Los tesoros que esconde la biodiversa puerta de la Amazonía colombiana

Publicado por: gabriela.garcia el Sáb, 27/03/2021 - 15:09
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Agencia Anadolu
Guaviare se está convirtiendo en un destino turístico para quienes buscan experiencias que incluyen el avistamiento de aves y delfines, y el acceso al arte rupestre hasta ahora oculto a los ojos del mundo.

“Un día caminando por el extenso bosque húmedo del Guaviare vi varios monos ardilla. Luego vi una garza azul y al rato un águila pescadora”, dice susurrando el biólogo y ornitólogo César Arredondo, mientras de cerca lo siguen expectantes un grupo de periodistas, camarógrafos y fotógrafos, en medio de la selva amazónica del departamento del Guaviare al sur de Colombia.

Los visitantes esperan detrás de sus lentes la aparición en la copa de los árboles de los monos ardilla mientras escuchan a lo lejos el sonido de los monos aulladores.

El recorrido se realiza con el mayor sigilo pero sin perder ningún detalle de vista, en medio de uno de los paisajes más extraordinarios y a la vez más biodiversos que un fotoperiodista pueda captar en la puerta de la Amazonia colombiana: La Serranía de la Lindosa.

Hacia donde se mire en el horizonte se observa solo la selva, que se entrelaza con una cadena de formaciones rocosas de infinidad de montañas, colinas y túneles, que se extienden por un inmenso territorio de 12 mil hectáreas en el Guaviare.

Un conjunto de relieves se acentúa por la luz lateral y colorada de la tarde. El escenario tiene un aire prehistórico o propio de una ilustración del Mesozoico en un antiguo libro de biología. “El ser de esta parte del país es un honor, donde anteriormente por causa del conflicto las personas sentían vergüenza o temor de hablar de este lugar, pero al ver tanta riqueza natural, histórica y arqueológica, entendí claramente el por qué se debe proteger y visitar esta región”, sostiene Arredondo.

Los guías guaviarenses, Edwin Barreto y Cesar Arredondo, son los encargados de acompañarnos durante esta expedición. Es fácil corroborar cada una de sus palabras, pues, a cada paso que se da, es frecuente ver fauna silvestre: un ave pequeña allí o un gallito de la roca guyanés (Rupicola rupicola) por allá, que es una escurridiza especie que solo habita en los países de la cuenca amazónica de Sudamérica.

Incluso un mono churuco (Lagothrix lugens), que salta entre los árboles, sacude su cara y nos mira con recelo. El mamífero va a refugiarse en uno de los cientos de árboles sin perdernos de vista, mientras los lentes giran velozmente, intentando enfocarlo para captar su perfecta imagen entre el denso matorral.

Aunque el silencio es absoluto, el nerviosismo de todos los fotorreporteros por obtener una buena fotografía es palpable. “No se muevan, que él vuelve. Quédense muy quietos”, advierte Arredondo sobre el mono churuco.

Es este territorio, poco explorado, se siente mucha paz como resultado del encuentro de cientos de especies vegetales y animales al servicio de los sentidos.

Justamente este es un destino de paz y armonía, al que en el pasado no se tuvo acceso por causa del conflicto armado. Esa tranquilidad que despierta la zona selvática es una de las grandes razones por las cuales se está buscando incentivar su protección con exploraciones sostenibles, pilar de un trabajo solido en el ámbito turístico de la región amazónica.

Un tesoro desconocido, las pinturas rupestres del Raudal del Guayabero

Entre la capital del departamento, San José del Guaviare, y el Raudal del Guayabero, hay unos 38 kilómetros que se pueden hacer en una voladora (lancha rápida), navegando por ​el majestuoso río Guaviare hasta su nacimiento, en donde desembocan los ríos Ariari, proveniente del Meta y el Guayabero, (Guaviare) y es en este último donde inicia el trayecto final del recorrido.

