Un amor inconsciente (¿No lo son acaso todos?)

29 de julio del 2012

Reseña crítica del libro “Verano y Amor” de William Trevor “La verdad era que había procurado prolongar una amistad que el verano casi había convertido en idilio. Pero lo que no había previsto era la profunda desilusión que acarrearía su inevitable final. Había permitido que una cosa sencilla se complicara. Había amado el hecho de […]

Reseña crítica del libro “Verano y Amor” de William Trevor

“La verdad era que había procurado prolongar una amistad
que el verano casi había convertido en idilio.
Pero lo que no había previsto era la profunda desilusión que acarrearía su inevitable final.
Había permitido que una cosa sencilla se complicara.
Había amado el hecho de ser amado,
y aprendido demasiado tarde que la ternura a cambio de amor no basta”
W.T

Un amor de verano suele darse con una serie estereotipada de características, entre las que descuellan: su rápido y súbito inicio, la fogosidad, la poca racionalidad de su consecuencia y su escasa duración. En la nueva novela, recién traducida al español, “Verano y Amor”, última de William Trevor, el conocido escritor irlandés nos presenta un relato que obedece a esta tipología. Un escrito un tanto bucólico, un tanto pueblerino, en el que hace confluir una acción amorosa de un verano con todas sus características e implicaciones.

En la localidad irlandesa de  Rathmoye, de calma provinciana y no por tanto menos  ávida de romper con el marasmo rutinario, aparece Florian Kilderry, joven de origen italiano, más dado al esparcimiento que al trabajo y que posee por esos lares una casa heredada de sus padres. Desea este mocetón vender esta propiedad como recurso monetario para cancelar sus muchas acreencias y para establecerse en algún país escandinavo.

El segundo elemento de la historia amorosa lo constituye Ellie Dillahan, muchacha tímida y proveniente de un orfanato adonde se entregan para adopción los frutos del adulterio. Esta chica joven es asignada como empleada a la granja del señor Dillahan; hombre serio, gran trabajador y quien accidentalmente ha acabado con la vida de su mujer y de su pequeño hijo en una desafortunada maniobra con su tractor. Enorme y traumatizante culpabilidad que arrastra, pero que logra aminorar casándose con Ellie.

Ellie y Florian se conocen y entablan una relación de inicio inocente y timorata, pero que progresa amorosa y apasionadamente en medio del secreto. Secreto que no lo es para algunos de los habitantes del pueblo que vaticinan toda suerte de entuertos y desgracias para el matrimonio Dillahan.

El romance en sí mismo no tiene nada de especial, aparte de lo anacrónico de su desarrollo que por momentos hace pensar en los clásicos de las novelas del siglo XIX; en donde radica la gracia del libro de Trevor es en la sutileza con que este idilio es narrado; todo es sugerido, nada es contado directamente, ni los accesos carnales que se vislumbran apenas en la opacidad del matiz, ni las declaraciones de amor impetuosas, todo esto se adivina en el sutil entrelineado de la lectura.

Diferentes personajes del pueblo son narrados con sus historias particulares. Por allí aparece Orpen Wren, un el loco que vino al pueblo como bibliotecario de una mansión y que en la actualidad de la novela sólo existe en la imaginación del orate. También aparece la solterona, la “señorita Eileen Connulty”, a quien un desliz carnal la marcó para siempre con un aborto y quien ahora arrastra su desgracia con maledicencia y frustración. Los parroquianos que van al bar y cuentan sus historias  simples y agrarias. La señora Connulty con cuya muerte debuta la novela. El señor Connulty, su hijo, quien maneja una pensión de propiedad de la familia. En fin, un buen número de personajes que desfilan, algunos para el desarrollo de la trama y otros que deambulan vanamente como el decorado. Es en definitivas un escrito sobre el romance de Ellie y Froilan que se encuadra en el contexto rural de un pueblo que se aburre, que mantiene relaciones interpersonales y familiares de poco arraigo. Tal vez, el retrato de lo que acontece en las grandes ciudades en donde también reina, y en mayor escala, la despreocupación por el otro: “De niños siempre estaban juntos, pero ahora podían pasar semanas sin apenas hablarse, no porque no quisieran, sino porque no tenían nada que decirse”, o esta: “A veces, tampoco podía distinguir a sus padres como individuos, porque con los años se habían vuelto muy parecidos, aunque ellos mismos insistieran en que al principio eran muy diferentes y discutían mucho”.

El escritor describe, sobre todo en la primera parte de la novela, con gran minucia y detenimiento algunas situaciones que no son esenciales para el desarrollo del tema. Por puro placer, diría yo, lo que hace que la novela por momentos se torne aburrida. Estos pasajes, así como el empeño de introducirlos con nombres propios, no tienen mayor significación dentro del contexto y bien hubiese hecho el escritor en suprimirlos, evitando así agobios de lectura y hasta distracciones.

A pesar de que la crítica ha acogido esta novela con buenos elogios, no es ésta, a mi parecer, de tan alto calibre como se alude; algunos han llegado a tildarla de “obra maestra” y comparar a William Trevor con su compatriota Joyce. Afirmaciones desmesuradas, me digo, al tiempo que recomiendo su lectura. Se me antoja comparar este libro con la historia narrada en la estupenda película “Los puentes de Madison” en donde brillan los extraordinarios intérpretes Meryl Streep y Clint Eastwood,  y eso ya es mucho.

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