PETRÓLEO SANGRIENTO

5 de junio del 2012

Hay alarma mundial nada menos que por el agua. Por la disponibilidad, cada vez menor, de ésta (por lo menos la dulce). Agua. La base de la vida conocida. Los cables noticiosos de este tipo, en nuestro medio, naufragan en un océano de tonterías; mientras la noticia de que sólo ‘32 por ciento del país […]

Hay alarma mundial nada menos que por el agua. Por la disponibilidad, cada vez menor, de ésta (por lo menos la dulce). Agua. La base de la vida conocida. Los cables noticiosos de este tipo, en nuestro medio, naufragan en un océano de tonterías; mientras la noticia de que sólo ‘32 por ciento del país trata sus aguas’ es relegada a un refundido rincón de El Tiempo, lo más destacado de su edición digital se ocupa del eventual embarazo de Shakira, o de la grabación de un video porno en El Castillo de San Felipe. La contralora, Sandra Morelli, según la noticia refundida, hará un duro llamado de atención a los ministerios de Hacienda y de Ambiente puesto que según ella “aún no han generado las estrategias para conocer el desempeño del sector, y menos aún para monitorear y controlar sus recursos”. Igual ocurrió hace unos meses cuando en su Informe sobre los Recursos Hídricos, la ONU advertía sobre el futuro incierto de la disponibilidad de agua (con lo cual morirán millones de personas), y la noticia destacada era, entonces, los berrinches del presidente Correa con aquello de su asistencia a la Cumbre de Las Américas (como si fuera a una fiesta de quinceañeras); o las peleas y reconciliaciones de adolescentes de J. M. Santos, Raúl Castro, Obama, Chávez y Evo.

Seguimos dándole la espalda a los temas importantes a costa de las estupideces que supuestamente nos convendrán; todos nos preocupamos por hacernos ricos en el cercano plazo (hoy; mañana por la mañana a más tardar) sin siquiera saber si alguna vez podremos disfrutar de todo eso. La buena noticia es que esta vez no estamos solos; no somos los únicos imbéciles del barrio. Nos acompaña nada menos que el resto del mundo. Los presidentes de todas las naciones del planeta, dirigidos musicalmente por los CEOs y propietarios de las grandes corporaciones, corean al sol las mejores canciones de la cigarra, mientras una dosis letal de insecticida, rociada sistemáticamente por los medios masivos de comunicación, extermina a casi todas las laboriosas hormigas.

Estamos acabando con el planeta. En nuestra furiosa –codiciosa- carrera de ratas hacia la rentabilidad arrasamos, literalmente, con el medio ambiente que nos sostiene. Y nos importa un soberano carajo. Lo advierte el eminente ambientalista Paul Gilding: “nuestra economía (del mundo) es más grande que su anfitrión: nuestro planeta. Esta no es una declaración filosófica: es ciencia, respaldada por física, química y biología”; y se sustenta principalmente en la Global Footprint Network (aislado hormiguero), cuyos científicos calculan que necesitamos un planeta Tierra y medio para sostener la actual economía. Ese 50% de más, que gastamos por encima de nuestros ingresos (según el acertado símil con que Gilding ilustra la situación), no es otra cosa que un robo al futuro, a nuestros descendientes. Y nos importa un comino.

Advierte, además, que el sistema –que se devora a sí mismo debido a su suicida esquema- terminará por detenerse, porque la idea de pretender un crecimiento infinito en un planeta finito es, simplemente, estúpida. Adicionalmente –continúa su disertación-, en vez de hacer decrecer la economía del suicida 150% al sostenible 100%, tenemos la brillante idea de duplicarla (300%) en el corto plazo; y cuadruplicarla (600%) en el mediano. Seis Tierras; el Sistema Solar interno, en caso de que todos los planetas fueran tan aptos como el nuestro, ni siquiera alcanzaría. Y todo ese panorama para el cercano 2050, fecha optimista para nuestro viaje exploratorio a sólo uno de ellos: Marte. Y nos importa un pepino. Pero Gilding no para ahí: según él, la transición ya está en marcha; y mucho antes de que seamos 9000 millones de humanos (en 2050), para desconsuelo de los supermillonarios, sobrevendrá el fin del crecimiento económico (las leyes físicas son las únicas imposibles de derogar o cambiar para su beneficio); es sólo que no vemos el fenómeno integrado, sino que vemos problemas por resolver en apariencia aislados el uno del otro (Indignados, crisis crediticia, desigualdad, dinero en política, limitación de alimentos, escalada de precios del petróleo, etc…). De hecho, Gilding nos invita a imaginarnos en lo que derivará un planeta sobrecargado, con una espiral de cambio climático desaforada, con descontrol de precios del petróleo y carbón, con altas probabilidades en el futuro cercano de guerras entre China e India por agua y alimentos, con gobiernos petróleo-dependientes en crisis (Chávez sin petróleo: o se acaba el petróleo o se acaban los alimentos que con éste se pueden comprar), con escasez en supermercados, con desempleo exponencial en las grandes potencias, con océanos cada vez más ácidos, con gente armada y furiosa porque no tiene con qué comer. Gilding afirma –y le creo- que todo eso ya empezó; y nos tocará a todos en el curso de nuestras vidas. Y nos importa un rábano.