El río pasa justo entre la unión de las Serranías de La Lindosa (Guaviare) y la Serranía de la Macarena (Meta) y es en la primera que queda el puerto, que no es más que una casa que antes servía como punto de provisión para los cultivadores, en donde por más de tres décadas, el tesoro arqueológico color ocre que resguarda el Raudal del Guayabero, se mantuvo escondido entre el verde profundo de la coca.

Es en este lugar donde empieza una larga caminata de subida de una hora aproximadamente, donde el denso bosque del Guaviare protege uno de los yacimientos arqueológicos más importantes, pero poco conocidos de Colombia. El conflicto y la prohibición de la desmovilizada guerrilla de las Farc al ingreso de turistas se encargaron de garantizar que pocas personas llegaran a este punto de la geografía.

A primera vista es emocionante, aún a pesar de que el aire escasea por el esfuerzo físico. En las lisas paredes de un afloramiento rocoso, propio de la Serranía de la Lindosa, se encuentra uno de los murales más importantes de la pintura rupestre colombiana.

Aún no se ha podido fechar exactamente por los arqueólogos, pero con las excavaciones y el estimativo del radiocarbono, se especula que puede datar de hace 12.600 años; incluso más reciente, de entre 7.000 y 8.000 años. No se sabe con qué material fueron hechos esos murales, que superponen escenas en las que se reconocen figuras de dantas, lagartos, mujeres embarazadas, escaleras y danzas rituales.

“Lo que vemos son unas pinturas que planteamos como potencial de mega fauna extinta. Esto aparece en paneles que ya habían sido registrados tiempo atrás en la Serranía de la Lindosa”, afirma Jairo Bueno, Coordinador de turismo del departamento del Guaviare.

Protección

La comunidad de cerca de 60 personas, quienes por años vivieron de la coca y hoy le apuestan al turismo natural, son los protectores de este tesoro arqueológico. Es un trabajo mancomunado entre los guías de San José y la comunidad.

"Ya los turistas están llegando, recorriendo cada día la trocha que separa al Raudal de San José. Y acá en este lugar donde los turistas tienen un contacto cercano con la comunidad, comen alimentos preparados por nosotros, atraviesan el cañón en una canoa motorizada, visitan las pinturas con un guía baquiano y suben a un mirador natural que tiene una imponente vista de todo el río y el Parque Nacional de La Macarena", afirma Fredy Clavijo, un joven que recibe a los visitantes en una caseta de madera sobre el río.

“Con el turismo estamos saliendo adelante. Es la única entrada que tenemos y mantendremos conservando lo que está alrededor del río, de la selva y de los animales”, sostiene Clavijo.

El auge del turismo aún es modesto, pero le está sirviendo al Raudal para reponerse de años de aislamiento y escasez de oportunidades económicas; es un ejemplo de modelo rural distinto al agropecuario, otra gran razón para preservar los ecosistemas que se encuentran en la serranía, los cuales están incluidos en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas. De no conservarlos, sencillamente podrían perderse.

Un mundo perdido en Colombia, el Escudo Guayanés

Edwin Barreto es un guía profesional de turismo que afirma que Colombia alberga uno de los suelos más antiguos y biodiversos del planeta, ubicado en el Escudo Guayanés, una región geográfica "que data del origen precámbrico“.

Barreto hace su exposición desde la cima de una colina mientras mira a la distancia la Puerta de Orión, una imponente estructura rocosa de más de 12 metros de alto por 15 de ancho, lugar emblemático de la zona, la cual se encuentra a tan solo siete kilómetros de San José del Guaviare.

Se denomina la Puerta de Orión debido a que, según los pobladores locales, desde este lugar se alinea el cinturón de Orión y se puede ver a través de él. La Puerta está rodeada de una amplia extensión de vegetación, que se puede cruzar en un recorrido de alrededor de 40 minutos, donde se contempla la belleza geológica de uno de los lugares turísticos más impresionantes de la región.

Luego de un recorrido de no más de cinco minutos, se llega a una de las rocas más antiguas del planeta, con 1.300 millones de años y 800 metros de altura.

