Robert Frost

Robert Frost

29 de enero del 2013

Alguna vez habló Robert Frost del sonido de dos personas hablando del otro lado de una pared, o de un obstáculo cualquiera. Aunque no se diferencian las palabras, sí se escucha su sonido, es decir las melodías que forman y el ritmo al que las frases salen. Las preguntas suelen empezar grave y terminar agudo, las injurias van más rápido que las apologías, las divagaciones más lento que las relaciones de hechos reales. De ese modo, aunque no podamos entender las palabras, muchas veces sí podemos adivinar cuál es el tema o el tono general de una conversación. Una mujer, al oír una conversación sostenida a su lado entre hombres, incluso en un idioma desconocido para ella, no tarda un instante en saber si el tema en cuestión es alguna de las partes de su cuerpo, y del mismo modo a un niño que escucha a sus padres en el cuarto contiguo jamás se le escapa notar si están peleano, o incluso si simplemente no se están queriendo demasiado.

A este sonido Frost le llamaba el sonido del sentido, que es el sonido que hacen las frases con que se hablan las cosas cotidianas, y que, aún sin saberlo, todos sabemos escuchar con precisión asombrosa.

Las frases en la poesía tradicional, en cambio, al estar regidas por un número de sílabas y cortadas arbitrariamente por las rimas y los versos, suelen producir sonidos que no se adaptan al sentido que conllevan, y por eso, pensaba Frost, la poesía puede resultar tan poco natural, tan poco gratificante su lectura. Lograr frases en que el sonido va de la mano del sentido, decía, era la obligación de todo escritor respetable. Lograr que esas frases además de sonar bien se adapten a un esquema de versos y de rimas es la tarea de todo el que aspire a ser un gran poeta, y a eso, exactamente, Frost le dedicó la vida entera.

Sus poemas hablan sobre temas tan cotidianos e intrascendentes que parecen no ser dignos del cuidado con que los escribe, pero detrás esconden verdades y confesiones tan humanas y universales como las de la filosofía más certera. Jamás habla de lo que está hablando, no por alardear de prestidigitador, sino porque de hacerlo perdería el sonido del sentido, y con él gran parte del sentido total de su poema.

El final de Parando frente a un bosque en una noche nevada, en la famosa traducción de Godoy, dice así:

El bosque es oscuro y como un elixir
Pero tengo promesas que cumplir,
Y millas por andar hasta dormir,
Y millas por andar hasta dormir.

Las frases suenan tan naturales que la rima parece ser una alegre coincidencia, y son de una sencillez evidente. Sin embargo, esa frase repetida nos señala un sentido velado: en la primera el hombre se despide, arguyendo que tiene un largo camino por recorrer hasta llegar a su casa, pero al decirla una segunda vez, nos dice sin decirnos que las millas son las millas de la vida, y que el sueño que le espera es el infinito sueño de la muerte.