Bogotá se está quedando sorda. En la ciudad, el exceso de ruido es un problema invisible que cada vez afecta a más transeúntes desprevenidos y cargados de estrés.
Y es que el ruido va mucho más allá de ser un tema estético y sus implicaciones van más allá de alterar el ánimo de quienes lo sufren. Es, paradójicamente, un mal silencioso que poco a poco ha generado un grave problema de salud pública que se refleja en el aumento de enfermedades cardiovasculares. En particular, en cinco localidades: Fontibón, Kennedy, Bosa, Chapinero y Antonio Nariño. Allí, el tráfico, los bares, las entradas y salidas a los centros comerciales, los megáfonos ilegales en las calles y el aeropuerto, hacen que se sobrepasen los 65 decibeles permitidos por la OMS en las grandes ciudades.
La responsabilidad de controlar la contaminación auditiva es de las alcaldías locales. Sin embargo, y a pesar de las quejas ciudadanas, poca atención le prestan a este tema. No solo no tienen el personal capacitado para diagnosticar los niveles de ruido, sino que además no tienen los equipos para medir estos niveles ni las herramientas jurídicas para sellar los establecimientos que violan las normas. Por si fuera poco, los 13 sonómetros que hacen parte de las 20 alcaldías locales no son calibrados oportunamente.
El 50 por ciento de las quejas por convivencia ciudadana, tienen que ver con situaciones de ruido que afectan, sobre todo, los principales ejes viales de la ciudad. Entre ellos la carrera Séptima, que es la vía más ruidosa de la ciudad. Así lo demuestra el reciente estudio realizado por el profesor e investigador de la Universidad de los Andes, Eduardo Behrentz, y que concluye que esta avenida tiene los niveles más altos de contaminación auditiva como consecuencia del caos en el transporte vehicular. El estudio insiste en que en la carrera 7a., en una hora pico (7 a 9 de la mañana), el nivel del ruido llega a 77 decibeles. Esa cifra es exagerada, puesto que la OMS indica que una exposición al ruido que supere los 70 decibeles puede tener efectos cardiovasculares graves.
De lo anterior, la importancia de convertir a esta avenida en un corredor ambiental, verde, con una mejor calidad del aire y más silenciosa. Andenes por donde los peatones puedan caminar y sean más importantes que los carros, cafés en las aceras, y un sistema de transporte silencioso, son necesidades en la deteriorada vía real.
Aún son muchos los que se oponen a las intervenciones en la Séptima argumentando que podría verse afectado el patrimonio. Sin embargo, no hay ningún patrimonio que se pueda disfrutar si no hay por donde caminar y si el ruido no deja compartirle al vecino la historia de la ciudad.
Bogotá se esta quedando sorda. Invitemos al silencio, con acciones pedagógicas, pero también con el ejercicio de una autoridad eficiente. Así lo piden los vecinos. Y las cifras demuestran que reaccionar a este problema silencioso, también debe ser una prioridad.
