Apuntes multiculturales

31 de enero del 2011

Ni la lluvia ni el intenso frio impidieron que cerca de 12.000 personas se acercaran al Centro de Convenciones de Toronto a rendir un último homenaje a Ryan Russell.

La prensa radial y escrita tuvo la muerte y el funeral como su principal noticia durante una semana completa.

¿Quién era Russell para generar semejante movilización?

Ryan Russell de 35 años,  era un oficial de la Policía de Toronto, con 11 años al servicio de la institución, recientemente ascendido a Sargento, quien deja una viuda y un hijo de dos años. Era un ser humano al servicio de la comunidad.

Murió en funciones del servicio, el pasado miércoles 14 de enero, al perseguir un camión removedor de nieve que había sido robado en un área del perímetro central de la ciudad. Aun no se han esclarecido las circunstancias de su muerte. Una historia que habría podido suceder en cualquier lugar del mundo, pero ocurrió en un país donde la reacción ciudadana pesa significativamente.

¿Qué es lo llamativo que la vuelve una historia particular que no se esfuma entre las noticias?

Su funeral fue  realizado en el Centro de convenciones, con una especial preparación logística de cada detalle, se tomaron las medidas necesarias para que la ciudad pudiera recibir y hospedar intempestivamente a las cerca 5.000 personas que llegaron de otras provincias del país e incluso de Estados Unidos.

La última ocasión en que murió un oficial de la Policía de Toronto, en cumplimiento del servicio, fue en el 2002. El total de oficiales muertos en cumplimiento del deber  desde 1980 hasta el día de hoy ha  sido de 8. Estas cifras de por si son asombrosas, especialmente si las comparamos con las nuestras en Colombia.

De allí que una muerte como la de Rusell haya conmovido tanto. Los canadienses no están acostumbrados ni se van a acostumbrar a enterrar policías que mueran en cumplimiento de su deber. Y la ciudadanía reaccionó.

Este tipo de acontecimientos nos sacude, especialmente  cuando reflexionamos acerca de cuantos de los miembros de nuestra Policía o nuestro Ejército Nacional mueren en ejercicio del deber en las selvas, ciudades o pequeñas poblaciones y solo logran la reacción de su familia, amigos y algunos miembros de su institución. Muchas veces ni nos enteramos del hecho, o si lo hacemos,  no retenemos la noticia y ni siquiera registramos los nombres.

La expresión de aprecio y valoración del servicio cívico y ciudadano en Colombia es tímida, por no decir mínima o inexistente.

¿Nos hemos insensibilizado demasiado? ¿Nos hemos anestesiado por el hecho de haber vivido tantos y tantos años de violencia sin receso?  ¿Quién muere en estas circunstancias debe ser alguien que tenga una relación cercana a nosotros para que seamos sensibles al dolor?

¿Qué requerimos para valorar profesiones y ocupaciones en las que indudablemente se consideran primero el interés colectivo que el individual llevando a grande sacrificios personales a quienes se dedican a ellas? ¿Se requiere que se trate de emboscadas, bombas o muertes colectivas, actos atroces para hacernos reaccionar?

Vale la pena que nos sacudamos y reflexionemos acerca de lo que es realmente esencial, del valor que le damos a la vida humana, del rechazo que debemos manifestar por cualquier muerte violenta que ocurra, sin importar lo cercana que esta sea a nosotros. Debemos aprender a reaccionar, a actuar, y  especialmente,  cuando se trata de personas que dedican sus vidas al servicio de la comunidad. La lección de la ciudadanía en Toronto fue francamente conmovedora.

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