África: segunda parte

Mar, 25/09/2012 - 09:02
El ocho por ciento del turismo mundial está viajando a África. Es decir, que se trata del continente más visitado del mundo y luego le sigue Asia, porque acá se mezcla la crueldad del hombre con l
El ocho por ciento del turismo mundial está viajando a África. Es decir, que se trata del continente más visitado del mundo y luego le sigue Asia, porque acá se mezcla la crueldad del hombre con la crueldad de la madre Tierra. Y tratando de escapar del mundo pero sin poder lograrlo, estuve en el Parque Nacional de Serengeti, donde cada roca parece una escultura, los caminos son de cuarzo, los árboles son fantasmas (las acacias son las dueñas del horizonte) y sus 14.700 kilómetros cuadrados, pueden perfectamente representar un paraíso insuperable o el infierno total. Serengeti colinda al norte con Masai Mara y al sur con Ngorongoro; el cráter de un volcán inactivo hace 3,6 millones de años, hoy convertido en un valle de 265 kilómetros cuadrados, con 2500 variedades distintas de flora silvestre y un lago de sal que se traga a la vida. Aunque vale la pena señalar, que en todas las reservas en las que he estado, los nativos le temen más al búfalo que al león y le temen más al rinoceronte, al hipopótamo y al elefante, que a cualquier otro felino. Aún así, las villas de los Masai están cercadas con ramas y espinas para impedir que los leones traspasen. Los Masai viven en kioscos o bohíos de máximo cuatro metros de diámetro, con paredes y techos de barro (es decir, que se protegen más del sol que de la lluvia), sin ventanas y donde duermen en la oscuridad absoluta, junto a sus bienes más preciados. Es decir, junto a sus hijos, reces, celulares y ovejas, porque los cuatro representan para ellos importantes valores simbólicos del estatus. Pero es tal el grado de su miseria y la lamentable degradación de su cultura, que tanto en Kenia como en Tanzania, es muy común encontrarlos cerca de las zonas turísticas mendigando por comida y sin los privilegios, la salud o la protección con la que gozan la gran mayoría de los animales salvajes. Claro que un Masai pudiente puede llegar a tener 25 esposas, cien hijos, un celular y tres mil cabezas de ganado. Cambiando de tema, en África te tratan como huésped y no como un cliente o como un simple turista más y pareciera que llevaran tres generaciones, no solo preparándose para independizarse de los ingleses, sino también para abrirle sus brazos al mundo. Los guías saben hablar inglés pero quieren aprender español, alemán, francés y están ávidos por conocer otras culturas, mientras comparten lo bueno y esconden lo malo de la suya (como nosotros los colombianos). Porque por supuesto que estamos hablando de un continente que se está muriendo de hambre y de sida y porque también existen reservas morbosas, donde practican una pedagogía ambiental, a mí parecer equivocada, por su visión apocalíptica de los seres y las cosas, para que los turistas vean cómo los animales se mueren lentamente de sed, como los leprosos en el medioevo o las brujas en la inquisición. Pero lo triste contrasta con lo inverosímil de los trayectos en avioneta, donde el piloto llega manejando moto, hace las veces de maletero y uno despega en lo que Colombia sería una especie de pista clandestina. Luego, una vez en el aire, el copiloto clasifica aves con sus binóculos, los pasajeros fingimos ser mártires de Alá y la avioneta siempre termina haciendo un aterrizaje forzoso, como esta historia que desde Cape Town o Ciudad del Cabo continuará. PSD. Debo confesar que me encuentro entre la fiebre amarilla y el mal de vereda, con el pelo tieso, los labios partidos y todavía me hace falta ir a ver volar miles de flamingos rosados sobre el Lake Manyara y abrazar a un árbol de tres mil años, donde reposa la vida eterna.
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