CNTV or not CNTV

11 de noviembre del 2010

El dilema radica en que todo el mundo quiere acabar con la Comisión de Televisión pero nadie sabe por qué.

Por cuenta de La W y de alguno que otro político, los colombianos tienen hoy la idea de que la CNTV es algo así como la famosa Contraloría de Martínez Zuleta. Para las nuevas generaciones hay que contar que ese fue un ente que pasó a la historia como el símbolo de la corrupción en los años ochenta.

Pues bien, debido a los errores de la Junta de la Comisión alrededor del precio para las prórrogas de Caracol y RCN, que terminaron por desafiar el poder de los grandes cacaos del país, para luego arrodillarse ante la presión mediática, la gente quedó con el sabor de que se trata de un ente un tanto pelele del gobierno y poco serio para tomar decisiones.

Pero el papayaso que dio la CNTV fue bien aprovechado por los enemigos agazapados de la entidad, que van desde detractores de la Constitución del 91 hasta periodistas damnificados por multas, decomisos y regulación del mercado, pasando por políticos que, gracias a la carrera administrativa, ya no la cuentan como el refugio de sus familiares desempleados,.

La estrategia de criminalizarla, como lo hizo uno de los abogados de los canales privados, logró su eco en La W. Y con el invento de las tulas de DMG, se completó el escenario para que en el hipotálamo de los colombianos ronde la idea de que es un ente ineficaz, corrupto y derrochador. Y aunque nadie tiene una sola prueba, la duda y la desconfianza sobre la institución se anclaron poderosamente en imaginario del país.

Pero este debate es una farsa. Nadie ha estudiado seriamente ni sus problemas ni sus soluciones y todo el mundo terminó en la posición facilista de gritar en coro ¨muera el rey¨. No he escuchado un sólo argumento serio sobre la conveniencia o no de un ente autónomo para vigilar y regular los contenidos y el mercado de un servicio que, por más tecnologías, sigue siendo el principal constructor de pensamiento y formador de valores para los niños y adolescentes colombianos.

Es un debate que no tiene debate. De hecho han pasado cuatro rondas en las que no se ha debatido sino pupitreado. El dilema radica en que todo el mundo quiere acabar con la Comisión de Televisión pero nadie sabe por qué. Tampoco nadie quiere meterse en esa discusión. Salvo un par de senadores, Eugenio Prieto y Alex López, que entienden el valor de la constitucionalidad. Pero ellos no encuentran eco ni siquiera en el Director de la CNTV, que está en el peor de los mundos, si la defiende peligra su puesto y si quiere acabarla, debería renunciar.

Este debate en cualquier país moderno sería arduo e interesante, pero en Colombia tradicionalmente se ha resuelto burocráticamente. Mientras los parlamentarios puedan aprovechar la luna de miel con el gobierno para obtener cargos, votaran que se acabe y cuando puedan conseguir puestos en la CNTV, votarán que no. Hasta ahora es un debate que le permite a quien no tiene nada que decir, enjuagarse la boca para asumir un sello anticorrupción y a los ministros, que no quieren abordar los temas de su cartera, parecer como si tuvieran una agenda eficiente.

Nadie niega que se deba reestructurar, mejorar y optimizar. Pero acaso alguien se ha dado cuenta que el principal problema de la CNTV es precisamente su falta de autonomía. El mico de un constituyente gavirista para que hubiera dos comisionados del gobierno la dejó semiautónoma, algo así como una mujer semiembarazada. Ahí comenzó su calvario porque todos los gobiernos terminaron controlándola y manipulándola según su conveniencia.

O sea que si hay algo que cambiar constitucionalmente es que haya una cuota parte del gobierno en la autonomía de un ente que el constituyente primario soñó como muro de contención para que los medios de comunicación no quedaran al capricho del gobierno de turno y para que el papel influyente de la televisión no fuera frágil ante ideas doctrinarias o manipuladoras del pensamiento.

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