El precio de ser gordo

Publicado por: Erika Mesa Díaz el Jue, 06/05/2021 - 12:13
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En el Día Internacional sin Dieta, Kienyke.com revisa los obstáculos sociales y económicos que enfrentan las personas gordas durante su tránsito por la vida.
El precio de ser gordo
Créditos:
Flickr - Daniel Max

“Ni ‘curvy’ ni ‘rellenita’. Soy gorda”, aclara B*. Que la gente nombre correctamente su tipo de cuerpo le importa. Las cosas que no se nombran no existen, pero ella existe; existe en un cuerpo gordo, muy a pesar de lo que digan los médicos, las miradas lascivas en la calle, los dependientes en tiendas de ropa, la sociedad y hasta la covid-19. 

Ella, a sus 24 años, entiende que su condición puede hacerla más frágil ante ciertos padecimientos de salud que a otras personas que no son gordas. Por eso ha mejorado su dieta y ha buscado alternativas para mantener activo su cuerpo gordo, aunque las opciones sean limitadas durante los picos de pandemia.

Sin embargo, su camino hacia la pérdida de peso no es sencillo. Hay varios factores que le juegan en contra y pueden ser más grandes que ella. Paradójicamente, el más grande de ellos es ella misma: B tiene un cuerpo con fibromialgia, que limita su movilidad, e hipotiroidismo, que tiende a retener líquidos y a administrar de forma deficiente las calorías que ingresan al organismo. La buena voluntad no quita el hecho de que los alimentos no se procesen como corresponde. Al ser padecimientos crónicos, lo más seguro es que batallará con ellos toda su vida.

El segundo obstáculo de B para cambiar su existencia gorda son sus recursos económicos. Comer saludable demanda tiempo y dinero con el que no cuenta una estudiante universitaria independiente. Cuando solo hay tiempo para estudiar y trabajar, el sueño es limitado y el cuerpo administra mal la comida que ingiere, la energía de consumo inmediato se convierte en un recurso valioso. Ese tipo de energía se obtiene con alimentos altos en carbohidratos que, a largo plazo, deteriorarán más su condición física.

El tercer obstáculo es la sociedad, que ni siquiera piensa en ella como una candidata para algo tan básico como vestirse. “Cuando no te pueden vender nada en una tienda, los dependientes salen detrás tuyo para ofrecerte aretes, zapatos, sombreros, gafas… Es muy chistoso. Quieren mi plata pero no se la ganan”, dice B entre risas, porque si se ríe recupera el control de ese recuerdo.

Por supuesto, hoy hay influenciadoras en redes sociales que promueven la moda para mujeres gordas: sus armarios son amplios y reparten consejos a diestra y siniestra. La diferencia entre ellas y B es que ella no comisiona por vestirse. Ella debe pagar de su bolsillo para entrar en ropa que no le gusta o fue absurdamente difícil de encontrar. No es activista sino usuaria, y la vida es difícil cuando eres un usuario cuyo visto bueno es menos apreciado. 

En Occidente es normal, y en ciertos círculos sociales se considera apropiado, burlarse de los cuerpos gordos como el suyo. Se les considera indeseables en los aviones y los buses. Les toman fotografías mientras no están mirando, mientras existen sin molestar a nadie, para mofarse de su apariencia. Su cintura se convierte en pretexto para fetichizarlos o despreciarlos como compañeros. 

“La gente te escribe en Tinder y su segundo mensaje es ‘nunca he estado con una como tú’. No son capaces de decirlo. No sé por qué les parece tan paila aceptar que les atrae un cuerpo gordo o que quieren como compañero a quien ocupa ese cuerpo gordo; que ven como a una persona sexi o interesante a quien por casualidad habita un cuerpo gordo”, dice B, luego de mostrar los pantallazos de los mensajes que ha recibido. “Sé de gente a la que ni la presentan en la casa como la pareja oficial, como si fueran un cacho”, confiesa.

Lo que es más doloroso: para un buen número de personas, especialmente mujeres cis, “la probabilidad de tener este cuerpo gordo, de verse como yo, es lo peor que les podría pasar, y por eso llegan al punto de dañarse y eliminarse: porque la sociedad les dijo que es mejor estar muertas que ser como yo. ¡Y esa es una presión con la que vivimos los gordos, las gordas, todos los días!”.

El 6 de mayo se conmemora el Día Internacional Sin Dietas, una fecha dedicada al respeto y reconocimiento de los estilos de vida saludables en todos los cuerpos. Se conmemora desde 1992 y fue creado por Mary Evans Young, una activista británica que plantea la inviabilidad de vivir en torno a las dietas.

Mary Evans Young sufrió bullying en sus años de juventud por cuenta de su sobrepeso y terminó desarrollando anorexia nervosa. Tras su recuperación, ella cayó en la cuenta del tiempo y energías que la gente, y de forma especial las mujeres, pierden ante la imperante necesidad de alcanzar o conservar la delgadez. 

Por eso, y en palabras simples, el Día Internacional Sin Dietas busca la eliminación del ideal de la delgadez a cualquier precio. Honra la memoria de las víctimas de los trastornos alimenticios y las cirugías de pérdida de peso, plantea la futilidad de gastar tiempo en pensar qué comer —o qué dejar de comer— y pone en cuestión la obligatoriedad de alcanzar un solo modelo de cuerpo.

Incluso, en algunos países del mundo, este día se aprovecha para que los restaurantes agasajen a sus comensales con platos sabrosos, sin que piensen tanto en su valor nutricional. 

Después de todo, el estilo de vida de los seres humanos ha cambiado. De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, el 13% de la población mundial lidia con su sobrepeso; casi dos mil millones de personas. Es una población demasiado extensa y que ya lidia con el resto de situaciones de su vida como para que se les niegue un trato humano en los servicios de salud, en las transacciones comerciales y en la vida en general.

*Nombre cambiado para proteger la privacidad de la fuente.

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