EL PRECIO DE LA FELICIDAD

12 de diciembre del 2013

El precio de la felicidad. Cuánto estamos dispuestos a arriesgar, cuánta paciencia tenemos.

Lo encontré tirado sobre una acera del barrio Pío Xll de Bogotá. Estaba lleno de escaras, intoxicado, ojos melancólicos, siempre lo fueron; la expresión de su rostro detenida en algún estadio del infierno, se mezclaba con la inmunda tonalidad de la ropa que parecía tener puesta desde hacía décadas. Su apatía era consciente. No pude ser ajeno a los sentimientos de repugnancia de la gente que lo miraba sin hacerlo; como si de un mal augurio ubicado en el paraíso se tratara, la compasión y las emociones brillaron por su ausencia. “Valiente gracia ser una persona de bien”, pensé lleno de ira.

Fue mi “carnal” cuando comenzábamos este cuento al que llamamos adultez. Llegamos con dos meses de diferencia a trabajar en la agencia de aduanas de un tipo poderoso quien manifestaba durante las entrevistas de ingreso que “los hombres no lloran, no se quejan, hacen caso y ganan plata honestamente”. Valiente imbécil, pienso ahora.  Años después, parado en una esquina llena de basura ya no lo consideraba mi igual, las circunstancias, que creemos son para siempre, me hicieron comportar como un cretino.  Vi a quien fuera mi amigo agonizando y lo único que hice fue irrespetarlo sintiendo pena por un ser que en ese momento cargaba la espantosa enfermedad del abandono. No lo quise molestar, ni molestarme, me alejé.

Veinte años antes, Henry, fue el ejemplo perfecto de cómo la perseverancia y la inocente falta de escrúpulos son capaces de parir dioses mentirosos. En la empresa donde trabajábamos se destacó por sus arriesgadas maniobras comerciales, por el don de gentes que embrujaba hasta a los déspotas funcionarios de la aduana nacional, por la temeridad con que lideraba el saqueo de huacales llenos de  mercancías importadas sin ruborizarse, de frente, sin falaces atisbos de moral. “Pinta pa’ millonario”, dijo alguna vez el dueño de la compañía mientras el intrépido muchacho entregaba celoso el resultado de un robo organizado por él. Al final de los  ejercicios de pillaje todos en la oficina lucíamos lentes de diseñador, corbatas de seda Hermès, botas creadas por Salvatore Ferragamo, navajas suizas, plumas de oro y hasta utensilios de manicura que hipócritas disfrutamos como si fueran nuestros; en el fondo pensábamos que culpable era quien ejecutaba, no quienes nos lucramos del botín.

Como casta ejemplar de jóvenes lanzados al mundo con expectativas de triunfo a cualquier costo, siempre estábamos bebiendo, trabajando como mulas adiestradas, inventando faenas sexuales que involucraban mujeres inalcanzables, retirando dinero del banco donde la agencia tenía cuenta para sobornar a “honestos hombres” a nombre de otros “hombres honestos” que eran nuestros referentes, celebrando una vida que apenas comenzábamos. Lo que fue marginal al principio se hizo ley y nadie tuvo los pantalones o las ganas para detenernos. Sin permiso, nos tragábamos el mundo. Henry se volvió una especie de capo dispuesto a no desamparar a sus hermanos de camada, regalos, porcentajes, rapiñas, todo se repartía equitativamente. Los viejos funcionarios de la oficina lo odiaban, acusaban por la espalda, rasgaban sus vestiduras olvidando que ellos también fueron “rateritos” que se pulieron con los años y en ese momento despotricaban de sus contrincantes escudados en prósperos negocios legales e hijos estudiantes de medicina que creían, les lavaban las culpas del rostro.

Pero a él, eso lo tenía sin cuidado. Se echó al bolsillo a las piezas claves de la aduana, la empresa y las oficinas de los clientes, lo que le garantizó además de dinero, control absoluto sobre la agencia donde éramos, según la documentación legal, simples tramitadores ganado el salario mínimo. El dueño estaba feliz, las cosas fluían, se multiplicaban los negocios, la vida era buena. Un grupete de muchachitos le estaba generando más dinero que la “parranda de veteranos cicateros” que pedían mucha más tajada por hacer menos. Las ganancias ya no se quedaban a mitad del camino. A los viejos les lanzaba huesos para que gruñeran pero no mordieran. Ellos aceptaron sin chistar: la experiencia les dictaba que con paciencia serían testigos de lo que terminó por suceder.

Los saqueos de mercancía y comisiones cobradas a los transportistas se volvieron ganancias de segundo orden con la nueva dinámica impuesta por Henry. Los sobornos coparon el espectro e hicieron palpable la bonanza. Cada cliente requería más y más cosas que debían pasar a través de la franja gris otorgada por la legislación aduanera del país y sus corruptos guardianes. Insaciables, pagaban por pecar y los integrantes de cada nivel de la cadena no nos hacíamos rogar. A un grupo de malandrines con algo de carisma se les concedió la potestad de obrar sin contarles que este privilegio es una boa constrictora que hechiza, acaricia, se cierra y termina por romper el espinazo de sus víctimas.

