¿Sobrevivir es un acto de vileza?

10 de junio del 2012

A Leopoldo Diego Bazán, autor de novelas, lo atormenta la culpa.  Ha reconstruido muchas veces, a partir de cuatro hipótesis, la noche del 5 de abril de 1977, cuando desapareció Diana Esther Kuperman, su vecina, una abogada judía. Tal vez Felisa, la madre de Diana, estaba sola y dormida cuando aporrearon la puerta; Felisa descubrió a Bazán bajando una escalera que comunicaba ambas casas; venía acompañado por hombres armados. “Los ojos de Bazán, su furia helada”, la paralizaron.  Quizás Felisa estaba con Ruth, la hija menor a quien le pasaron un dato y, atemorizada, quemó papeles y documentos; no hable del trabajo de Diana, dijo la muchacha; vieron a Bazán y creyeron que también él escapaba de los milicos. Bazán pateó la puerta. ¿Y los otros? Eran nazis, sospecharon ellas. Pudo suceder que cuando tocaron el timbre estaban en casa las tres Kuperman, la madre y las dos hijas; Diana, que no era una subversiva, había recibido una llamada de Goldenberg, la mano derecha de Graiver, su jefe, para decirle que había algo que no podía comunicarle por teléfono; divisó un camión del ejército e imaginó, aliviada, que no habían venido por ella; observó a Bazán corriendo por el patio con unos hombres detrás y escuchó, al fondo, al hijo de éste tocar la “Polonesa” de Bach, ¿con qué monstruos vivo? se preguntó Diana.  Existía otra posibilidad: No buscaban a Diana, buscaban a un fugitivo, a ese tal Goldenberg, que podría estar refugiado allí.

Sí tiene claro Leo que Ruth y la señora Felisa llegaron a su casa y hablaron con su madre.  Percibió cómo se trastocaron los rostros de las mujeres hasta alcanzar la mueca inolvidable del terror.  La madre no les dijo a las Kuperman que su marido acompañó a la patota y rompió la puerta para permitirles llegar a su casa.  Diana fue torturada en la Escuela Mecánica de la Armada Argentina donde Bazán padre recibió entrenamiento militar y trabajó muchos años.

Leopoldo fue cómplice, partícipe de la vileza, protector de un padre antisemita que, además de colaborador, pudo ser un verdugo cruel o un fabricante de picanas: “Aquella noche negociamos y toda negociación quita pureza, o por lo menos recuerda la impureza de sobrevivir”.  Distrajo, encubrió con su música.  Como muchos de los sobrevivientes de los regímenes totalitarios con sus políticas de exterminio Leo se interroga, ¿Por qué ellos sucumbieron y no yo?  ¿Lo hice por comodidad, por complacencia, por terror? “¿Era igualmente culpable, y merecía igual castigo, el que mató y torturó que el que simplemente no se atrevió a enfrentar el horror?… O sólo acusamos para no ver que el mal que habita en el otro también acecha en uno? Oh, solo podía salvarnos el don de la piedad. Piedad, pedí. Piedad. Pero ya era muy tarde”.

Leopoldo cruzó el vestíbulo del mal.  Lo escribe.  Sus palabras sólo pueden camuflar lo oscuro, la ruindad mezquina e infame que niega las diferencias entre víctimas y victimarios.  “Si me hubieran llamado a declarar…”, repite.  Pero nunca lo hizo.  Si escribe podría ser exonerado. “Quizá sólo la literatura podía perdonar.  La literatura, ese lector futuro”.  La literatura, para iluminar la conexión entre el presente y el pasado en una novela negra en la cual no informara sino investigara lo sucedido.

En 2003 Kirchner inició los Juicios por la Verdad.  En 2010 se hizo público el caso Papel Prensa, el de la venta en los años setenta de la fábrica de papel de los diarios Clarín, La Nación, y El Estado Nacional, propiedad casi en su totalidad de la familia Graiver, conectada tanto con los militares como con los Montoneros.  David Graiver, el titular del grupo, murió en un accidente de aviación. Su familia fue sometida a la extorsión para vender la empresa; su viuda secuestrada, torturada y violada.  El gobierno militar quería controlar los medios escritos. Diana Kuperman, que también sobrevivió, narró su tragedia por televisión.

Treinta años después en Tolosa, barrio de La Plata, se repetirá el horror de los milicos con sus allanamientos y desapariciones. Leo está “sospechado”.  Nos lo cuenta Leopoldo Brizuela en Una misma noche, Premio Alfaguara de novela 2012.

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