Durante más de un año y medio, Noelia Castillo, de 25 años, sostuvo una decisión que no cambió: quería dejar de vivir para poner fin a un sufrimiento que describía como insoportable. Este 26 de marzo de 2026, en una residencia sociosanitaria de Sant Pere de Ribes, en Barcelona, ese deseo finalmente se cumplió tras recibir la eutanasia.
No fue un proceso rápido ni sencillo. Aunque la autorización llegó en julio de 2024, tuvieron que pasar 601 días para que se hiciera efectiva. En ese tiempo, su historia dejó de ser privada y se convirtió en un caso que atravesó tribunales, medios de comunicación y debates públicos.
El principal obstáculo fue la oposición de su padre, quien, con el respaldo de Abogados Cristianos, acudió a la justicia para intentar frenar la decisión. Argumentaba que su hija no estaba en condiciones de tomar una determinación así.
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Sin embargo, el caso pasó por cinco instancias judiciales que terminaron dando la misma respuesta: Noelia tenía la capacidad de decidir. Incluso en las horas previas, una jueza rechazó el último intento por suspender el procedimiento. Mientras todo eso ocurría, ella fue directa sobre lo que quería: irse en paz y dejar de sufrir.
El final, como ella lo imaginó
En sus últimos días, Noelia organizó su despedida a su manera. Pasó la noche anterior acompañada por su madre y algunos familiares, aunque dejó claro que el momento final lo quería vivir sola.
Pidió que la eutanasia se realizara en su habitación, el espacio donde se sentía más tranquila. También habló de cómo quería verse ese día: arreglada, con su mejor ropa, como si se tratara de un acto íntimo y propio.
El procedimiento médico siguió el protocolo habitual: una combinación de fármacos administrados de forma progresiva que llevan al fallecimiento en menos de 30 minutos. En su caso, se aplicó por vía intravenosa.
La historia de Noelia venía cargada de episodios difíciles. Tras la separación de sus padres cuando tenía 13 años, vivió periodos bajo tutela de la Generalitat. También relató experiencias de violencia sexual y varios intentos de suicidio.
En octubre de 2022, después de sufrir una violación múltiple, se lanzó desde un quinto piso. Sobrevivió, pero quedó parapléjica. Desde entonces, su estado fue catalogado como no recuperable, con una dependencia severa y dolor constante, lo que llevó a que se aprobara su solicitud de eutanasia.
En los días previos a su muerte, su historia generó todo tipo de reacciones. Desde sectores políticos se habló de un “fracaso del Estado”, mientras la Iglesia expresó que, aunque su sufrimiento era evidente, la eutanasia no debía ser la respuesta.
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Figuras públicas también intervinieron. El pianista James Rhodes le ofreció apoyo económico, y el cantante Pitingo le pidió reconsiderar su decisión. Incluso se convocaron vigilias y mensajes en redes sociales intentando persuadirla.
La historia de Noelia volvió a poner sobre la mesa preguntas difíciles: ¿puede alguien más intervenir en una decisión personal sobre la vida y la muerte? ¿Hasta dónde llega el derecho individual?. La justicia fue clara: su voluntad era válida y debía respetarse.
Al final, más allá de las posturas, quedó la historia de una mujer que sostuvo su decisión durante 601 días hasta lograr que se cumpliera.