Todo eran buenas intenciones, oraciones a los ángeles protectores para que los “negocitos” salieran bien, tragos al millón, hermosas mujeres sin tarifa a las que se les regalaban discos de Luis Miguel y se les prometían largos viajes a través de la felicidad. Los planes de estudiar se aplazaban, no podíamos ser mensajeros, cajeros en Pomona, ganar poco como ellos y salir corriendo a las seis de la tarde para ir clase. No. Un pequeño imperio de facto producía generoso lo que nuestros maestros en la vida nos dijeron que era el éxito: dinero que cayó en manos de unos mocosos que nos adjudicamos el derecho de incendiar las calles de esta ciudad de locos. Ya no eran necesarios los atisbos de honestidad, de esa clase de personas que respetaban las reglas estaban llenos los bancos donde la gente después de ser esclavizada por el UPAC tenía que entregar las casas por haberse colgado las cinco últimas cuotas de las ciento ochenta que pactaron. Lo establecido es una mierda y nos daba la razón, pero para algunos esa no era una excusa suficiente, le faltaban dientes.

Las palabras del padre Camilo sobre la limpieza de proceder, repetidas durante seis años de bachillerato, escaldaron mis errores.  Mis viejos no se rompieron el lomo para que fuera un simple rufián ignorante. Decidí irme de aquel lugar, dejar de figurar como elemento en una ecuación de la que nunca me sentí parte. De aquel grupo formado por pelafustanes sólo estimaba a Henry y a Juan Carlos, “el pollo”. De los otros siete compañeros jamás me fié y el tiempo le dio la razón a mis instintos. Henry confiaba en mí, daba explicaciones nunca pedidas, me contaba sus asuntos, jamás suavizó puntos de vista y eso se lo agradezco todavía. Tomaba en cuenta mis razonamientos aunque al final decidiera hacer lo contrario. La noche en que celebramos mi despedida de la empresa nos separamos de la muchedumbre y dijo con voz de verdadera tristeza, que me cuidara, que no los olvidara, que mantuviéramos contacto. Incumplí cada una de estas promesas. La cautela y esa maldita propensión a juzgar estando manchado, jugaron en contra de unos principios débiles, o por lo menos a prueba, de un joven cobarde.

-¿Por qué seguir haciendo esta mierda, Henry?-dije más en tono de sentencia maniquea que de pregunta. Con una sonrisa y un discurso honesto, sació mi curiosidad:

-Vea poeta marica, soy un tipo que se rompe por sus sueños y mi sueño es ver feliz a mi mamá, a mi “chinito” (dos años en aquel entonces) y a Kelvy, la noviecita. No estudié, no respeto lo ajeno ni valoro el esfuerzo y sus recompensas.  Mire cómo andan los que lo han hecho así, llenos de deudas, saltando “matones”, no son nadie la mayoría. Sin padrinos esta pendejada no funciona. Estoy aprovechando mi cuarto de hora. En unos añitos me retiro con plata y todos contentos. El plan es seguro…  ¡Camine nos emborrachamos y deje de joder, hermano. No lo he visto levantarse ninguna nena!

Si hay algo seguro es que nada lo es. Entender eso costó lágrimas. Comencé a vivir otras cosas, me enamoré, perdí, volví a enamorarme, pagué por ello, encontré rostros hermosos en el desierto,  las ilusiones ya no fueron amantes sino compañeras, no busqué más trabajo, le aposté a aprender a  escribir. Pasaron varios años, las noticias sobre Henry y su grupo me llegaban a cuentagotas y por canales no muy confiables: que empezaron a consumir coca, que los sobornos se intensificaron,  que formaron una banda y robaron tractomulas que llevaban mercancías de los clientes, que se transportaban en camionetas 4×4, que Henry ya no era Henry sino un criminal con demasiadas ínfulas, que andaba armado y lleno de fantasmas que lo obligaban a hacer estupideces, que le dieron un tiro en el pecho, que los amigos lo delataron y terminó “comiéndose” tres años en La Modelo, que ellos quedaron tranquilos en sus casas, que Kelvy lo mandó al carajo y se casó con otro tipo, que al hijo se lo llevó la  ex esposa para Cali, hastiada de aguantar privaciones después de tenerlo todo, que lo volvieron a encarcelar en Francia por robarse una chaqueta en Charles de Gaulle,   que traficaba drogas en Corea del Sur, que era un perdedor llevado por el vicio, que… que… que…

Tantas cosas se dijeron, tantas se comprobaron y otras tantas entraron a ser parte de la visceralidad de su leyenda efímera. Lo más triste es que los beneficiarios de sus escaramuzas de bandido se cansaron de aguantarlo y se fueron no bien la fortuna cambio de acera. Alguna vez me encontré por casualidad al “pollo” y me contó cosas que matizaron mi irrelevante punto de vista respecto a la historia que estoy narrando:

-Todo lo que le comentaron es cierto. Del muchacho buena gente no quedó nada. Siempre estaba en unas “turcas” increíbles, metiendo como loco y jodiendo con esa pistola que disparaba cada vez que le ganaba el vicio. Cuando le entraba la depresiva se ponía a mirar al infinito y se acordaba de una vaina que le dijo a usted,  algo sobre los sueños.

