Saber cómo llegamos hasta aquí es un modo eficaz de saber adónde tenemos que ir. Evocar a aquellos que hicieron esta tierra —los nativos, los habitantes, los inmigrantes— es recordar a todos esos que, con su esfuerzo, construyeron la base de este país. Comprender nuestro pasado es actualizarlo y hacerlo parte del presente. Las crisis que hemos enfrentado tienen sentido si nos llevan a ser una nación más fuerte. Son pasajeras si nos dejan lecciones valiosas para aprender y construir. Pintan el sueño colectivo de un país que quiere avanzar, impulsándonos a seguir ese camino hacia el futuro.
Hoy, el conocimiento se erige como el motor de la economía global. Debemos comprometernos con un desarrollo que garantice la equidad social, lleno de empatía y colaboración. Es fundamental que todos estemos de acuerdo, aunque nuestras opiniones difieran. Ha llegado el momento de actuar en grupo, de manera colectiva, lo cual exige un corazón generoso y descomplicado. Después de tantos años de divisiones, debemos superar las zanjas que impiden que nos unamos en un pensamiento colectivo. Esas grietas sólo fomentan la cooperación entre unos pocos, quienes se benefician de la disolución de la nación. Estos individuos, tóxicos para nuestra sociedad, deben ser apartados de nuestros esfuerzos.
La inteligencia colectiva no es simplemente la suma de las inteligencias individuales. Surge de la unión entre individuos que, al tomar decisiones de manera consensuada, actúan como un solo ente. Como las hormigas que operan como un superorganismo, su efectividad radica en la unión, apoyándose en la educación y el juicio. Este tipo de colaboración es esencial para el desarrollo de un pueblo y la innovación constante que necesita un estado moderno, donde haya cabida para todos los ciudadanos.
Colombia es un país lleno de desafíos. Actualmente, 16 millones de personas viven en situación de pobreza; un 30,6% de pobreza monetaria en los municipios y un alarmante 41,2% en las zonas rurales. La línea de pobreza se traza en $435,375. Hay que reconocer que el 35% de nuestra población vive en esta condición, sumado a un desempleo cercano al 10%, nos obliga a reflexionar sobre nuestra responsabilidad ética como sociedad.
Las causas de esta situación son múltiples: el mal manejo de recursos públicos, el conflicto armado, la falta de educación y los efectos de una cultura que muchas veces perpetúa la desigualdad. Desafortunadamente, el narcotráfico y la minería ilegal han desplazado a numerosos compatriotas hacia la pobreza. La corrupción, ese fenómeno tóxico y repulsivo, se convierte en un generador de violencia y de privaciones.
Ante este panorama, necesitamos algo que reúna nuestros pensamientos y emociones, que guíe nuestras decisiones. El cerebro humano, por naturaleza social, juega un papel crucial en este proceso. Aunque está determinado genéticamente, su formación final depende del entorno. Dos gemelos criados en ambientes distintos se convierten en personas diferentes debido a sus experiencias. El cerebro se nutre de fenómenos como la neurogénesis y la neuroplasticidad. La primera se refiere a la producción y migración de nuevas neuronas, mientras que la segunda implica la capacidad del cerebro para reestructurarse mediante la experiencia y el aprendizaje. Estas características permiten no solo pensar y comunicarse, sino también representar opiniones y movernos a través de emociones.
Es urgente que esa esencia que reside en nuestro “ADN” social sea modificada. Debemos reconocer la importancia de transformar las estructuras mentales que han contribuido a nuestra situación actual. Necesitamos unidad, cooperación y un compromiso genuino hacia el bienestar de todos.
Al final, la clave para avanzar radica en esa inteligencia colectiva que nos permitirá afrontar la adversidad y construir un futuro más justo y equitativo. Es hora de dar un paso adelante, recordando que la historia de Colombia está en nuestras manos, y que juntos podemos forjar un nuevo camino.
Diptongo: ¡debemos hacerlo!