Al oído del presidente Santos

24 de enero del 2011

Ya es casi un lugar común el consenso general sobre la habilidad política de Juan Manuel Santos. Percepción que, desde que asumió la presidencia, se ha ido acentuando.

Pero a tal habilidad del presidente todavía le faltan pruebas de fuego que permitan consolidarla. En su campaña presidencial, seguramente por estrategia y, sobre todo, por la dependencia de su éxito de todo cuanto representaba Uribe para la mayoría de ciudadanos, resultó vacilante y hasta inseguro, a la hora de plantear sus propuestas. Tanto que no se puede afirmar que descollara entre el ramillete de candidatos.

Para asegurar su victoria tuvo que echar mano de mensajes improvisados sobre la marcha, acordes con la identidad del gobierno saliente, y de abruptos cambios de última hora en su estrategia publicitaria. Los votos eran de Uribe y su identidad con éste era la garantía de triunfo.

Es muy posible que esas circunstancias lo obligaran a dejar casi relegada en su plataforma de campaña la inspiración central de su vida pública y a la cual orientó su fundamentación política, con libro incluido, como es su adopción para Colombia de la fórmula de La Tercera Vía.

Pues bien, si Santos está realmente comprometido con ese enfoque de administración del Estado, que se resume en el enunciado “el mercado hasta donde sea posible, el Estado hasta donde sea necesario”, ya es hora de que, haciendo uso de su habilidad política y de su capacidad para sorprender, se aplique con más contundencia a poner en práctica su credo político.

Es bueno dejar sentado que así esta concepción no sea la panacea, en medio de la práctica deshumanizada reinante de un modelo económico como el que impera, que sólo se fija en el crecimiento (que beneficia a unos pocos), sin importarle en lo más mínimo la distribución del mismo en toda la pirámide social, y las desigualdades e inequidades que perpetúa, por lo menos resulta oxigenante que tengamos un presidente que se mueve en esa línea, en un contexto en el que no se vislumbra ninguna corriente capaz de modificar ese statu quo.

Pero, es un mal ejemplo de la concepción del gobierno sobre la intervención del Estado la salida fallida del segundo reajuste del salario mínimo, que en menos de ocho días, decretó el gobierno para el presente año, con base en el incremento real de la inflación. Porque esa determinación, en medio de las reglas de juego reinantes, además de no cambiar la condición de pobreza de los trabajadores, crea, según expertos, unas distorsiones contraproducentes, entre ellas la de aumentar la inflación.

No, presidente Santos, si de verdad quiere intervenir el asunto de manera efectiva, por qué no va concitando desde ya a todos los actores, principalmente a expertos y empresarios, para acordar fórmulas orientadas a aumentar realmente el poder adquisitivo de los trabajadores, de modo que puedan consumir más bienes y servicios, mejorar su calidad de vida y con sus consumos generar más ingresos y utilidades para la industria nacional. Ponga siquiera a prueba una receta que permita salir de ese círculo vicioso que reproduce la pobreza y del cual los únicos que se benefician, aunque tacañamente, son los dueños del capital.

Ejemplos como el de Lula en Brasil, le sirven a usted de sustento para convencer a empresarios e inversionistas. Según reportes, el presidente brasileño demostró, ni más ni menos, que es posible hacer crecer la economía y distribuir ese crecimiento, con lo cual redujo en 28 millones los pobres.  Así mismo, para aumentar la capacidad de compra de los trabajadores incrementó sus salarios de manera importante,  lo que repercutió en un mayor consumo al cual se debe mucho del dinamismo de la economía brasileña en los últimos años. ¿Será muy difícil convencerlos de que aquí puede suceder algo similar?

Así mismo, aunque fue una acción de intervención de buen recibo, el llamado de atención a los bancos por el cobro excesivo por sus servicios (entre los más altos de América Latina, también, según expertos), se queda corto. Con determinación, e invocando el interés general, su gobierno debería, además de intervenir en la fijación de esos cobros, acometer las acciones necesarias (incluidos cambios normativos) para modificar drásticamente las tasas de interés de captación y colocación. Pues, las argumentaciones mezquinas de los bancos, que pretenden tapar el sol con un dedo, indican que por sí solos no van a cambiar su proceder. No quieren ver que al cobrar y pagar lo justo captarán más negocios y clientes, y, seguramente, lograrán las mismas o más utilidades que las descomunales que hoy obtienen.

Ese tipo de intervencionismo de Estado, que dentro de la normatividad, defienda los intereses de la comunidad frente a las prácticas cómodas de muchos particulares que  se niegan a adoptar nuevos esquemas que además de no atentar contra la rentabilidad de sus negocios posibilitan a muchos salir de la pobreza y vislumbrar oportunidades de desarrollo dignas de cualquier ser humano, es el que se esperaría de usted,  presidente Santos, como líder en América Latina de los postulados de La Tercera Vía.

Intervenga, Presidente, pero como corresponde, en tantas cosas que el país reclama. No solo sorprenderá. También se lo agradecerán.

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