El día después de Diego

Publicado por: erika.diaz el Jue, 26/11/2020 - 17:31
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Creado Por
Erika Mesa Díaz
El mundo creía que era inmortal hasta que llegó el día de velarlo. Crónica de Kienyke.com sobre el día en que el mundo se despidió del Diego.
Crónica de Kienyke.com sobre el día en que el mundo se despidió del Diego.

Maradona era el jugador del pueblo y, al mismo tiempo, su figura aspiracional: el que nació en una villa y pateó la pelota hasta llegar al éxito. Fue la estrella de un deporte que aceita los engranajes de su país. Fue el mejor jugador de un deporte que en Argentina lo es todo. Llenó de ilusión a muchos que no tenían más ilusiones. Por eso y por derecha, todos consideraban al Diego un familiar cercano más.

Sus familiares, curiosamente, no se sentían hechos del mismo material. Cuando a los hermanos del Diego les preguntaron si pensaban ser como él, porque llevaban su sangre y virtualmente podían, respondieron que no aspiraban a eso porque él “es un marciano, no se puede discutir”.

Ya sea para despedirse del amigo de todos o constatar que no es un bulo la muerte del barrilete cósmico —porque aún cuesta creerlo—, lo más natural es que un río de personas quisiera acercarse a sus restos y expresar su pesar. Ahora, hay que tener en cuenta que esta enorme familia que quedó huérfana es la misma que empujó una final de la Libertadores hasta Madrid porque la pasión fue más grande que la compostura. Entonces, cualquier cosa podría pasar en el día uno después de Maradona.

La madrugada

Ese día empezó, lógicamente, a las cero horas. En ese momento ya se sabía que el cuerpo tendría una breve estancia en la Casa Rosada antes de llegar al Jardín Bella Vista, cementerio privado en el que descansará para siempre junto con los restos de sus padres.

Frente al edificio originalmente pintado con sangre de vaca, que aloja el despacho presidencial y el balcón desde donde Evita declamó sus discursos conmovedores, empezaron a reunirse las personas a hacer la larga fila para despedirse del Diego. No había distinción de género, edad o equipo. Tampoco había mucha preocupación por la situación de pandemia: todos buscaron y fueron un hombro para llorar.

Por ser el epicentro de un evento de importancia mundial, más de 800 periodistas acreditados hicieron presencia en los toldillos dispuestos para cubrirlo. La plaza también empezó a llenarse de los hinchas de La 12, barra de Boca Juniors, quienes hicieron marcha y vigilia. Al llegar colgaron cintas con los colores, que Maradona hizo grandes al portarlos, en la estatua de Belgrano.

A la una y media de la mañana llegó el cuerpo de Maradona a la Casa Rosada. Allí se ofició una pequeña ceremonia con las personas invitadas por la familia, en el mismo lugar donde fue velado Nestor Kirchner. Allí estuvo Claudia Villafañe, la mujer de la vida del Diego y la madre de Dalma y Giannina, quienes también estuvieron presentes. También estuvieron Dieguito, el hijo menor, y su mamá, Verónica Ojeda. 

Allí también llegaron algunos jugadores de las plantillas mundialistas de la albiceleste, que lo conocieron como compañero o como técnico, y viejas glorias del Boca Juniors. El líder de La 12 también tuvo el honor de pasar a la cámara ardiente. Recibió honores casi presidenciales mientras los fuegos artificiales de las barras repicaban a las afueras. Hasta los pasillos llegaban los vivas, las arengas y los coros del himno nacional.

Sin embargo, hubo alguien que quería entrar a la ceremonia y no pudo: Rocío Oliva, su última pareja, que tiene la misma edad de su hija mayor. Su relación fue escandalosa de principio a fin por la considerable diferencia de edad. Un video viral registró que él la agredió físicamente. También fue demandada por el propio Diego por haberse llevado cosas de valor de su casa. “Cuando se arrepienta será muy tarde”, solía decir la joven mujer.

Naturalmente, su presencia llamó la atención de la prensa. Estuvo esperando dos horas a la entrada de la Casa Rosada y finalmente le dijeron que tendría que esperar hasta la mañana para despedirlo con todos los demás. Aparentemente, Maradona la mandó a buscar muchas veces para que fuera a verlo en vida, convaleciente, pero ella no fue. Eso no le cayó en gracia a los allegados y por eso no fue incluida en la lista de invitados.

Estalló en llanto. “Soy la última mujer de Diego, nadie lo entiende, fui la única mujer que Diego quería ver. Toda la maldad que hacen, se paga”, dijo ante las cámaras de televisión.

 

La gran velación

La logística de la velación masiva sería la siguiente: la gente podría circular por la enorme puerta de entrada de la Casa Rosada —necesitaban garantizar la buena ventilación; un saludo a la bandera para la prevención del coronavirus, porque la gente estuvo demasiado junta de todas formas—, pasar frente al féretro por unos cuantos segundos y salir por la puerta de la calle Balcarce 24. 

Así fue diseñado, pensando que solo unos cuantos apasionados asistirían, porque las autoridades creyeron que serían disuadidos por la situación de pandemia. Después de todo, Argentina ha sido fuertemente azotada por el virus y ya ha enterrado a más de 37 mil personas por esa causa.

Aunque el sentido común diría en cualquier otro país que una pandemia es una buena razón para no asistir a un velorio multitudinario, el pueblo de Diego no opinaba igual. Buenos Aires, la ciudad que enterró y volvió a enterrar a Evita Perón, se resistía a dejarlo ir sin una despedida masiva, casi carnavalesca, y el peso de la multitud se impuso. 

