Destino intrauterino

23 de noviembre del 2010

¿Qué tanto pesa la genética en la obesidad, diabetes, aterosclerosis e hipertensión arterial?

Para tomar decisiones concernientes a nuestra salud debemos mirar no sólo nuestra situación personal sino la realidad médica de la población humana a la que pertenecemos.  Somos parte de la humanidad de comienzos del siglo XXI que sufre una epidemia de obesidad, diabetes, aterosclerosis e hipertensión arterial.  Estas situaciones patológicas son causadas en gran parte por nuestro estilo de vida, y éste lo podemos cambiar con gran esfuerzo personal y enorme gasto económico social.  Evidentemente no es fácil.

Aún así conocemos casos individuales de personas que con un estilo de vida sano sufren de estas enfermedades.  En este caso pensamos que se debe a la genética. Y todavía no podemos cambiar nuestra información genética.  La “cirugía” genética es todavía materia de ciencia ficción a pesar de clonaciones y fecundaciones in vitro: con los genes que nacemos moriremos.

Entonces en principio como decía Monod, premio Nobel de Medicina, citando a Heráclito, filósofo griego: somos producto del azar, los genes que nos tocan, y la necesidad, los hábitos o adicciones que cultivamos.  Cambiar unos u otros no es fácil ni barato.  Parecen ser nuestro “destino” biológico.

Pero en los últimos veinte años ha entrado otro elemento en la ecuación, lo que podríamos llamar nuestro destino intrauterino.  Lo que vivimos durante esos nueve meses dentro del útero de nuestras madres se refleja muchos años después en enfermedades que sufrimos ya adultos.  Cómo se descubrió esto es una historia que merece ser contada.

Los ingleses tienen fama de rigurosidad en el registro de datos médicos.  Debemos recordar los registros parroquiales de muertes iniciados regularmente por Graunt en el siglo XVII y el gran desarrollo de la Salud Pública inglesa en el siglo XIX.  Se tienen registros cuidadosos del peso de recién nacidos en Inglaterra y Gales desde 1911 y se dispuso que un historiador buscara y tabulara estos datos.

Al mismo tiempo, una persona nacida alrededor de 1910 tendría unos cuarenta años cuando se organizó el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido después de la II Guerra Mundial (1948) con cobertura universal y fundamentada en la atención primaria.  Así esa persona, cuyo peso al nacer conocíamos, entraba en la edad de mayor riesgo para obesidad, aterosclerosis, hipertensión y diabetes con vigilancia médica adecuada.

Con estos datos Barker y otros publicaron en la revista Lancet en 1986 un hallazgo sorprendente: los recién nacidos, a término o prematuros, con bajo peso al nacer,  tenían de adultos más riesgo para enfermedad coronaria (aterosclerosis) e hipertensión, obesidad y diabetes.  Es difícil describir la sorpresa que esto causó a los investigadores: cierta carencia intrauterina resultaba asociada a enfermedades de la abundancia cuarenta años después y no se tenía, ni se tiene, una explicación clara del fenómeno.

Se ha propuesto que el feto adquiere de alguna manera características ahorradoras, avaras, durante su existencia en el útero y esto lo marca de por vida.  Y cuando se expone en la vida adulta a un ambiente de abundancia y excesos sobrevienen las complicaciones.

También se ha propuesto que el feto en condiciones intrauterinas de carencia prefiere, si así se puede decir, asegurar el desarrollo del cerebro sobre otros órganos como páncreas y riñones.  Al llegar a la vida adulta estas últimas vísceras se vengan, si así podemos decir, con la diabetes y la  hipertensión.  La salud es equilibrio y es difícil mantenerlo entre órganos egoístas.

Sea cual sea la explicación del fenómeno descrito es importante conocerlo para insistir que las mujeres embarazadas tengan buen cuidado médico, buena nutrición y se les recomiende mantener un nivel de ejercicio adecuado.  La madre debe procurar el mejor “destino intrauterino” para su bebé.  Porque podemos decir que somos el bebé que fuimos hasta nuestra edad adulta, para bien y para mal.

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