Alberto Hernández tenía 16 años cuando entendió que su vida no iba a medirse por horarios, sino por llamados de emergencia.
A esa edad, cuando muchos jóvenes apenas empiezan a imaginar qué quieren hacer con su futuro, él ya había tomado una decisión que marcaría el resto de su camino: vestir el uniforme del Benemérito Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Cali y dedicar su vida a ayudar a otros.
Desde entonces, su historia ha estado atravesada por madrugadas interrumpidas, llamadas inesperadas, emergencias, despedidas rápidas y una vocación que no nació por casualidad. En su familia, servir también ha sido una herencia.
“El legado generacional continúa con mi papá, pues mi abuelo también fue capitán”, cuenta Angélica Hernández, hija del oficial.
Hoy, el capitán Alberto Hernández está lejos de casa. Hace parte del grupo de nueve bomberos que el pasado 25 de junio salió desde Cali rumbo a Venezuela para apoyar las labores de búsqueda y rescate tras los dos sismos registrados el 24 de junio.
Integra el equipo USAR COL-1, una misión que reúne a rescatistas colombianos en territorio venezolano y que lo tiene, una vez más, haciendo aquello que ha hecho durante gran parte de su vida: acudir donde otros necesitan ayuda.
Pero detrás del casco, del uniforme y de la imagen del bombero que cruza la frontera para salvar vidas, hay también una historia íntima: la de un padre, un hijo, un capitán y un hombre que convirtió la entrega a los demás en una forma de vivir.
Lea también: Las primeras ayudas para animales afectados por los terremotos ya llegaron a Venezuela
Para Angélica, crecer al lado de Alberto Hernández fue crecer con un héroe en casa. Cuando era niña, sus amigos no podían creer que su papá fuera bombero. Para muchos, era una figura de admiración; para ella, era también el hombre que regresaba al hogar después de atender emergencias.
“Siempre sacaba pecho por él. Cuando era chiquita, todos mis amiguitos no podían creer que mi papá era bombero, porque es el sueño de muchos niños. Entonces el hecho de conocer a uno desde tan cerca era sorprendente para ellos”, recuerda entre risas.
Con los años, esa admiración infantil se transformó en una comprensión más profunda. Angélica entendió que ser bombero no era solo salir a apagar incendios o atender emergencias. Era una manera de estar en el mundo.
En su casa, la vocación no se enseñó con discursos. Se aprendió mirando.
“El servicio se instauró en mí, sin siquiera mi papá dirigirlo. Creo que todos en nuestra familia siempre hemos estado al servicio de la comunidad y eso lo vivimos en pequeños actos cotidianos de ayudar a quien lo necesita”, expresa.
Las llamadas que cambiaban la rutina
La vida de un bombero también se mide en ausencias. En planes que se interrumpen. En noches que cambian de rumbo por una llamada. En familias que aprenden a despedirse rápido, aunque no siempre sepan qué riesgo enfrentará quien sale por la puerta.
En la casa de los Hernández, esa escena se repitió muchas veces.
“Él recibía llamadas y salía a mitad de la noche a atender una emergencia. Entonces al regresar, a la madrugada o al día siguiente en la mañana, era como: ¿qué pasó?, ¿cómo te fue?”, describe Angélica.
Cada salida traía consigo una mezcla de orgullo y preocupación. Porque detrás de cada emergencia hay incertidumbre. Nadie sabe cuánto va a durar, qué encontrará el equipo al llegar o con qué carga emocional regresará un bombero después de intentar salvar una vida.
Por eso, el viaje a Venezuela tuvo un peso distinto.
El jueves 25 de junio, el capitán Hernández alistó sus pertenencias para sumarse a la misión internacional de búsqueda y rescate. Esta vez no saldría a atender una emergencia en Cali. Esta vez debía viajar a otro país, sin una fecha clara de regreso.
La despedida quedó grabada en la memoria de su hija.
“Nos dimos un abrazo súper largo, porque no sabemos cuándo va a regresar. Hemos tratado de mantenernos en contacto y en las pocas ocasiones en que pudimos hablar con él, notamos el desgaste físico y emocional en su mirada y en su voz”, relata.
En esa frase aparece una parte del oficio que casi nunca se ve: el cansancio. El esfuerzo físico de las jornadas, pero también el peso emocional de buscar, rescatar, acompañar y enfrentar el dolor de quienes lo han perdido todo.
Un legado que sigue vivo
El capitán Alberto Hernández hace parte del grupo de 63 colombianos que se encuentran en territorio venezolano apoyando las labores de búsqueda y rescate. Desde allí, junto a otros integrantes de la misión, representa una luz de esperanza para las familias afectadas por la emergencia.
Mientras tanto, en Cali, su familia espera.
Angélica, su hermano Carlos y sus seres queridos lo acompañan desde la distancia con orgullo, fortaleza y oración. Saben que está lejos, que enfrenta días difíciles y que su labor exige entrega. Pero también saben que está haciendo lo que ha hecho desde que era adolescente: estar listo para servir.
“Sabemos que trabaja con muchísimo amor y que ese mismo esfuerzo y esa misma abnegación con la que cumple su labor también los refleja en su vida personal. Por eso nos sentimos profundamente orgullosos de él”, concluye Angélica Hernández.
La historia del capitán Alberto Hernández no solo habla de un bombero caleño que viajó a Venezuela para apoyar una misión de rescate. Habla de una vida construida alrededor de la vocación. De un legado familiar que pasó de abuelo a padre. De una decisión tomada a los 16 años y que, décadas después, sigue intacta.
Porque Alberto Hernández no solo heredó un uniforme. Heredó una manera de vivir: estar listo para salir, incluso cuando eso signifique dejar a su familia esperando en casa.
