Bogotá define su destino...

Jue, 29/09/2011 - 09:00
Resulta bastante incomprensible la conciencia política de los bogotanos en cuanto a cómo calibra la ciudadanía al peso específico de los candidatos, sobre todo si p

Resulta bastante incomprensible la conciencia política de los bogotanos en cuanto a cómo calibra la ciudadanía al peso específico de los candidatos, sobre todo si pensamos que un estadista formado en Francia, considerado padre de la descentralización administrativa en Colombia, de altos quilates intelectuales como el exministro Jaime Castro, sin duda el más preparado entre los aspirantes, aparece relegado en todas las encuestas en el grupo de los "coleros" junto a Páez y Guevara a quienes nadie conoce. Ello habla bastante mal de la cultura política de una ciudad que parece no tener memoria pues olvida que el proceso de restauración financiera y de prestación de soluciones sociales a gran escala de Bogotá, comenzó con la excelente administración de este jurista boyacense bogotanizado, que saneó las finanzas de la capital e hizo una alcaldía que fue prístina e incuestionada en contraste con las vergüenzas actuales.

Tampoco se entiende bien que según la última encuesta, Gustavo Petro lidere el ranking de favorabilidad. No porque haya sido guerrillero, ni porque el Polo -su partido hasta hace nada- hubiera hecho del último cuatrienio la peor administración de la historia de la ciudad. Ni siquiera porque personalmente sea adusto, frío y actúe con cierto cinismo socarrón que impide que uno sepa si es un resentido que se cree superior, o se trata solo de un rasgo de timidez. La razón para que no sea explicable que encabece las encuestas no reside en lo que ignoramos de Petro, sino en lo que sabemos perfectamente, y es que carece del todo de experiencia administrativa para gerenciar un monstruo de dimensiones ciclópeas como Bogotá. Pensar que quien no ha sido gerente de una tienda de barrio, deba empezar el curso dirigiendo una ciudad con tantas falencias y complejidades administrativas, es una locura. Quisiera ver a Petro manejando exitosamente un instituto o una empresa del Estado, antes de entregarle el segundo cargo de la nación. Ojalá, por andar improvisando, no nos pase lo mismo que nos pasó con Samuel, que tampoco tenía la más mínima experiencia y se notó a un costo irrecuperable.

El caso de Mockus es muy particular. En 1998 fue candidato vicepresidencial de Noemí, pero en la campaña presidencial anterior, su conducta ante ella pasó de descortés a repelente. Simpatizaba con Uribe, pero ahora hace campaña despotricando de él. Y olvida que cuando tuvo claro que entre Santos y él, Uribe tenía un favorito, en vez de oponerse a la parcialización del gobierno, fue a jurar que "cuidaría los huevitos". Mientras tanto, disfrutaba del acompañamiento leal de Peñalosa, quien era buenísimo para apoyarlo -como habría sido Uribe si se deja seducir en la visita- pero cuando perdió la elección presidencial y solo quedó la alcaldía, Mockus se encaprichó y Peñalosa empezó a estorbarle. Para descalificar a Peñalosa renegó de su propia empatía con Uribe, olvidó el rendez-vous que le hizo, y optó por satanizarlo del todo creyendo que al incendiar a Uribe las chispas quemarían a Peñalosa. Después, en un gesto de malacrianza partidista, es decir, de inmadurez política, se salió del Partido Verde y no tuvo pudor para avalarse por un partido indígena sin pertenecer a esa minoría. Sin embargo acusa a los demás del "todo-vale" cuando en verdad él mismo es el más versátil y polivalente de todos, pero sus maromas políticas quedan mimetizadas en la teatralidad de su conducta escénica. No es fácil entender lo de Mockus: Como alcalde fue un administrador fosilizado y como político es un manzanillo activo siempre vestido de electorero en negación.

Ahora, todo parece indicar que, con tal de tirarse a Peñalosa, tratará de endosarle sus votos a Gina Parody, que dicho sea de paso, es la candidata que más esfuerzos hace para mostrarse articulada y coherente; sin duda transmite frescura y logra ser convincente. De paso, su juventud le da una ventaja estratégica ante Mockus, quien entre ganar él mismo y derrotar a Peñalosa, parece haberse focalizado en este último objetivo. Esta Alianza, que vaticino será en cabeza de Gina, puede generar un reacomodamiento tectónico de las placas políticas, que cambiaría la fisonomía de la corteza del mundo electoral capitalino. Y puede traer sorpresas, incluso palo, porque esta aspirante, si bien tampoco tiene experiencia administrativa en su defecto se ha preparado, es estudiosa, parece seria, es muy mediática y políticamente eficaz. Cuando uno la oye, gusta.

