Decir abuelo

Jue, 23/06/2011 - 23:56
"¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!"
Daniel Pennac

Decir abuelo es decir recuerdo. Es decir niñez. Es decir hi

Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!"

Daniel Pennac Decir abuelo es decir recuerdo. Es decir niñez. Es decir historia. Es trasladarse al mundo de una edad sin tiempo y deshilar pasado. El de uno mismo, el de su hijo o hija que fueron padre o madre, y el de su padre o madre, y eso nos va remontando a lejanas vidas. Vidas que nos confirman que no estamos aquí por casualidad, sino por la tenacidad  de genes que han sobrevivido al paso de la historia, para confirmarnos que estamos aquí y ahora gracias a que somos sobrevivientes de milenarias y cotidianas acciones que hubieran hecho de nuestro nacer un evento imposible. Sin importar rancias genealogías, quienes estamos vivos hoy podemos contarlo porque nuestros antepasados sobrevivieron plagas, guerras, masacres, taras genéticas, exterminios, cambios climáticos, y toda suerte de trampas impuestas por la naturaleza y por los hombres. Decir abuelo es decir sonrisa, la primera gratis que recibimos sin saber. Es decir cielo, esa ausencia de límites que nos dio alas. Es decir mar, ese que nos regaló cuando no lo podía pagar para él. Es mirar con alegría el futuro, cuando en sus ojos asomaba profunda desesperanza por el suyo. Es remontar un vuelo con la infinita sabia manera de los viejos: saber que los hijos, y menos los nietos, no le pertenecen y por eso los retienen con las manos siempre abiertas. Acompañan elevar las cometas y nos dejan correr, porque saben que el cielo es el límite, no importa cuántas caídas y enredos. Saben que la cometa y la pita son lo de menos: son trozos de vida por descubrir. Decir abuelo es decir cómplice. Es decir amigo. Es decir hombro. Es tener la certeza de que uno no necesita aferrarse para saber que no hay soledad. Porque con él, la soledad se transforma en solidaridad, y solidaridad viene de sólido. Y sólido es firme, macizo, denso y fuerte. Como los lazos que atan al abuelo, que se estiran cuando te alejas y no se despedazan cuando caes. Lazos atados a pelos blancos y manos arrugadas con un material que no se despega jamás: un amor ancho, alto y profundo. Sabia geometría que nos hace sentir seguros. Decir abuelo es decir juego. Jugar a aprender. Juego de estrategia, juego de palabras. Juego sin pedagogía aburrida. El ajedrez, el scrable, y aún el parqués, más que pasatiempos son enseñanzas de vida, gozo puro en compañía del abuelo. Gozo y enseñanza, sin deliberados motivos. Juegos en el que nunca se pierde, porque se gana el maravilloso placer de jugar. Cuando jugar era un deber. Cuando deber tenía significado. Decir abuelo es decir charla. Diálogo sin chat, sin más tecnología que su voz, su gesto y su figura. Su evocación en una carta, en un gesto, en una fotografía. En las palabras que nos dijo alguna vez, como si nada, y que siguen grabadas en nuestro “disco duro”. Es aprender con su conversación, cuando la palabra “conversatorio” no nos había asaltado y lo suyo eran “tertulias sin ánimo de lucro”. Decir abuelo es decir libro. Sin la obligación de leer. Sólo verlo disfrutar la pasada de cada hoja contagiaba la magia de meterse en páginas imposibles y descubrir que cualquier mundo es posible. Decir abuelo es tomar sus libros prestados y saber que no deben ser devueltos, porque aunque se devuelvan físicamente, irán para siempre con uno. Porque las lecturas heredadas del abuelo no figuran en ningún testamento, son nuestras por derecho propio y nadie no las puede quitar. Por  todo eso no celebro el Día del Padre. Me quito hoy el sombrero ante los abuelos, presentes y pasados, los verdaderos forjadores de nuestra historia reciente, veloz e inmediatista. Papá puede ser cualquier hombre con capacidad reproductiva, aún a su pesar. Pero ejercer como abuelo, es una decisión. Sabia decisión.

No hay más que un camino para el progreso en la educación, como en todas las cosas humanas, y es el de la ciencia guiada por el amor. Sin ciencia, el amor es impotente; sin amor, la ciencia es destructiva." Bertrand Russell

Patricia C. de Villaveces, Junio 21 de 2011
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