Revolquémonos

26 de agosto del 2011

Hoy, releyendo algunos pasajes de Trópico de Capricornio de Henry Miller, me encontré con esto: “…había formas diferentes de no entender y la diferencia entre la incomprensión de un individuo y la de otro creaba un mundo de tierra firme más sólido que las diferencias de comprensión.” En la vida diaria, es común escuchar cosas […]

Hoy, releyendo algunos pasajes de Trópico de Capricornio de Henry Miller, me encontré con esto:

“…había formas diferentes de no entender y la diferencia entre la incomprensión de un individuo y la de otro creaba un mundo de tierra firme más sólido que las diferencias de comprensión.”

En la vida diaria, es común escuchar cosas como «Trata de entenderlo, ha tenido una vida muy dura» o «Trata de entenderla, está bajo mucha presión». Entonces uno trata de entender por qué el tipo de la calle nos sacó un cuchillo para robarnos la billetera o por qué ella nos puso los cachos con el ex novio, no una, ni dos, sino nueve veces. Y al final, uno casi nunca entiende, ni puede hacer mucho al respecto.

¿Pero qué habría pasado si, en cambio, nos hubieran dicho «Trata de no entenderlo»? No puede ser tan complejo como suena, es simplemente aprender a convivir con la idea de que los actos de ése que nos atracó o de ésa que nos puso los cachos no tienen sentido para nosotros. No los entendemos, o tal vez lo hacemos, pero desde una lógica que es nuestra, subjetiva, intransferible, construida con base en nuestros prejuicios, experiencias, educación. Es decir, no entendemos. ¿Y qué?

La incomprensión no tendría por qué ser una fuente de odio o de malestar, ni un motivo para lanzar una bomba de hidrógeno en un hospital, como lo hizo Bush en Afganistán, ni para cortar un campesino en pedacitos con una motosierra, como los hacen los buenos y los malos en distintos rincones de Colombia. Al contrario, la incomprensión podría ser el motor de cosas positivas. Gauguin no solo se amañó en Tahití porque quería explorar las mil y una fuentes de inspiración artística que ese paraíso tropical le presentaba, sino también porque de vez en cuando podía terminar el día revolcándose bajo una palmera con una nativa a quien no le entendía ni una sola palabra. ¿No es eso algo positivo?

En estos tiempos de guerra y autoaniquilamiento, hay que preguntarse si los problemas del mundo no residen más en las diferentes formas de no comprender que en las de comprender. ¿Usted cómo comprende el mundo? ¿Con base en la razón? ¿La religión? ¿La física cuántica? ¿No lo comprende del todo? No, yo tampoco, pero a veces atravieso unos (dudosos) estados de certitud con respecto a algún fenómeno aislado y siento la necesidad de explicar lo que entiendo (o creo entender), esperando que tal vez alguien comprenda por qué pienso lo que pienso o que alguien me contradiga para terminar así embarcándonos en un interesante debate. ¡Iluso! Como dice Miller, las diferencias de incomprensión crean un mundo de tierra firme más sólido que las diferencias de comprensión, un mundo lo suficientemente firme y sólido como para revolcarse bajo una palmera en lugar de dejarse llevar por la belicosidad. ¿Cuántos conflictos, cuántas bombas de hidrógeno y motosierras se podrían evitar si en lugar de perder el tiempo intentando comprendernos nos entregáramos a los hechizos de la incomprensión tropical en esta fértil tierra llamada Colombia? Gauguin lo hizo en Tahití y Pedro de Heredia lo hizo con la India Catalina (aunque terminara exterminando a los indígenas después); hagámoslo nosotros, todo el día, todos los días.

Por eso quiero invitarlo, amigo lector, si alguna vez siente que no entiende mis ideas disparatadas, a que no me discuta, no me contradiga: mejor venga y nos revolcamos un rato en las mieles de la incomprensión. Estoy seguro de que su pareja entenderá.

Imagen:
Paul Gauguin, Vairumati

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