Un centenario casi olvidado

19 de enero del 2011

Investigando material para un columna anterior sobre el poder medicinal de la naturaleza me encontré esta cita que  prefiero transcribir literalmente: “sólo después de 1910 un paciente cualquiera con una enfermedad cualquiera consultando a un médico escogido al azar podría esperar un mejor resultado que un 50% de cura” (L.J. Henderson, famoso bioquímico y sociólogo de Harvard).  O sea que hasta 1910, decía este importante investigador y pensador, el acudir a un médico tenía las mismas probabilidades de mejorarlo a uno que escoger tratamiento tirando una moneda al aire.  ¿Qué pasó en 1910?

En ese año se ofreció al público el Salvarsán o  “606”, descubierto por Paul Ehrlich y colaboradores, primer tratamiento verdaderamente eficaz para la sífilis.  Centenario, dicho sea de paso, que poco celebramos el año pasado.

En 1910 se inicia en medicina la quimioterapia moderna de las enfermedades.  Hasta entonces se habían encontrado fármacos en la naturaleza a veces por serendipia o serendipidad (Diccionario del Español Actual, Manuel Seco et al.) y otras veces siguiendo la intuición de las medicinas tradicionales.

Lo importante del triunfo de Ehrlich hace cien años es que no fue por casualidad.  Podemos seguir la génesis de la idea: Alemania tenía una importante industria de tintes y pigmentos en esa época, Ehrlich se interesó en la coloración de tejidos y bacterias desde sus primeros años de universidad, se concentró en el fenómeno de la adherencia de moléculas a la superficie celular, planteó los primeros conceptos embrionarios de anticuerpo y receptor que son la base de la inmunología actual y se obsesionó con la idea de encontrar una “bala mágica” que atacara sólo los gérmenes patógenos y no el cuerpo del enfermo.

Ehrlich escogió la sífilis como objeto de investigación terapéutica.  Y el arsénico como bala mágica.  Este elemento tenía un aura misteriosa de remedio y tóxico desde la medicina antigua.  Se dice que Leonardo da Vinci recomendaba inyectarlo en los manzanos para ahuyentar por envenenamiento a los ladrones de fruta.

Lo importante es que Ehrlich probó 606 compuestos arsenicales hasta encontrar el Salvarsán.  Dos de sus compañeros sirvieron de conejillo de indias para demostrar la no toxicidad del fármaco.  Luego se demostró su eficacia en animales infectados.  Después se trataron con la nueva terapia pacientes avanzados de sífilis con buenos resultados.  Se lanzó al público el compuesto y en septiembre de 1910 se habían ya tratado 10,000 pacientes con sífilis.  Hasta 1943 con la producción en masa de la penicilina el Salvarsán o “606” fue el mejor y único tratamiento probado para la enfermedad.

Entonces el año pasado cumplimos 100 años de ese cambio paradigmático en la investigación farmacológica.  Desde ese entonces no buscamos los compuestos terapéuticos solamente en la naturaleza, guiados por la medicina tradicional o un pensamiento analógico a veces casi poético (la mandrágora sirve para la impotencia porque tiene una raíz que parece estar en erección, por ejemplo).

En este último siglo nos hemos empeñado en encontrar agentes terapéuticos usando el conocimiento bioquímico y probando su eficacia en costosos estudios clínicos.  Y a pesar de grandes avances no hemos encontrado la droga “milagro” para todas y cada una de las enfermedades que sufrimos.

Pero debemos recordar que no hay nada en la biología que nos asegure que siempre habrá un remedio en algún lado, o en la naturaleza, para nuestras patologías.  Las enfermedades son epifenómenos a veces caóticos que surgen de nuestra complejidad y fragilidad biológicas.  Los médicos antiguos pensaban que las enfermedades eran “como peras, manzanas y nueces” (palabras de Paracelso) y para cada una existía un remedio específico.  Hoy sabemos que eso no es así, las enfermedades son procesos no cosas permanentes (ni menos frutas).

La vida y obra de Ehrlich señalan el inicio de un pensamiento verdaderamente pragmático en la terapéutica: las drogas no son útiles porque alguna teoría u otra me lo señalen, ellas son demostradas útiles después de un largo proceso de pruebas y experimentos clínicos.  El mismo Ehrlich decía: “el paso del laboratorio a la cama del paciente…es extraordinariamente difícil y rodeado de peligros”.  Recordemos esto cuando se nos prometen drogas y tratamientos milagrosos.

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