Cada vez más colombianos sienten miedo de expresar libremente lo que piensan o por quién quieren votar. Y eso también habla del país en el que nos hemos convertido.
Existe un concepto que cada vez toma más fuerza en las democracias polarizadas: el voto vergonzante.
Es ese voto que no se expresa públicamente. El de ciudadanos que prefieren callar por miedo al rechazo, a la crítica o a la estigmatización por pensar diferente. Y Colombia empieza peligrosamente a parecerse a eso.
Nos acostumbramos a etiquetar a las personas según el candidato que apoyan. A dividir el país entre derecha, izquierda y centro como si pensar distinto automáticamente convirtiera al otro en enemigo.
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Mientras tanto, el país real sigue esperando respuestas frente a la desigualdad, la corrupción, el abandono del campo, la inseguridad y la falta de oportunidades.
Por eso tal vez llegó el momento de deconstruir el odio. De entender que votar no debería ser “en contra” de alguien, sino pensar colectivamente quién puede conducir mejor a Colombia y qué hará realmente por el país.
También necesitamos abrir puertas y dejar de castigar a quien cambia de opinión o decide escuchar nuevas propuestas. En democracia nadie debería quedar condenado eternamente a una etiqueta política.
Pensar distinto no debería convertir a nadie en enemigo.
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La democracia no se fortalece cuando todos piensan igual. Se fortalece cuando podemos disentir sin destruirnos.
Tal vez la verdadera transformación positiva que necesita Colombia empieza el día en que los ciudadanos puedan volver a elegir sin miedo.
