Los héroes de La Macarena

Los héroes de La Macarena

17 de noviembre del 2010

Vista Hermosa, Meta, queda a sólo cinco horas, cinco peajes y 230 km de distancia de Bogotá. Antes la carretera estaba sin pavimentar, pero nunca este municipio estuvo tan lejos de la capital del país por la distancia, como por el miedo. Hace diez años, muy pocas personas se atrevían a tomar esa línea de barro café rojizo que atravesaba como un roto el verde paño de billar del Llano colombiano.

Rafael Martínez, originario de Cundinamarca, tomó la carretera el 7 de agosto de 1978 para buscar suerte. Dos años antes, la región había entrado en la bonanza de la marihuana, a tal punto de que no se sembraba otra cosa. La comida que se consumía en Vista Hermosa provenía de la plaza de mercado de Corabastos, en Bogotá. Rafael compró unas hectáreas de tierra para sembrar maíz. Encontró bloques de marihuana comprimida y un bosque gigante de Cannabis sativa al que le prendió fuego. Los antiguos dueños lo habían dejado todo porque la yerba, por tanta oferta, ya no costaba nada. Las llamas tuvieron la velocidad de la gasolina. Rafael cayó al piso después de huir del fuego. Luego huyó del humo. Quedó con nauseas y los ojos rojos por varias horas.

En la actualidad, este municipio de la región de la Macarena hace parte del Plan de Consolidación, el programa piloto del gobierno Santos que busca transformar el entorno social para evitar que la guerrilla vuelva a surgir. El programa apoya procesos productivos que blinden a la población de la influencia de las bonanzas de cultivos ilegales, junto con un cambio de mentalidad que lleve a rechazar el dinero rápido y temporal, una conducta que proliferó en los años del despeje cuando las Farc y la coca mandaban.

En la finca de Rafael Martínez, el pasto volvió a crecer, más sano y más verde, y entre las matas de maíz, renació la marihuana. La ceniza protegió muchas semillas y les dio el abono suficiente para que volvieran a brotar y Rafael las arrancaba con la obsesión de un adolescente con acné, ayudado por su caballo. A veces el caballo se dormía recostado contra los árboles y las paredes, hasta que un día se acercó a un charco a tomar agua, se quedó dormido en el borde y cayó dentro. Murió ahogado y drogado.

Una vez extinguida la marihuana por completo de su finca y de haberse dedicado a la agricultura y el ganado, Rafael vio llegar 27 camionetas y dos volquetas repletas de semilla de coca. Así llegó la bonanza de la coca al pueblo: sobre ruedas. Apenas comenzaba el proceso de paz del gobierno Pastrana, que no fue otra cosa que la era de las Farc en Vista Hermosa. Estacionaron el vehículo en una de las calles principales de Vista Hermosa, la misma donde Héctor Montoya tiene su restaurante, El Paisa.

Originario de Puerto Berrío, Antioquia, Héctor había llegado al Meta huyendo de los paramilitares sin pensar que terminaría rodeado por la guerrilla, al punto de tener incluso que atender al Mono Jojoy y al Negro Acacio en su restaurante. Los guerrilleros almorzaron sudado de bagre con limonada por $15.000. En la era de las Farc y de la coca también vio cómo la gente andaba con dólares en el bolsillo y le pagaban cuentas exorbitantes en otro de sus negocios, la cantina la Mula Rusia, la más popular del pueblo, que debía cerrar sus puertas a la media noche, a riesgo de recibir sanciones que iban desde un millón de pesos hasta juicios sumarios que terminaban con asesinatos.

Contrario a muchos, Rafael y El Paisa soportaron los atropellos de las Farc sin abandonar Vista Hermosa. Rafael abandonó la agricultura y se dedicó de lleno al ganado, que vio como el negocio ideal ante la necesidad de carne en la región, porque con la entrada de la guerrilla los mayores ganaderos vendieron sus reses por temor a que la guerrilla se las robara. Todos en el pueblo le reconocen el temple con el que no se dejó extorsionar ni amenazar. Cuando le pedían plata, él decía que si alguien necesita una colaboración, era él. Además, era muy activo en las juntas de acción comunal y en la vida social del pueblo, y eso lo blindó de ser una persona incómoda para la guerrilla, sin ser nunca su amigo.

La bonanza de la coca fue una época extraña, surreal. Los raspachines ganaban casi cinco veces lo de un campesino normal. Por eso los campos se llenaron de coca y era una excentricidad tener cultivos tradicionales. Leonardo y Anallive sembraron tres hectáreas de coca y cada 45 días recibían entre veinte y treinta millones de pesos con los que debían pagar los raspachines, el cemento –que llegó a costar cuatro veces su valor– y los  insumos químicos para quedarse al final con menos de un millón de pesos libres. La coca no los hizo ricos, ni a ellos ni a nadie, pero les daba para vivir. Leonardo y Anallive también vivieron el ciclo completo: la guerrilla que los desplazó primero, luego un nuevo desplazamiento paramilitar y por último el Estado, por cuenta, según ellos, de una injusta aplicación de la ley de extinción de dominio. Todavía conservan su finca después de miles de pleitos y tienen una casa en el casco urbano de Vista Hermosa, por si acaso deben huir por quinta vez. Entretanto, como parte del plan de consolidación, han podido sembrar cacao, yuca y maíz, y asegurar un sustento a 25 años vista.

El Meta es una región rica. Además del petróleo, se oyen rumores de minas de diamantes, decenas de italianos vienen en busca de cacao y la coca está relegada a los sitios más escarpados, lo que hace de la erradicación una labor lenta y costosa. Podría ser uno de los departamentos mas prósperos del país, pero la memoria de la guerra pesa.

Leonardo recuerda las balas que esquivó para rescatar a su hija en la escuela, en medio de un combate entre el Ejército y la guerrilla, o cuando debió trasladar al hospital a un guerrillero herido, esquivando las ráfagas del avión fantasma. Abundan los relatos de cuerpos desmembrados, bolsas blancas con la identificación de las extremidades para enterrarlas en fosas pequeñas, perdidas en el monte, a donde llegan los familiares a rezarles, sin poder enterrarlos en un cementerio hasta que la fiscalía no realice el levantamiento obligatorio.

La llegada del Plan de Consolidación a recuperar zonas donde la guerrilla ha sido desterrada, es lenta, como todos los programas gubernamentales. La gente aprende, entre tanto, a desplazarse en medio de minas enterradas, a apagar los teléfonos celulares para evitar activarlas, a clavar estacas de colores entre los árboles y las flores para señalar con el rojo las minas recién desactivadas y con el blanco los caminos limpios, libres de minas. Calaveras advierten la presencia de minas que han volado vacas y gallinas por los aires y la tensión es tan grande que lleva a que cualquier objeto extraño en medio de la carretera, un recipiente de plástico por ejemplo, dispare los nervios. Todavía hay casas abandonadas en cruces de caminos que antes eran considerados veredas. En los cementerios que se encuentran a orillas de la carretera se pueden ver tumbas con lápidas de las Farc.

Rafael, Leonardo, Anallive y Héctor, como la mayoría de la gente de Vista Hermosa, tiene ahora mucha fe en el Gobierno, a pesar de que tienen la desconfianza propia de personas que han vivido viendo la región sometida por vientos de un lado y otro, desde la Unión Patriótica hasta los paramilitares y la guerrilla. Temen que el Estado los vuelva a dejar en manos de las bonanzas venideras, pero esperan que todos sus organismos se aventuren a tomar esa carretera que todos ellos tomaron hace años a buscarse la vida en Vista Hermosa, una carretera que ahora es segura.

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