Colombia en la encrucijada: Ratzinger vs. Hawking

5 de septiembre del 2011

El miércoles de ceniza del año 1600, en el centro de lo que ahora es el popular Campo de’ Fiori, en la capital de Italia, y ante una horda de curiosos que se apiñaban en las esquinas y los balcones y trataban de estar lo más cerca posible de la hoguera para sobrellevar la brisa […]

El miércoles de ceniza del año 1600, en el centro de lo que ahora es el popular Campo de’ Fiori, en la capital de Italia, y ante una horda de curiosos que se apiñaban en las esquinas y los balcones y trataban de estar lo más cerca posible de la hoguera para sobrellevar la brisa helada de febrero, la Santa Iniqusición Romana aplicó sin ninguna piedad la pena capital a un monje dominico de poco más de 50 años de edad cuyo nombre era Filippo Bruno, natural de Campania, y que había pasado los últimos siete años de su vida como reo de Su Santidad Clemente VIII. Sus crímenes incluían severas faltas contra el dogma de la Santa Madre Iglesia, dentro de las que se incluían negar la virginidad de María de Nazareth, afirmar que el Hijo de Dios no poseía la misma jerarquía que el Padre en el equilibrio perfecto de la Trinidad, y promulgar la idea de la existencia de un Universo infinito, con las estrellas y sus respectivos planetas como elementos constituyentes básicos.

Filippo Bruno, quien en sus años de estudiante cambió su nombre por Giordano para honrar a uno de sus tutores, fue quemado vivo en la hoguera por defender una concepción del Universo que contradecía la visión adoptada por la Iglesia Católica, a su vez basada en el pensamiento de Aristóteles. Si bien persiste un debate acerca del verdadero peso que tuvieron las ideas cosmológicas de Bruno en la decisión final del tribunal eclesiástico, lo cierto es que Bruno fue sacrificado en Roma por defender un conjunto de ideas que la Iglesia de entonces consideraba heréticas. Posiblemente la más peligrosa de éstas ideas era la defensa férrea que Giordano Bruno hizo del Panteísmo, según el cual Dios no es independiente de la Naturaleza, sino que al contrario, el concepto de Dios está ligado a la Naturaleza misma, y por tanto carece de una forma humana o personal. Dios, afirmaban los panteístas, ES el Universo.

Un monumento en el centro de Roma recuerda a Bruno.

Más de cuatrocientos años después, persiste un encendido debate entre las ideas dogmáticas de una Iglesia Católica por naturaleza reacia a la evolución de las ideas, y el racionalismo científico. Si bien la Iglesia ha moderado su posición a lo largo de los siglos, y ha llegado incluso a aceptar su culpa y pedir perdón en el caso de Galileo, su arrepentimiento no ha llegado a ser tal como para proceder de manera similar en el caso de Bruno. Se enumeran en la Enciclopedia Católica cada uno de los errores teológicos del monje dominico, se le tilda de intolerante, autosuficiente e indolente y en su contra se aduce que “su actitud mental hacia la verdad religiosa era la de un racionalista”. Se menciona allí sólo brevemente el hecho de que su pena fue ser quemado vivo en la estaca, castigo que la Inquisición consideraba el más adecuado para los herejes, al no derramarse sangre ni dejar un cuerpo en el que el alma penitente pudiera resucitar.

También hoy permanece vigente  el debate acerca del Panteísmo, y los señalamientos que llevaron a Giordano Bruno a la hoguera no son muy diferentes a las críticas que la Iglesia Católica ha hecho a la publicación del más reciente libro del físico Stephen Hawking, en el que se afirma, con base en predicciones de la física teórica, que no es necesario un dios para explicar el origen del Universo. Cuando Hawking afirmó que “Dios es el nombre que la gente le da a la física”, en una interpretación filosóficamente muy cercana al panteísmo promulgado por Bruno, Benedicto XVI, el soberano número 265 de la Iglesia Católica y hasta hace pocos años heredero de las ideas de la Inquisición en su condición de jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se apresuró a afirmar que “los científicos no crean el Universo. Aprenden sobre él e intentan imitarlo” y que “observar el Universo nos conduce a admitir la existencia de una Razón todopoderosa, que es diferente a la razón humana y que sostiene al mundo.”

A nuestro país las ideas de Bruno llegaron con doscientos años de retraso. Todavía en 1801 el sabio Mutis intentaba convencer a las autoridades Inquisitoriales en Cartagena acerca de la necedad que implicaba negar que era la Tierra la que se movía en torno al Sol, pocos años después de que las autoridades eclesiásticas hubieran prohibido la enseñanza de las matemáticas en el Virreinato, pues incitaba a ideas heréticas. Este será el tema de otro post, pero la anécdota me sirve para resaltar el hecho de que aún hoy parecemos conservar estos dos siglos de retraso, con instituciones laicas sólo en el papel, pues sus representantes (que conste que PROCURO no mencionar nombres propios) se empeñan en imponer dogmas propios de religiones particulares. El debate entre la verdad religiosa y la verdad científica en Colombia no sólo es ajeno a las mayorías, sino que además está viciado, pues en este país siguen siendo más los que van a las iglesias que quienes van a los museos, y aunque las dos cosas no deberían, en principio, excluirse, no podemos negar que hace falta que los colombianos también escuchen de vez en cuando a la Academia, como escuchan cada noche a la Conferencia Episcopal. Sólo cuando esto suceda podrá decidir cada colombiano si está de acuerdo con Hawking, con Benedicto, o con ambos.

Twitter: @juramaga

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