Muchos de los trabajos de actuación que Aicardo Rodado consigue son en el centro de Bogotá, situación que aprovecha para merodear un poco por el área y practicar uno de sus hobbies, la fotografía. Hoy va a participar como extra en una escena de telenovela y decide caminar un poco. En una calle pequeña, arriba de la avenida Caracas ve una vendedora de frutas con su carro y parafernalia de ventas obstruyendo el paso en el andén, saca su cámara fotográfica del bolsillo para tomar una imagen de la escena para su colección. En ese momento un joven que aparentemente es el novio de la vendedora, se coloca enfrente de manera amenazante para impedir que tome la foto. Aicardo, a pesar del gesto amenazador que tiene el hombre, toma tres disparos de la cámara. El tipo se le acerca de manera agresiva, como si hubiera disparado un arma y no una cámara: –¿Y usted qué? ¡Sapo! –le espeta mientras se le aproxima con las manos abiertas indicando que está esperando una respuesta. Aicardo, le va a explicar que no tiene intención distinta a tomar una foto para su colección, pero el gesto amenazador del hombre se convierte en una mueca de mutante lunático dispuesto al ataque, por lo que Aicardo decide seguir su camino sin esperar a ver que más sucede
Con el animo alterado y viendo que aún es temprano, Aicardo sigue andando por esas calles que nunca descansan de la congestión y tráfico. Desde luego que la pobreza es uno de los temas más notorios que tiene que enfrentar cualquier visitante de este centro urbano, y la verdad es que el impacto sobre el espíritu y el ánimo ya deprimido de Aicardo, es tremendo.
Entre más gente ve pidiendo limosna y apenas sobreviviendo en un estado miserable que no es digno ni de un animal, más se convence del error tan tremendo que significa dar limosna. Aicardo se da cuenta que los humanos tenemos una conciencia bastante…cómoda, unos pocos pesos, un bocado de comida que nos sobra del almuerzo, o cualquier otro tipo de migaja que no necesitamos es suficiente para comprarla.
Una moneda de cien pesos que se le tire a la anciana en el andén, es más que suficiente para calmar esa voz que nos dice que esa mujer podría haber sido nuestra madre o abuela, o como mínimo es un ser que sufre. La moneda que le doy, cubre mi verdadera obligación de socorrerla, de llevarla a algún lugar en el que le den la ayuda permanente y constante que realmente necesita. La responsabilidad que tengo por ese ser humano es clara, pero la verdad es que me implica demasiado trabajo, es muy complicado el proceso que debo seguir para auxiliarla y si lo pienso bien por un rato, me convenzo que hasta me puedo meter en problemas legales, o quien sabe de que otro tipo, al tratar de darle la ayuda que de verdad sirva y no solo que le ayude a prolongar un poquito mas su miseria.
Una moneda es suficiente para calmar nuestra conciencia, no importa que no solucione el verdadero problema, en realidad no pretendemos arreglar el problema de otro ser humano, lo que buscamos es que nosotros quedemos tranquilos con nosotros mismos. Damos una limosna miserable y con eso nos demostramos que somos generosos, se lo mostramos a los que nos rodean y a nuestras propias consciencias.
Si, una moneda es suficiente. No importa que el mendigo sea un viejo, o peor aún, un niño y que con la limosna en vez de ayudarle lo estemos acostumbrando a vivir mendigando por el resto de su existencia. O que lo estemos condenando a seguir en esa condición de miseria hasta que su cara de niño se vuelva la de un adulto que ya no nos cause tristeza y entonces indignados le podamos decir que se vaya a buscar trabajo, o hasta que la situación en la que como sociedad lo hemos puesto, finalmente lo lleve a la cárcel. En realidad lo que nos importa es comprar nuestra tranquilidad de espíritu y mental, no ayudar a solucionar el problema de esos seres abandonados y sin esperanzas.
Si de verdad estamos preocupados por esos mendigos, si nuestra convicción es ayudar a solucionar el problema, entonces no daríamos limosna en la calle. Iríamos a donar dinero, tiempo, o conocimiento, a una institución de caridad o a un grupo que preste servicios a estas personas. O llevaríamos a ese niño que está mendigando y que Aicardo enfrenta en este momento, a un centro o instituto responsable que se encargue de él. Pero… ¿Dónde? ¿Con qué tiempo? ¿Cómo? Nos justificamos pensando que eso es responsabilidad de la familia del niño, del Estado, del niño mismo, o si acaso de la iglesia o algún instituto de caridad. Aicardo le da una chaucha al muchacho que ya es un experto en actuar su escena de miseria, estira la mano mugrienta mientras pone ojos de desespero y cara de abandono. Con una moneda que pone en la palma del niño, Aicardo trata de ocultar su responsabilidad y paga por su tranquilidad de conciencia, sigue su camino a cumplir con su trabajo de extra, sin que la situación del mendigo le cambie su rumbo, aunque por lo menos, ahora siente un poco de vergüenza. Eso es un buen comienzo.