La fila ya doblaba la Plaza de Mayo y algunos empezaron a tumbar el cercado que se había puesto. A las seis de la mañana estaban caldeados los ánimos en la fila; pero las personas finalmente empezaron a cruzar la puerta grande de Casa Rosada, adornada con una enorme cinta negra, tras pasar el cordón de seguridad y ser requisados. 

Tras unos pocos minutos tuvieron que volver a cerrar por los empujones. Luego de que las personas se calmaban un poco, se restablecía el ingreso. Así fue la dinámica durante toda esa mañana, bajo el sol resplandeciente de un día de verano.

Entretanto, las rejas del frente de la Casa Rosada parecían las de cualquier cancha de fútbol argentino: estaban llenas de trapos con mensajes para el Diego. Entre otros, había uno que leía “No nos importa lo que hiciste con tu vida. Nos importa lo que hiciste con la nuestra”, una ligera distorsión de la frase que pronunció el Negro Fontanarrosa y que lo absolvió de toda culpa en el tribunal popular.

Las lágrimas del presidente

El presidente Alberto Fernández, un heredero más de las pesadas banderas de Perón, hizo algo muy poco peronista pero comprensible ante la contingencia: llegó hasta la Casa Rosada en helicóptero. Ante su llegada se detuvo temporalmente el flujo de personas, algo que tampoco fue muy peronista de su parte, porque cada segundo contaba y mucho pueblo se quedó sin sus cinco segundos para decir adiós.

Fernández derramó algunas lágrimas ante el féretro, saludó a las hijas del astro y puso dos pedazos de tela que pesaban como dos enormes medallas. Uno de ellos era la camiseta de Argentinos Juniors, el semillero del mundo, la primera casa deportiva del Diego y de la cual Fernández es hincha asociado.

El otro trapo era el pañuelo de las Abuelas de la Plaza de Mayo, las mismas que se paran en un círculo cada jueves para preguntar dónde están los niños que se robó la última dictadura; aquel régimen que despreciaba todo lo que oliera a pobre o disidente. 

Maradona era el rostro de la dignidad de las clases trabajadoras argentinas en una época en la que se podía desaparecer por reclamarla. Con esos trapos se hizo venia a ese origen por última vez.

La extensión del velorio que no fue

Afuera, sin embargo, la situación no mejoraba. La masa empezó a crecer. Se hacía obvio que el medio millón de personas agolpadas en la Plaza de Mayo y en las vías aledañas no alcanzaría a despedirse del féretro. El asunto preocupaba porque el destino final del Diego era un cementerio privado: quienes no pudieran despedirse ahora no llegarían a ver la lápida a menos que tuvieran familiares descansando en el mismo cementerio.

Los de inclinaciones zurdas, tanto en la Plaza de Mayo como en el ring abierto de Twitter, le echaban la culpa al jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el derechista Horacio Rodríguez Larreta, por el desorden durante la velación. Aquellos de derecha culpaban a Fernández por el caos. 

Dos cosas sí eran claras en este punto: a los argentinos les gusta discutir por todo y en todo momento —aunque eso no es novedad— y la decisión de que no hubiera un velorio más largo en ese momento recaía en la familia del Diego, ya acostumbrada a —y nada contenta con— recibir tanta atención mediática y ansiosos por seguir su duelo en privado. Ellos dispusieron desde el principio que el velorio terminaría a las cuatro de la tarde.

Por un momento se corrió el rumor de que el velorio sería extendido hasta las siete de la noche, para que otro grupo de personas de la larguísima fila alcanzara a despedirse. El rumor se desmintió de forma muy pragmática: llegaron las cuatro de la tarde y cerraron la fila.

Entonces, las personas comenzaron a subirse a las rejas de la Casa Rosada, una arácnida costumbre de los estadios argentinos que están alambrados para proteger la integridad de los jugadores.

También empezaron las revueltas en la Avenida 9 de Julio: las personas cantaban y arrojaban piedras y botellas contra la policía antidisturbios, acostumbrada a la cabeza caliente de sus compatriotas, que nunca se quedan con nada entre pecho y espalda. Ellos respondieron dispersando agua y disparando balas de goma al aire para empezar a dispersar al millar de asistentes. 

La familia del astro abandonó el lugar y cogió rumbo hacia el cementerio, junto con los restos mortales y una larga escolta de motocicletas. Los carros que transitaban por las otras vías se detenían al ver la caravana.

Finalmente, el cuerpo de Maradona llegó hasta el Jardín Bella Vista. Solo la prensa y los allegados podían cruzar el cerco policial que se formó alrededor del cementerio. Los hinchas divisaron el coche fúnebre y lo vitorearon hasta donde les fue humanamente posible.

Los reporteros solo podían llegar hasta la puerta. El entierro se reservó para sus allegados. Algunos medios de comunicación fueron más intrépidos y enviaron drones a sobrevolar la carpa donde tenía lugar el último adiós. Esa fue la última vez que Maradona convocó a tantos alrededor de una imagen de video. Era verdad: el Diego ya no existía más.

El día uno después de Diego fue vivido intensamente por casi todo el mundo, que ya puede seguir esta clase de acontecimientos de forma simultánea gracias a la magia de internet. Ya habrá oportunidad de pensar en todo lo que pasó hoy: si las cosas pudieron hacerse mejor para que todos tuvieran una oportunidad de decir adiós, considerar la posibilidad de embalsamarlo como él quería, replantearse la morada del astro o abrirla al público... y si la ambulancia pudo llegar unos minutos antes o podía hacerse redundante con la compra de un desfibrilador.