Dionisio Araújo y Aurelio Suárez son personal y profesionalmente infinitamente superiores a su mala puntería en política electoral, pero esa ya es una tendencia irreversible. David Luna claramente está fraguando su porvenir político, y Carlos Fernando Galán está en lo mismo aunque su audacia le ha traído más tropiezos de lo esperado, sin embargo ambos son parte de una buena reserva para el futuro. Tal vez uno esperaría que ante un albur, ambos dieran muestra de responsabilidad y rodearan alguna de las figuras que son garantía en vez de alimentar su cauda a costa del futuro colectivo; aunque en política el egoísmo suele ser más fácil que la grandeza, uno esperaría más de ellos, pero amanecerá y veremos.

El sistema centralista colombiano ha hecho de esta no solo la capital política sino el cerebro y corazón del cuerpo nacional, por eso, más que por otra cosa, el destino de Bogotá es vital para los colombianos y las próximas elecciones serán el punto de inflexión de la historia contemporánea de la capital. Aunque es necesario reconocer que Clara López ha rectificado el rumbo y la alcaldesa va muy bien, la debacle propiciada durante la administración Moreno marcó un terrible ejemplo para todo el país e hizo trizas la respetabilidad bogotana. Por eso elegir responsablemente es una obligación colectiva, aunque la sintomatología es preocupante.

El exalcalde Enrique Peñalosa no es carismático, tiene una entonación de voz que lo hace parecer un gomelo estrato veinte, es supremamente terco y no soporta críticas; su punto débil es la humildad, y dice lo que piensa sin mucho tino político. Todo eso hace parte de una imagen pública que lo vuelve un mal político a secas. Tan malo que el peor enemigo político de Peñalosa, es él mismo.

Sin embargo, como administrador, quienes vivimos en esta urbe colosal debemos recordar que Peñalosa, en tres años, transformó Bogotá. En su administración pasamos de miles de carros encaramados en los sardineles, a poder caminar por andenes bellamente reconstruidos en una ciudad que se fue haciendo más amable, con nuevas alamedas, ciclovías, modernas e imponentes mega bibliotecas públicas, y la implantación de un sistema de transporte masivo que ya necesita ser complementado con un metro, pero dignificó el modo de moverse en la ciudad y armonizó la visual estética de nuestras vías. Con Peñalosa llegó una arborización masiva y ordenada, se embellecieron y dotaron miles de parques de barrio, se construyeron grandes colegios públicos administrados bajo un novedoso sistema de concesión a cargo de los mejores colegios privados de la ciudad. Peñalosa compró manzanas enteras e hizo avenidas dignas como la 80; pero la transformación urbanística no se concentró en el elitista norte sino en el más necesitado sur de la ciudad. Lo que hizo Enrique Peñalosa con Bogotá fue un prodigio urbanístico, estético y administrativo contenido en un modelo de ejecución pública que fue reconocido en el mundo entero donde el exalcalde ha sido expositor de su milagroso modelo.

Sería increíble que esta ciudad después de haberse equivocado prefiriendo a Samuel no se volcara esta vez a votar por Peñalosa en un acto de sentido común colectivo. Volver a desechar a Peñalosa, porque no parezca simpático, nos llevará a tener que admitir que él es irremediablemente un mal político electoral así sea un excelente administrador. Pero sobretodo será imposible no admitir que Bogotá es una ciudad sin instinto de conservación, muy culpable de su caótica suerte.

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De otro tema: John Sudarsky y Ángela Robledo, pertenecen al epicentro de la cultura Mockusiana. Sabotearon con patanería y pésimos modales el congreso del Partido Verde; esto difícilmente puede interpretarse como un despliegue de cultura ciudadana. Si Mockus no desautoriza su deleznable proceder, ¿debe entenderse que los respalda y lo hicieron con su aval?

@sergioaraujoc 

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