Combatir el odio hasta el final

Vie, 15/02/2013 - 01:06
Sería absolutamente insensato no indignarse por los lamentables actos de violencia perpetrados por las Farc en las últimas semanas. Todas las expresiones

Sería absolutamente insensato no indignarse por los lamentables actos de violencia perpetrados por las Farc en las últimas semanas. Todas las expresiones del crimen, independientemente del disfraz que quieran acoger, deben ser rechazadas por todos con severidad. Resulta frustrante la falta de coherencia entre lo que hacen y lo que pretenden, dicen tener una voluntad de paz, pero obran de forma totalmente contradictoria. En estas circunstancias es muy fácil llenarse de sentimientos negativos. Pero es precisamente ahora cuando no hay que  rendirse ante la adversidad, cuando más necesitamos de una fuerza moral que nos  permita combatir el odio hasta el final.

Para que haya paz primero debemos estar en paz con nosotros mismos. En su dimensión individual, la paz hace referencia a un estado del fuero interno exento de odio. El derecho-deber de la paz debe ser asumido por cada persona con convicción y exteriorizado con hechos. Vivir en condiciones de paz nos permite tener una vida digna de ser vivida y es un requisito indispensable para la realización de toda persona. Los discursos cargados de odio, aparte de incitar a que haya más violencia, son una manifestación de ignorancia. Una de las principales diferencias entre la política de reconciliación y la política del odio, es que la primera tiene como fin terminar con el delito y que no haya más víctimas; mientras la segunda tiene como finalidad exterminar al delincuente. Olvidando por completo que el problema no son los guerrilleros en sí mismos, porque son igual de dignos que nosotros; sino los actos delictivos que ellos cometen.  Otra diferencia radica en que mientras  la política del odio convierte  a quienes piensan distinto en enemigos, la política de la reconciliación pretende recuperar un sentido de ciudadanía que contribuya a garantizar las bases de una paz verdadera. Para que este proceso de paz sea exitoso se debe fundamentar en el perdón; no para liberar de culpa a los victimarios, sino para librarnos de las profundas amarguras que nos han dejado los múltiples  atropellos de las Farc en nuestros corazones. Vale la pena aclarar que el perdón propio del actual proceso de paz con las Farc, no nos puede conducir al olvido de los crímenes cometidos por parte de esta guerrilla; porque si olvidamos, no perdonamos, pues  no estamos tomando la decisión libre de perdonar. No olvidar y perdonar siendo  consientes de nuestro presente y nuestro pasado, es un elemento fundamental y garantía para que esta cruda realidad jamás se vuelva a repetir. Están muy equivocados quienes se dejan llevar por el odio y  piensan que perdonar y llegar a una solución negociada al fin del conflicto armado con las Farc es un signo de derrota y debilidad. Ponerle fin a un conflicto absurdo, fratricida y persistente sería la mejor forma de demostrarle al mundo que la fuerza de la racionalidad de los colombianos  le gano la guerra a la animalidad. En la medida en que siga habiendo odio, quedarán siempre resentimientos perjuicios e incomprensiones. El tejido social del Estado continuará descompuesto y seguiremos viviendo en medio de la venganza y la hostilidad.
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