En navidad no se debe vender libros

20 de diciembre del 2013

Uno piensa a partir de aquello que escribieron otros, a partir de las frases que encontramos en los libros leídos.

En la temporada navideña con más fuerza de costumbre, que por vocación espontanea, las personas dan pábulo a una serie generosa de situaciones con hondo y cálido sentimiento humano.  Es la oportunidad de los buenos deseos, mecánica o sinceramente expresados; es el encuentro o búsqueda del amigo o pariente distante; es la efusión para los compañeros o parentela que comparten los diarios afanes y trajines. La navidad es  fiesta de amistad. Aparecen entonces los gestos amables, los abrazos, los saludos y los infaltables regalos. Y en la lista de estos, los libros se encuentran en los últimos lugares de preferencia por parte de los latinoamericanos en su afán  utilitario de demostrar, bajo la sombra de un gran obsequio, el afecto heredado o adquirido hacia el otro.

La lectura no nos hace mejores seres humanos. No está demostrado científicamente que leer libros nos convierta en individuos ecuánimes, generosos y honestos, o en palabras de don Antonio Machado en “hombres en el buen sentido de la palabra buenos”. Los libros mienten como los hombres. Pero, no obstante ello, uno piensa a partir de aquello que escribieron otros, a partir de las frases encontradas en los libros leídos. La lectura puede llegar a liberarnos de los procesos de alineamiento, de aculturación.  Los libros no fueron inventados para señalar ideas a otros, sino “para conservar secretos, secretos que pueden olvidarse fácilmente. Más que para conservarlos, para sugerirlos, para provocarlos”.  Secretos que se convierten en reflexiones para el lector y que lo alientan en la búsqueda inefable y permanente del sentido de la vida. Es claro que hablamos de enriquecimiento a partir de lo que se lee: “No se trata de tener razón, sino de exponer lo que se piensa sobre una cosa”.

En ninguna época de la humanidad los libros-los lectores- han sido los preferidos o la mayoría. Y eso ocurre porque los gobernantes no permiten que sus gobernados entiendan que el hombre es el objetivo del hombre, el hombre que sufre el flagelo de la ignorancia y la pobreza; el hombre ausente del beneficio de su propio trabajo. Y ese  es el riesgo de la palabra escrita, el riesgo del libro: que un lector a través de una frase tome conciencia de intenciones, tentaciones  y sentimientos que están a un lado, abandonados, innominados, silenciados.

Un libro próscrito por el establecimiento mexicano

Un libro próscrito por el establecimiento mexicano

En navidad no se regalan libros. No se debe. Un lector más puede convertirse en un rebelde, en un guerrillero, en un terrorista. La gente no debe de leer y menos en épocas de descanso: ¡ Podría pensar!. Y no es un problema del latinoamericano promedio.  No es que un colombiano o un mexicano opte por lo peor en vez de elegir lo mejor. No es por pereza. Se habla mal, se lee mal, se escribe mal y se comprende peor porque somos países de mentiras. Países donde  el pueblo vive mal,  duerme mal, estudia mal, trabaja mal y se come peor. Países frutos de un decadente sistema educativo. Una educación que obliga desde la más temprana infancia a leer textos aburridos, estúpidos, desagradables, que confunden y perturban el desarrollo mental. Un  proceso lector que solo busca “arraigar ideas prestablecidas” y no libertad de criterio. Y bajo ese enfoque se les hace leer los clásicos. Siempre Cervantes, Ovidio y Platón. Los chicos deben iniciarse a la  lectura  con libros que no tengan sino una connotación que la de abrir puertas a aventuras y luego, en su momento oportuno, se les ha de dirigir hacia las obras maestras; un clásico necesita de un proceso de aclimatación para que su lectura implique no solo recorrer con los ojos o con los dedos los textos, sino la exigencia de analizar lo leído, reflexionar sobre ello, releer, criticar, plantear su actualidad y su vigencia, no sólo  para el medio y el tiempo en que se expresaron, sino aquella que quepa y convenga en el medio y en la época, en la cual, yo el lector, la aprendo o la recuerdo.

Dentro de mi oficio como librero he encontrado que la gente en general “ han sido moldeadas en el arraigo de ideas definitivas y, por ello, pertenecen a una educación en la que la lectura de libros sólo tiene un propósito utilitario o instrumental, para arraigar más las ideas, pero no un sentido liberador ni favorecedor de la independencia de criterio.

Por eso no se promueve la venta de libros en navidad; porque leyendo con la lentitud que impone la época se comprende que la historia está hecha para ser reelaborada, que Dios “todavía no ha creado el mundo; solo está imaginándolo, como entre sueños”; que la riqueza de una nación resulta de su aptitud para no desperdiciar nada de su patrimonio. Y riqueza son los hombres, las tierras, los árboles, el cielo limpio, el aire puro. Sobre todo los hombres. Que un spot publicitario televisivo no va a transformarnos en un país de lectores, por la sencilla razón que a la cadena de televisión solo le interesa tener más audiencia y no perderla. O que Borges fue ese argentino que nos devolvió “a través de sus viajes por el inglés y el alemán, la fe en las posibilidades del español”. Para comprender que la comparación forzada y sincera con lo ajeno, convence el valor de lo propio, de su mejor utilidad. Y para saber que los libros son extraordinarios, pero más extraordinaria es la vida misma, puesto  que “el infierno son los otros” pero el “paraíso también son los otros”.

Alberto Salazar Castellanos

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