Mi cara apesadumbrada debió activar algún mecanismo en sus recuerdos. Acto seguido, dejó el vaso de cerveza sobre la mesa y comenzó a hablar con sincera congoja.

-No le miento. El hombre se ponía “mamón” cuando estaba borracho, pero tenía sus razones y ninguno era capaz de preguntárselas, le teníamos miedo. Me contó por ejemplo que la ex mujer no lo dejaba ver al niño si no llevaba equis cantidad de plata, la mamá le quitó unos ahorros y se los dio a una iglesia cristiana a la que asistía -su rostro se tornó sombrío-. Imagínelo, el man reventado y la señora regalando lo único que tenían…Qué estupidez… Y la de Kelvy fue peor: Henry, le mandó arreglar las tetas y la muy bandida se fue con un vecino porque el hombre no le estaba dando plata. Mucha rata… Le pagó carrera en la universidad, le puso carro, apartamento, le mantenía el hogar al suegro y el h.p. del paseo fue él ¡Qué descaro!

-¿Y qué dijo cuando pasó todo eso?

-No dijo nada, no se quejó. Un varón de verdad. Siguió rebuscando, pero ya nadie le tenía confianza. Nuestro jefe el Doctor XXXX que tanta plata ganó con los “torcidos” que hicimos, lo “vendió” con las demás agencias, nadie le daba trabajo, por eso se puso a robar carga de los antiguos clientes… Ese viejo es un hipócrita y hasta para el senado se postuló a nombre de los putos godos diciendo que iba a luchar contra la corrupción… Pobre marica.

Insistí con la pregunta que me taladraba el corazón, quería saber que había dicho respecto a lo de sus sueños, de lo que hablamos la noche de mi despedida de la agencia. El “pollo”, hizo un esfuerzo, bebió un trago largo y me dijo:

-Estábamos en Galerías, en un “rumbeadero”  a donde  fueron varias veces, según recordó. Me contó que usted le preguntó las razones por las que hacía lo que hacía y que él le contestó que por sus sueños, o algo así. La vaina fue, y nunca se me va a olvidar, porque los ojos se le llenaron de lágrimas, que se le había olvidado decirle algo más ese día: que prefería vivir diez años llenos de alegría y pagar lo que tocara, así fuera la muerte, a vivir toda la vida esperando el momento indicado para sentirse feliz y que este nunca llegara. Eso fue lo que me dijo… Todo de ahí para adelante ya lo sabe.

Lo paradójico del asunto es que los beneficiarios jamás seremos culpables a los ojos del mundo, hasta de víctimas se disfrazaron algunos. Los viejos de la oficina retomaron sus negocios una vez desapareció el postulante a príncipe de los ladrones. Sus hijos se graduaron de médicos y los recogen, siendo hoy respetables abuelos, los sábados para almorzar en sus lujosos almacenes de muebles de la Avenida Quito con ochenta, en sus fábricas de tubos o en las agencias que compraron. Los doctores y dueños se atornillan aún al poder y ya prepararon a la siguiente generación de cafres ansiosos por acabar con todo. Kelvy debe ser una solemne matrona sin pasado, obsesiva, una hermosa cuarentona traidora.  Los delatores, los siete nefastos cómplices, estarán rumiando su pusilanimidad en oficinas donde son tímidos puntos grises dispuestos a vender a cualquiera por treinta monedas de plata; yo me la paso escribiendo a la espera de una oportunidad que no llega y haciéndole homenajes a los hombres con alma como Henry. Todos tan culpables como inocentes, porque el paso del tiempo nos limpia la fachada, pero no  el remordimiento, esa vocecita incómoda que se esfuerza por no dejarnos dormir tan rápido cada noche.

El precio de la felicidad. Cuánto estamos dispuestos a arriesgar, cuánta paciencia tenemos. No es un asunto de ética sino de compulsión, tomarlo todo, atragantarnos, escapar, repetir hasta hacernos daño o menospreciar el tiempo, aguantar, pujar, esperar. Es un asunto personal, creo que hasta intuitivo. Dejo una historia por si la quieren entender, no importan los juicios de valor, no voy a calificar las acciones de nadie, ya no tengo esos alardes de superioridad.

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