cuando la tuve enfrente supe que era ella. Era inconfundible. El ama Claudia es una mujer que parece tener cuarenta y poquitos años. Gordita y montada en unas botas muy altas no se ve tan bajita como debe ser cuando se levanta por la mañana y se pone pantuflas. Tiene ojos y pelo marrón liso y largo, una cara de muñeca que de ninguna manera anticipa el peso que tiene su mano derecha. Vestía botas largas, falda corta, corsé y un abrigo largo de cuero negro. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo que le caía sobre la espalda, oscilando como si tuviera vida propia. El ama Claudia, sadomasoquismo Bogotá El ama me dio una mirada rápida que me dejó saber que aprobaba mi pinta. Paracombinar con el evento me había puesto unas Doc. Martens altas de cuero negro, labios y falda corta roja, y una chaqueta de cuero negro. A simple vista, yo podría haber sido una de ellos. —Ama, soy Virginia Mayer. —Ven, ven y te presento a unos sumisos míos. El ama estaba sentada en una Rimax como si fuera un trono de oro, y a su alrededor había tres hombres arrodillados. Uno la miraba con cara de perro mojado, otro observaba sus botas como si fueran un sundae de helado de vainilla con pedazos de chocolate Twix, crema chantillí y topping de Butterfinger, y el tercero miraba hacia el piso. —Para que ellos disfruten conmigo, con alguna parte de mi cuerpo, se lo tienen que ganar. Luego le dijo al segundo hombre que debía hacerle un masaje en los pies, y él, ni corto ni perezoso, comenzó a abrir la cremallera de una de las botas. —¡Todavía no te he dicho que me quites las botas! —Gritó al hombre y él se enderezó, quedándose muy quieto, con los ojos abiertos como los de un sapo. El ama Claudia, sadomasoquismo Bogotá —Puedes quitarme las botas —Y entonces el hombre le obedeció, y comenzó a masajear sus pies ya besarlos, mientras el ama me contaba que al tercer hombre iban a subastarlo empezando por $50. Él llevaba puesta una máscara de cuero negro que le cubría toda la cabeza, con huecos en los ojos, nariz y otro en la boca que tenía cremallera. Tenía un collar de cuero alrededor del cuello del que salía una tira que el ama llevaba en la mano. Cuando se cansó de los masajes en los pies, le ordenó al sumiso que le pusiera las botas y después se puso de pie jalando al sumiso con la mascara en la cabeza y lo llevó hasta la tarima donde lo presentó a las mujeres y lo ofreció al mejor postor. Luego le ordenó que se desnudara. El hombre se quitó hasta los calzoncillos mostrando sus micro vergüenzas que quizá justificaba con la falta de calefacción. El ama comenzó a darle latigazos en la espalda hasta que le marcó la piel de rojo, y entonces le ordenó que se masturbara para ganar tamaño, y él obedeció de espaldas al público, y luego se dio la vuelta sin que se notara gran diferencia. La subasta para mujeres comenzó con alguien que ofreció $50 y terminó enseguida cuando otra más valiente ofreció $5000 y se ganó al sumiso, que se vistió sin timidez y bajo de la tarima arrastrado por su nueva ama. Mientras la subasta terminaba, en la otra esquina de la tarima se subió una guapa con un vestido corto de florecitas, botas de cuero marrón, aretes de estrellas plateadas y el pelo largo suelto. Esta mujer que de no más de 22 años no combinaba con el resto, y sin embargo se levantó el vestido mostrando unos calzones de algodón y apoyó la barriga sobre un taburete mientras le ponía la cola a quien quisiera pegarle con una fusta, o cualquier instrumento de cuero o madera. Durante una hora y media iban rotando dándole golpes hasta que se cansaban. Mientras tanto ella se miraba las uñas y revisaba el celular, y cada tanto se enderezaba sin bajarse el vestido, y se tocaba las nalgas rojas, muy rojas, con ambas manos, y entonces volvía a agacharse hacia adelante a que siguieran pegándole. A otro flaquito de gafas que llegó con botas marrones, calzoncillos cortos y una chaqueta, lo amarraron a una especie de guillotina con tres huecos, dos para las manos y uno para la cabeza. Después le ataron las piernas con cuerdas, lo envolvieron en plástico dejándole solo un hueco en la boca para que pudiera respirar, y por último comenzaron a pegarle en la cola con una fusta de cuero. Inexpresivo, el flaquito no abrió la boca para revelar si le gustaba o no lo que estaba padeciendo. El ama Claudia, sadomasoquismo Bogotá Ya habíamos visto suficiente. Llega un momento en que se siente que ya se ha visto todo. Entonces busqué al ama Claudia para despedirme y la encontré sentada en la misma Rimax, rodeada de cinco discípulas a quienes estaba entrenando para ser amas como ella, pero nunca como ella… Cuando me vio me miró muy seria y me hizo señas con el dedo índice, ordenándome que me acercara. —Ama, quiero volver a verte, quisiera escribir un perfil tuyo, si tú estás de acuerdo... —Sí, claro que sí. —Pero también quiero que conversemos, quiero que hagamos algo juntas… —¿Qué es lo que quieres? —Quiero ser tu sumisa, quiero ser tu esclava sexual. —¡Ay, qué rico! —No sé en qué me estoy metiendo, pero quiero más. @Virginia_Mayer
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