El patrimonio del olvido

25 de abril del 2011

Los monumentos, ya sean estructuras arquitectónicas o los bustos, son los hijos perdidos de las selvas de concreto de este país. Algunos edificios han corrido con la suerte de ser sede de instituciones, pero otros, que no los son, han llevado la peor parte: el Américo Vespucio de la Séptima con 97 en Bogotá perdió la cuenta de cuántas veces le han volado su cabeza, el Templete del Libertador que queda en el Parque de los Periodistas en la misma ciudad se ha convertido en un caldo de moho y los más abandonados, como por ejemplo el busto del ex presidente Pedro Nel Ospina –que queda en la Caracas con calle 42— no pasa muchos días sin amanecer con una caja de aguardiente en su mano. Incluso, las palomas hacen más desgraciada la existencia de estos bienes, porque además de estar llenos de grafitis indescifrables, tachones y carteles, ellas han ayudado a cubrirlos con una capa espesa de excremento. Ese es su regalito diario.

Más allá del cuento de las palomas, en realidad no hay conciencia real del valor simbólico que estos monumentos tienen y esa es otra muestra de la ausencia de memoria histórica, del cuidado casi nulo del patrimonio y la falta de valoración de lo público en Colombia. En un país donde no se respeta la vida mucho menos va tener importancia el cuidado de  los bienes culturales y materiales: una situación bastante compleja.

Un caso particular de una estatua que ha cabalgado por todo Bogotá y que en estas semanas, del 29 de abril al 15 de mayo, será la sede de Zona D —un proyecto que ha transformado 40 edificios con valor arquitectónico en varias ciudades del mundo, como Barcelona, Londres, Milán, Oporto, Lisboa, Buenos Aires, Sao Paulo, Lima y Miami, para la realización de exposiciones de alta gama en diseño, además de promover actividades culturales y sociales—, es el Monumento de Héroes. Si, es el mismo en donde se reúnen personas a practicar Parkour; el que tiene la lista incompleta de fechas, de batallas y de los batallones que participaron de la campaña libertadora –cada día se roban más letras, incluso las inalcanzables—; el que queda en el paso de la Caracas y la Autopista Norte con calle 80. Esta mole de los Héroes estuvo abandonada a la suerte por 47 años y la voltearon a ver de nuevo hace cuatro, no porque ésta fuera el motivo principal, sino por las obras lentas de adecuación de Transmilenio para que los articulados pudieran pasar de la 80 a la Autopista Norte sin hacer tantas vueltas. Además, con motivo del Bicentenario, la administración tenía que hacer algo más allá que ponerle moños rojos.

Resultó que, para ignorancia de los ciudadanos y mientras se rompía el pavimento, el monumento sacó de sus entrañas un espacio de aproximadamente 750 metros cuadrados con escaleras inconclusas, tres niveles, varillas oxidadas y mucha agua estancada. Además, destapó otra de las miles de gestiones inconclusas de los gobiernos de turno y obligó hurgar en el pasado para averiguar el porqué de la existencia de un espacio invisible en un lugar muy transitado.

La obra tenía otro destino: durante el gobierno de Urdaneta se pretendía honrar a los soldados colombianos que murieron en la Guerra de Corea, pero con Rojas Pinilla la idea fue cambiada por las batallas de la gesta libertadora. La construcción del edificio fue encargada a Vico Consorti, un escultor italiano. La estatua de Bolívar con su espada y su caballo, que fue hecha por el escultor francés Emmanuel Frémiet, llegó por otro lado. Ésta fue una de las damnificadas de la demolición casi total del Parque de la Independencia por la construcción de la  Avenida 26 en la década de 1950, fue trasladada en 1958 al Vivero del Campín y allí estuvo abandonada hasta 1962, en espera de un espacio en un supuesto Monumento de la Independencia que jamás fue construido. Finalmente encontró un hogar en los Héroes, que fue inaugurado en 1963, y de nuevo afrontó el olvido en un lugar donde, en teoría, funcionaría un Museo de Armas, un Monumento al Soldado Desconocido y una sede para la Academia de Historia. Estos proyectos tampoco se llevaron a cabo.

El problema es de fondo. Históricamente el abandono, la falta de interés de los ciudadanos y las decisiones erradas de los gobernantes han condenado a los monumentos al limbo. Actualmente la Alcaldía Mayor invierte $400 millones de pesos anuales para la preservación de bienes representativos y esa tarea evidentemente se impulsa, como si tuviera un turbo, con el interés y la inversión del sector privado. Solamente para la recuperación de los Héroes se invirtieron $700 millones de pesos, $300 millones más del presupuesto anual del distrito. Además de recuperar el espacio, el motor de vitrina de las tendencias de diseño, decoración y arte esperan la visita de más de 30 mil personas durante dos semanas, lo que dará una ganancia bastante jugosa. Ojalá estos esfuerzos le den alas al monumento y, en este caso, propicien el comienzo de la constitución de un museo y no sólo lo reviva por 10 días. Qué bueno sería que esos intereses se fijaran en otros bienes patrimoniales y la campaña no sólo quedara en la anécdota de los eventos.

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