El regreso pleno del fuero militar es un acierto en el marco ideológico-estratégico y geopolítico actual. Pero pasar la Policía Nacional a la condición de cuerpo castrense de naturaleza militar, trasladándola al fuero militar es un error. En el mundo entero la policía se considera un cuerpo de seguridad civil, que casi siempre depende de las autoridades civiles y jamás de las militares. Si nuestra Policía tiene una estructura de oficiales y suboficiales, con rangos militares y depende del Ministerio de Defensa y del comando general de las FF. AA., es por un rezago de épocas marciales que hoy -salvo por Venezuela y Cuba- ya están casi completamente desdibujadas, gracias a Dios.
Para no vivir en esta indefinición político jurídica, del papel policial de nuestras fuerzas armadas, deberíamos considerar la posibilidad realista de abolir el ejército, la marina de guerra y la fuerza aérea, aceptando una realidad política, económica y estratégica, según la cual jamás habrá motivos suficientes para que tengamos que librar una guerra regular.
Que un país como Colombia se dé el lujo de tener tres fuerzas convencionales, como si se tratara de una superpotencia, es un gesto de irrealidad que no consulta nuestra verdad económica ni nuestro papel histórico como nación civilista. Lo que deberíamos tener es una Guardia Nacional Civil, con la estructura y armamento que hoy tiene el ejército, pero redefiniendo su rol como fuerza armada táctica de preservación del orden interno, con atribuciones de policía judicial y vocación de guardianes de la seguridad ciudadana. La Fuerza Aérea, podría ser una división de esta y llamarse Guardia del Aire y la Marina podría ser la Guardia Naval Nacional.
De paso las compras de armamento se focalizarían en el esfuerzo de operar "fronteras hacia adentro" y perdería sentido pensar en adquirir aviones de superioridad estratégica, no habría que considerar tener portaviones ni fragatas o submarinos de ataque, y quedaría mucho dinero para mejores propósitos, como educar nuestra juventud.
Si parece una diferenciación semántica, no lo es. En cambio, mandaría al mundo un mensaje de civilidad similar al de Costa Rica y Panamá cuando decidieron proscribir sus fuerzas ofensivas; pero además resolvería para siempre el dilema sobre el fuero militar, la justicia castrense, o las funciones de policía que un ejército regular no debe tener, y conseguiría "sincerar" el papel histórico de nuestras Fuerzas Armadas, que ha sido atender un conflicto interno que, quizá por haber sido enfrentado con un ejército regular, proyectó al exterior la imagen de ser el brazo armado de una élite inicua que abusa por medio de una fuerza militar que no responde a patrones civiles sino a una estructura de mando que se origina en una cúspide social injusta.
La Guardia Nacional Civil podría recibir inmediatamente la estructura de mando de nuestras FF. AA., y todos los soldados profesionales podrían pasar a ser Carabineros. Esa inmensa estructura -la segunda de América, después de Estados Unidos- se fusionaría con la Policía Nacional en un comando único. La guardia no podría tener conscriptos pues todos sus integrantes deberían ser profesionales.
El servicio militar obligatorio, pasaría a ser un servicio civil obligatorio, y abarcaría desde funciones de oficina en la Guardia Nacional, hasta labores didácticas en el Sena o dentro del aparato burocrático del Estado. Pero cada ciudadano, sin excepciones, debe dedicar al menos un año de su vida al servicio del país. Con eso desaparecerá la extraña prerrogativa que ha permitido a los jóvenes más privilegiados ser quienes menos prestan su concurso a la nación.
La abolición de las Fuerzas Armadas, y el fortalecimiento de la Policía Nacional, transformando las fuerzas convencionales actuales en una Guardia Nacional Civil, incluiría redefinir el nombre del Ministerio de Defensa que podría ser Ministerio de Seguridad, y obligaría a redireccionar toda la instrucción que hoy se dicta desde la Escuela Superior de Guerra y las escuelas militares de oficiales y suboficiales, pues la enseñanza tendría que ser dirigida a los más avanzados segmentos de las ciencias investigativas y de procedimiento judicial, implementando nociones de criminalística, técnicas forenses, y desarrollo de estrategias de inteligencia tecnológica e informática.
La decisión es políticamente dramática, demanda una inmensa cuota de desprendimiento histórico, y requiere abandonar conceptos como "honor militar", "tradición castrense" y "gloria militar", en beneficio de principios superiores. Esta transformación evolutiva tendría que ser meditada, digerida, analizada, adicionada y perfeccionada. Semejante paso debería ser sellado por un gran plebiscito nacional. Pero sin duda pondría a Colombia a la vanguardia de la civilización, despojaría del todo a la subversión de los escuálidos argumentos políticos que le restan y se volvería una inmensa oportunidad para la terminación del conflicto interno y la cesación de la violencia organizada, que es lo que llamamos "paz".
Sin lugar a dudas esta decisión sorprendería a la humanidad de manera impactante, y trazaría una ruta ejemplar que, de ser seguida, podría hacer la diferencia entre la viabilidad o extinción de una especie que ha hecho de este paraíso un planeta guerrero.
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De otro tema: En el primer acuerdo para la reforma a la Justicia, anuncian -como un logro- que se acaba la Comisión de Acusaciones para ser reemplazada por un tribunal para aforados, que aun nadie aclara quien lo nombra. De paso dizque hubo un acuerdo para que la CSJ siga investigando y juzgando a los congresistas, en un remedo de doble instancia concentrada en esa misma corporación. Increíble que los delirios de grandeza de la Corte nos lleven a este absurdo de la filosofía del derecho: Ella misma investiga, acusa, juzga y será segunda instancia. Más increíble que el Congreso "pacte" en vez de legislar con autonomía. ¿Es temor a las represalias penales de la suprema o ignorancia crasa? Para ilustrarse recomiendo leer la estupenda columna del buen jurista Yesid Reyes.