Hay algo pérfido en todo esto; y lo puede ver cualquiera que haya trabajado en alguna corporación: la exigencia irresponsable de crecimiento ilimitado -y a toda costa- en la rentabilidad es presentada como una virtud, pero realmente es un crimen; un crimen de lesa humanidad, además. Un crimen que se transmite de mando a mando: de los dueños de la organización a los gerentes; de ahí a los mandos medios, de donde desciende a los últimos eslabones de la cadena corporativa, que, a su vez, se encargan de contagiarlo a clientes y proveedores en una espiral sin fin. Como si no hubiera mañana (pero, bueno, si seguimos así, en efecto no lo habrá). Y qué decir del ámbito familiar, en el que ejecutivos fanfarrones, sobreprotectores de sus hijos (es demencial –y sospechosa- la cantidad de precauciones ridículas que hoy día un individuo de estos toma para custodiarlos), están contribuyendo vehementemente a destruir el mundo que dejarán a esos mismos hijos. Dije pérfido –porque lo es-, pero cabe un calificativo que describe mejor la situación: estúpido.

Este es el punto en el que hago un reconocimiento a los satanizados conformistas: aquellos que se contentan con lo suficiente para vivir. Pusilánimes, sí, pero, pensándolo bien, mucho más aptos, como especie, para la supervivencia en este planeta finito, en contraposición a los sobrevalorados inconformes, primates agresivos -adorados por las corporaciones-, cuyos simiescos impulsos son perfectos para el reino animal salvaje, carente de esa característica tan humana consistente en devorarse a sí mismo. (Será mejor no referirnos aquí a la última lista de billonarios que anualmente publica la revista Forbes; y mucho menos al despliegue casi místico que los medios de comunicación hacen al respecto).

La historia nos ha enseñado que los imperios colapsan, víctimas de producir el germen de su propia destrucción; el crecimiento desmesurado y la codicia hacen parte del fatal coctel. Es probable que el Gran Imperio Humano esté llegando a ese punto de no retorno (lo peor es que al mismo tiempo arrastra al abismo a todas las demás especies): la explosión demográfica, el sofocante afán de lucro y la vanidad son los faros que nos guían. La escasez de agua potable y la sobreutilización de combustibles fósiles (especialmente petróleo) simbolizan mejor que nada este devastador drama.

Es fascinante cómo la película Petróleo Sangriento, dirigida por Paul Thomas Anderson, es una gran metáfora del apocalíptico escenario al que estamos asistiendo: en ella un buscador de petróleo, un minero pobre (como lo era la humanidad hasta hace más bien poco), termina convertido en un magnate (como lo que la humanidad cree que es actualmente). Pero esa aparente abundancia, que el petrolero venido a más ostenta, deriva en una progresión de violencia, desconfianza y luchas fratricidas (para no mencionar la intervención de un cura en la escena); cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. La película se centra en poder destructivo del petróleo; y a pesar del peso específico que juega el petróleo en la macabra ecuación que vivimos en nuestras sociedades actuales (guerras, intereses creados, calentamiento global…), la metáfora se puede extender a un concepto abstracto que abarque todas las formas de (auto)destrucción y ambición.

Si no cambiamos, ese será nuestro crudo destino. Pero nos sigue importando un reverendo culo.

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(Este artículo es una versión actualizada de uno anterior, hecha con motivo del día mundial del medio ambiente)

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