Rozaida Rodríguez: el rescate de la fe

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Rozaida Rodríguez: el rescate de la fe

28 de abril del 2018

Cuando Rozaida salió de su casa esa mañana no sabía qué podría suceder. El sol le golpeaba el rostro. Era un camino de más de cuatro horas a pie, en medio de trochas y senderos destapados. Una joven de quince años que iba sola a rescatar a su pequeño hermano de diez años de las manos de la guerrilla.

Villanueva, Guajira, es cuna de acordeones, el lugar más importante de la cultura vallenata después de Valledupar. Un lugar envuelto por una mística especial, pero que también ha sido golpeada por una violencia sin sentido. Allí creció Rozaida Rodríguez, parte de una familia de músicos ilustres que, entre otros, dio a figuras importantes como el Rey Vallenato Egidio Cuadrado.

Pero ella vivía en una casa humilde, sin lujos y con algunas necesidades. De pequeña fue criada por su tía, sin contacto con sus padres, a quienes conoció cuando ya era adolescente. A sus 14 años se fue a vivir con su mamá y sus hermanos.

“Mi hermano era un poco rebelde y cuando peleaba con mi mamá se iba por uno o dos días. Una vez salió, pero no tuvimos noticia de él hasta seis meses después. Mi papá vivía con su esposa, que tenía algunos hijos dentro de la guerrilla. Uno de ellos lo vio en una finca que se llamaba La Esperanza, donde se la pasaba mucho el grupo”, contó.

El padre de Rozaida tenía miedo de ir. No era un hombre de guerra y temía por su vida y lo que sería de su familia si él llegase a faltar: “Pero yo siempre he pensado que uno debe enfrentarse a las cosas que le ponga la vida en frente, sea lo que sea. Lo que tenga que suceder, que suceda”, dijo.

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Armada de todo su valor salió una mañana muy temprano. No llevaba consigo más que la esperanza de recuperar a su hermano. Era un largo camino de cerca de cuatro horas a pie, subiendo y bajando montes, atravesando trochas y selva. El trayecto hasta esta finca no era nada sencillo, pero debía hacerlo. Era su deber, su compromiso era llegar a casa acompañada por su ser querido.

Al llegar, agotada y cansada, vio un numeroso grupo de hombres, todos en uniforme y fuertemente armados. Los jefes, aquellos con un rango más alto, cubrían su rostro con una pañoleta que solo les dejaba ver los ojos.

¿Qué haces aquí? – dijo uno de ellos.
Vengo por mi hermano – respondió Rozaida con voz temblorosa.
No le hagan daño, ella es hermana – intervino su hermanastro, el mismo que le llevó información a su padre.

Seguían preguntándole cosas, con miradas extrañas que ella no sabía cómo interpretar. Eran unos ojos profundos, inquisitivos, curiosos. Su cuerpo temblaba, pero sacando valentía de donde no la tenía y solo respondía: “quiero ver a mi hermano, ¿dónde está mi hermano?”.

Escuche aquí la entrevista de Alexandra Montoya a Rozaida Rodríguez

Entonces uno de ellos la llevó a una pequeña choza a pocos minutos de camino. Era una construcción rústica, hecha de madera y hojas en la que solo había una cama y una radio destartalada. Al entrar, un olor nauseabundo entró por la nariz de Rozaida, quien notó de inmediato que allí tampoco estaba su hermano.

Aquí no está. ¿Dónde está mi hermano? – repetía una y otra vez..
Eres una mujer hermosa, ¿cuántos años tienes? – contestó el hombre, todavía con el rostro cubierto por la pañoleta.
15. ¿Cuándo me lo van a dejar ver? – respondió.
Lo verás solo si dejas que te toque.
¿Eso es lo que tengo que hacer? – preguntó.
Sí, solo te voy a tocar, nada más.

Tras esto, y sin ningún remordimiento, abusó de ella, y cuando hubo terminado llamó a otros tres que esperaban su turno en la puerta de la cabaña. Cuando cada uno por fin terminó, tomó su ropa y se la puso. “¿Dónde está mi hermano? ¿Ya lo puedo ver?”, preguntó. “No – dijo uno- Mejor váyase, le damos cinco minutos y si la vemos, le disparamos”.

Regresó a su casa con un dolor insoportable. Cada paso que daba era como recibir un golpe en el vientre. Pero nada le dolía más que haber sido engañada, usada. En medio de ese horrible momento mantenía la esperanza de recuperar a su hermano, pero no fue así.

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Caminaba extraño, y su padre lo notó. Le preguntó insistentemente lo que sucedió ese día, pero ella prefería el silencio. Después de todo, el dolor pasaría y no quería darle otro más a su familia. Pero el tiempo pasaba y su cuerpo empezó a cambiar: “pensé que era la pubertad. Al mes no me llegó el periodo y todo se puso extraño. Mi madrastra me preguntaba si había tenido relaciones, pero lo negaba. Al final no tuve más opción que contar. Quería abortar. Ese bebé que crecía dentro de mí me recordaba ese día, y verme embarazada me llenaba de furia. Pero mi padre no me dejó, él sabía por qué”.

Hoy tiene una bella hija de 19 años, que “no se parece nada a ninguno de esos hombres. Es hermosa, mi ayuda, mi compañera. Entendí que ella no tuvo la culpa de venir al mundo así. Es la persona que más me ama, me atiende y me protege. Ese era el propósito de Dios para mi vida”.

Rozaida Rodríguez se siente orgullosa de su hija. Tiene un leve retraso mental y eso hace más fuerte su amor por ella. Pasa todo el tiempo que puede a su lado, hablándole, jugando, viéndola crecer y llevar la vida que ella no pudo tener. “Como me ven que no soy muy mayor, me preguntan si es mi hermana”, contó entre risas.

Rozaida ayuda víctimas que sufrieron lo mismo que ella. Supo convertir su dolor en un motivo para seguir adelante. Su hija le dio una razón para vivir y ese es servir de ejemplo para que las mujeres aprendan a dejar atrás el pasado, siempre de la mano de un ser superior. Dirige grupos de oración en varios puntos de Villanueva, convirtiéndose en una líder admirada por la comunidad.

“Estas mujeres, así como yo, que hemos vivido la violencia, somos valientes. Mujeres que tuvieron el valor de dejar atrás el rencor, un sentimiento que de nada nos sirve. Si un día estuviera cara a cara con mis agresores no lo dudaría y los perdonaría”.