Israel vs. Irán: ¿puede una guerra justificarse en nombre de la supervivencia?

Vie, 20/03/2026 - 10:06
Israel e Irán libran una guerra que se presenta como supervivencia, pero que también expone una disputa más profunda sobre poder y convivencia.
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Desde Ramat Gan, con dos civiles muertos aún en la escena, el mensaje es claro: Israel no está atacando, está evitando desaparecer.

Ese es el punto de partida y también el eje de toda la narrativa. Una narrativa que no se construye desde la duda, sino desde la certeza, desde la idea de que esta no es una guerra más, sino una confrontación inevitable contra un enemigo que, según su visión, lleva años preparándose para destruirlos.

Irán no aparece como un actor aislado. Es descrito como el centro de una red, un sistema de influencia que opera a través de distintos frentes en la región: Gaza, Líbano, Yemen y Siria. No como conflictos independientes, sino como extensiones de una misma estrategia.

Ahí el conflicto cambia de escala. Deja de ser una disputa territorial para convertirse en una guerra contra una estructura completa de poder.

Pero hay una constante que atraviesa todas las guerras: nadie se reconoce como agresor.

Israel insiste en una diferencia que considera fundamental. Ellos, dice, atacan objetivos militares; sus enemigos, civiles. La intencionalidad, sostienen, es lo que define la legitimidad.

Sin embargo, la realidad es menos nítida. En una guerra donde los misiles fragmentan ciudades, donde la tecnología militar opera sobre territorios densamente poblados y donde la destrucción no distingue con precisión, la línea entre lo militar y lo civil se vuelve cada vez más borrosa.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿la intención define la legitimidad o lo hace el resultado?

El cambio silencioso del poder

Más allá del relato, hay un hecho que se está moviendo en el fondo. Israel no solo está respondiendo; también está tomando la iniciativa.

El debilitamiento de capacidades, el control del espacio aéreo y la presión sostenida sobre la estructura militar iraní no son solo avances tácticos. También son señales de un cambio en el equilibrio de poder en Medio Oriente.

Durante años, la iniciativa estuvo del otro lado. Hoy, ese balance parece haberse invertido. Y cuando el poder cambia, también cambia la forma en que se cuenta la guerra.

Se habla de contención, de evitar una amenaza mayor, de garantizar la seguridad global. Pero ese mismo argumento ya ha sido utilizado antes para justificar conflictos que terminaron creciendo más allá de cualquier cálculo inicial.

Una guerra que también expresa una visión del mundo

Hay, además, un punto más incómodo que atraviesa todo el conflicto y que rara vez se aborda de frente.

Irán no es solo un actor geopolítico. Es un Estado construido sobre una lógica teocrática, donde la política y la religión no se separan. Y cuando el poder se sostiene sobre una verdad absoluta, la diferencia deja de ser un matiz y empieza a verse como una amenaza.

No se trata de simplificar ni de caricaturizar. No todos piensan igual dentro de Irán. Pero sí de entender que el régimen opera desde una visión del mundo más rígida, donde el disenso no siempre tiene espacio y donde el otro, el que no coincide, puede dejar de ser interlocutor para convertirse en enemigo.

Cuando esa lógica entra en una guerra, el conflicto deja de ser solo estratégico. Se vuelve existencial.

Este no es solo un enfrentamiento militar. Es también una confrontación de visiones, de formas de entender al otro, de decidir si es posible convivir o si la diferencia es, en sí misma, una amenaza.

Cuando el conflicto se sostiene sobre certezas absolutas, la negociación pierde espacio. La diferencia deja de ser un punto de encuentro y se convierte en una línea de ruptura. Ahí la guerra deja de ser coyuntural y se vuelve estructural.

Colombia y la distancia política

Cuando la conversación aterriza en Colombia, el tono cambia. No hay confrontación directa, pero sí una lectura clara: es mejor mirar hacia adelante.

Se habla de cooperación, de tecnología, de innovación y de oportunidades compartidas, de todo lo que podría construirse si el foco no estuviera puesto en la tensión política.

Pero el contexto es otro. Colombia ha tomado una posición crítica frente a este conflicto, y esa postura no es menor. Hace parte de un reacomodo global en el que las relaciones ya no son automáticas y cada país redefine su lugar en el mapa internacional.

La pregunta de fondo

En medio de cifras, estrategias y discursos, hay una pregunta que no termina de cerrarse: ¿todavía hay espacio para convivir?

La respuesta que aparece es la esperanza. No como optimismo ingenuo, sino como una decisión: la idea de que, incluso en medio de la guerra, todavía se puede construir un escenario distinto.

Pero la historia reciente muestra otra cosa. Las guerras que se justifican como necesarias rara vez terminan cuando se espera.

Ahí está el punto de fondo. No se trata solo de quién tiene la razón, sino de entender hacia dónde va todo esto. Porque, más allá de los discursos, lo que está en juego no es solo un conflicto: es el equilibrio del mundo.

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