Advertencia: Al momento de escribir esta columna no había visto todavía el estreno de la serie Escobar, el patrón del mal, de manera que mis referencias a este tipo de producciones no tienen, por ahora, nada que ver con este trabajo.
No me gustan las historias contadas desde el punto de vista de los malos porque por muy cuidadoso que sea el relato siempre termina, de alguna manera, legitimando la existencia de estos monstruos que pasan a la historia, precisamente, porque sus vidas se recrean en la literatura o en los medios de comunicación.
Lamentablemente la historia casi siempre se ha contado desde el poder y el poder en estos tiempos de mafia y narcotráfico lo tienen los capos, de ahí que nos hayan inundado de libros sobre Escobar: Querido Pablo, La Parábola de Pablo, Queriendo a Pablo…, Mi hermano Pablo, etc., etc. ¿Cuántas historias hay publicadas sobre Galán o sobre cualquiera de las miles de víctimas del narcotráfico? La comparación resulta evidente: Sale ganando el asesino frente a los asesinados.
Las generaciones futuras tendrán mucha más información sobre este mafioso que sobre sus víctimas, de las que apenas se conocerán breves referencias como telón de fondo para contar las peripecias de ese desgraciado que acabó con miles de vidas.
Escuché con atención las explicaciones que dio Juana Uribe, productora de esta nueva serie sobre narcotráfico. Ella, que sufrió en carne propia las atrocidades de Escobar, asegura que esta producción lo que busca es que la gente tenga consciencia sobre lo que pasó y no tolere que nada de esto pase de nuevo en Colombia.
Me temo que sus buenas intenciones se quedarán solo eso, en intenciones. Es probable que nos ofrezca una excelente producción, pero en el terreno de las enmiendas históricas seguramente no conseguirá su propósito. Esta historia, como muchas otras, seguirá girando en torno a Escobar, al Patrón del Mal, un mito ya empotrado en nuestro imaginario colectivo, un hombre que ha inspirado a más de un matón, traqueto o lavaperros, un ícono que transformó la cultura de toda una generación y dejó sentado que la plata lo puede casi todo.
Para derrotar a los victimarios no es suficiente con matarlos, o encarcelarlos, hay que olvidarlos; esa es tal vez la mayor pena que se les puede infringir, porque detrás de la mayoría de estas mentes perversas hay también un deseo de inmortalidad. Psicópatas, terroristas, mafiosos, dictadores, todos tienen algo en común: un ego desbocado que los lleva a creerse superiores o a inmortalizarse a costa de los cadáveres que acumulan.
Reitero que no me gustan las historias contadas desde los victimarios, porque aún condenándolos los consagramos, aún mostrándolos como villanos les damos estatus de protagonistas. Calígula, Nerón, Al Capone o Escobar, no importa cuán malvados hayan sido, todos ellos son mucho más recordados que sus víctimas.
La historia sí se puede contar de otra manera como lo demostró el domingo pasado Diana Uribe en un conmovedor relato de hora y media sobre El Espectador, un medio de comunicación independiente, víctima de persecuciones, cierres, censuras, bombas y asesinatos; se puede contar haciendo que los protagonistas sean las víctimas, mostrando su esfuerzo, su capacidad de resistir, su dolor y su heroísmo.
Ojalá me equivoque y El Patrón del Mal, no caiga en estos mismos errores, que no se sume a los tantos relatos que han pasado por nuestra televisión dejando una estela de mafiosos bonitos, ricos y temidos. Ojalá la intención de sus creadores se haga realidad y viendo este programa nadie quiera parecerse a Pablo, ni emular su maldad, porque ya estamos hasta la coronilla de tantos antihéroes.
Una historia mal contada
Mar, 29/05/2012 - 01:01
Advertencia: Al momento de escribir esta columna no había visto todavía el estreno de la serie Escobar, el patrón del mal, de manera que mis referencias a este tipo de producciones no tien