Estos ecosistemas albergan especies de flora y fauna que sólo existen allí, en la puerta de la Amazonía colombiana. Se trata de un mundo perdido, virgen e inexplorado. Un territorio que se extiende por cuatro departamentos del país: Caquetá, Guainía, Vaupés y Vichada. Ninguno de los visitantes sabía de la existencia de este lugar tan inhóspito. Todos estaban asombrados con la belleza del paisaje.

¿Escudo Guayanés? Suena rara la palabra, pero se trata de unas rocas muy particulares que afloran a la superficie y forman una suerte de serranías que están inmersas en un contexto amazónico o de la Orinoquia.

Como ejemplo se encuentran la Serranía de Chiribiquete o La Lindosa. Lo particular es que toda la fauna y flora que está asociada a esas formaciones rocosas es antiquísima también. Y como son islas, tanto la fauna como la flora han permanecido millones de años aisladas. Se encuentran muchos endemismos, sobre todo en la parte vegetal, donde hay plantas únicas, como la flor del Guaviare, uno de los atractivos que se encuentra en este lugar que se deja explorar con la recomendación a los visitantes de prudencia y respeto por la fauna y flora.

Su clima es tropical y la temperatura oscila entre los 25 °C y 30 °C. Por eso, mientras se hacen largas excursiones entre ‘ciudades’ naturales de piedra, es posible encontrar ríos con agua cristalina que permiten ver los hermosos colores de la planta acuática macarenia clavigera.

La biodiversidad de la serranía es muy amplia y es posible hacer prudentes excursiones en algunas de sus cuevas en donde habitan murciélagos, animales dispersores de semillas que cumplen con la importante tarea de evitar la deforestación de los ecosistemas. Entrar a su casa se debe hacer con respeto, sin usar luces fuertes y tampoco el flash de las cámaras. Así se siente cómo revolotean cerca y se escuchan sus chillidos característicos.

La laguna Damas del Nare, hogar de delfines protegido por desplazados

Desde el puerto de San José del Guaviare, en un recorrido que toma tres horas por el río Guaviare, y una hora larga de caminata en medio de la selva, se llega a la laguna Damas del Nare, hábitat de delfines rosados llamados por los lugareños como ‘Taty’. Son animales muy amigables tanto así que, ante los aplausos, sacan parte de su cuerpo del agua para saludar a quienes los visitan.

Econare es la administradora turística de la laguna, una organización de campesinos desplazados por el conflicto que azotó la zona en el pasado. Ellos crearon la empresa que se encarga de recibir a viajeros de todas partes del mundo para mostrarles a los delfines de río y, además, para que se deleiten con su amplia gastronomía basada en el pescado, tubérculos y frutas.

En palabras de Francisco Amaya, uno de los fundadores, esta actividad les ha generado beneficios no solo económicos, sino personales, pues tanto a él como a su familia, esta actividad les ha permitido regresar a su tierra y disfrutar del encanto de la región.

“Nos gusta recibir turistas, nos encargamos de promover un turismo sostenible y comunitario, pues sabemos la importancia de la laguna y lo frágil que puede llegar a ser. Es por eso que les decimos a los viajeros que no usen repelentes o químicos que puedan afectar la estabilidad ecológica de la zona”, cuenta la señora Nubia Troncoso, quien conquista a los viajeros con las preparaciones que hace en su cocina a base de leña.

Mientras que se camina por toda esta amplia zona, más animales van apareciendo sin aviso, un deleite para la vista de los turistas, como las guacamayas rojas y loros, animales que en una ciudad solo pueden verse en cautiverio o fotos.

El viaje al Guaviare es una experiencia mágica, sin lugar a dudas es un viaje en el tiempo, lleno de atractivos históricos, culturales, en donde los turistas se involucran con las tradiciones, en un hábitat natural que deja una imagen imborrable para quienes tienen la oportunidad de vivir la experiencia deleite de los sentidos.

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