Doctores y técnicos

Jue, 09/06/2016 - 15:29
La discusión que se renueva hace largo tiempo sobre si Colombia debe producir más profesionales tradicionales o moverse hacia la formación de técnicos y tecnólogos no puede quedarse en lo organiz
La discusión que se renueva hace largo tiempo sobre si Colombia debe producir más profesionales tradicionales o moverse hacia la formación de técnicos y tecnólogos no puede quedarse en lo organizativo y en lo pedagógico sino que debe tener consideraciones culturales e históricas, porque se remonta a la esencia del carácter de nuestra nación. Además es un tema que obliga a considerar el desarrollo de la educación superior, las políticas económicas y de producción industrial y las relaciones entre enseñanza superior y la producción de bienes y servicios, y desde luego, el estudio de la interdependencia entre ciencia, tecnología e innovación. Es pues una discusión de fondo sobre lo que somos como nación y lo que queremos llegar a ser en las actuales y futuras circunstancias. Los diferentes gobiernos durante el pasado medio siglo han deseado estimular la formación en los niveles técnico y tecnológico buscando un justo equilibrio con la educación universitaria orientada a las profesiones, pero sus esfuerzos no han mostrado resultados alentadores, de forma que a pesar de las mejoras en la oferta de capacitación técnica los jóvenes y los padres de familia prefieren las carreras tradicionales, conscientes de las dificultades que encontrarán en el camino. Según el SNIES la cuarta parte de la oferta educativa superior corresponde a programas técnicos y tecnológicos y el restante 75% a programas profesionales. La razón fundamental es que en nuestro medio, carreras como el derecho, la medicina, la administración y otras mantienen el prestigio mientras que las tecnológicas y técnicas son consideradas de rango inferior. Por tratarse de un factor eminentemente cultural y de profundo arraigo cualquier estrategia o esfuerzo resulta frustrante ya que cambios en la valoración social no se logran fácilmente. La influencia española nos marcó desde muy temprano, o por lo menos determinó el modo de pensar y actuar de las élites criollas y más tarde de los líderes republicanos. El señorío y la fuerte jerarquización social, la aversión entre los más pudientes hacia los trabajos manuales y por ello de quienes ocuparon los espacios más altos en las jerarquías políticas, económicas y sociales, la persecución de títulos nobiliarios, o académicos cuando los primeros eran difíciles de obtener, la disposición a la retórica y la gramática y el poco interés por la ciencia y sus relacionados tecnológicos, constituyen la esencia de la llamada sociedad señorial que desde muy temprano se implantó en las colonias y que aún no ha desaparecido. Nuestra cultura fue impregnada por un modo pre-moderno de ver la vida, la política, la economía y las relaciones sociales, diferente a otros pueblos que tuvieron una visión más cercana a la ciencia y por ello una actitud que favorecía el pensamiento técnico-científico moderno. Obtener el título doctor ha sido una obsesión de muchas familias e individuos porque ello constituye la llave para abrirse caminos en una sociedad que privilegia y otorga alto valor a los títulos, sean estos académicos, religiosos, militares o de cualquier otro carácter. Tener en casa un alto oficial del ejército, un sacerdote, un médico o un abogado era motivo de honor y satisfacción, y todavía en alguna medida lo sigue siendo. Por ello nuestras universidades producen más abogados que ingenieros y las profesiones más solicitadas son aquellas que continúan teniendo reconocimiento social, así no sean las mejor pagadas ni las que necesitan los mercados. En otras naciones no sucede lo mismo. En Alemania o en los Estados Unidos, para citar dos casos conocidos, tecnólogos y técnicos tienen un reconocimiento social y académico que con frecuencia se equipara al de los profesionales liberales, y en términos de retribución salarial los puede superar. De allí la importancia que se da a los institutos tecnológicos y a las escuelas técnicas, al “community college”, a las escuelas de oficios y en general a quienes optan por capacitarse en aspectos técnicos. Un plomero competente puede obtener mejores ingresos que un arquitecto así su bagaje teórico no sea abundante ya que se valoran principalmente sus competencias para resolver problemas concretos de la vida común los cuales demandan una gran cantidad de mano de obra. Recordemos que la educación tiene tres ciclos: el primero es la formación técnica profesional para el desempeño de actividades técnicas con duración de dos años; el segundo ciclo es el tecnológico de tres años que educa para las responsabilidades de concepción, dirección y gestión; y el tercero de cinco o más años es la formación de alto nivel para el dominio del conocimiento científico y técnico. Luego siguen los posgrados, sean éstos especialidades, maestrías, doctorados y posdoctorados. El Ministerio de Educación viene anunciando un proyecto originado en el Artículo 54 de la Ley del Plan, que se convertirá en un esquema permanente, denominado “ Sistema nacional de educación terciaria SNET” que podría ser más de lo mismo, pues cada gobierno habla de la importancia de fomentar la formación técnica y tecnológica y bautiza su modelo con nombres llamativos aunque nunca se avanza lo suficiente. El SNET se concibe a lo largo de 8 niveles, de los cuales 4 corresponden a lo que se ha denominado educación superior, la cual se divide en dos componentes, el de educación universitaria y el de educación técnica, la que a la vez podría tener varios escalones, desde la educación técnica en el nivel medio hasta la maestría técnica, pasando por el técnico medio, superior y especializado. Estas loables iniciativas se estrellan contra la realidad cultural que como se dijo antes valora más a las profesiones liberales que las técnicas. Sin embargo, no todo es negativo. Colombia tiene experiencias públicas y privadas valiosas, que constituyen una capacidad importante para la construcción de sistemas futuros. Un caso conocido internacionalmente es el del SENA, instituto pionero de la capacitación vocacional en América Latina cuyos aportes a la economía son dignos de admiración; además, esta institución ha tenido desde su comienzo, hace más de medio siglo, la capacidad de autoreformarse continuamente y hoy estaría cercana a convertirse en una institución universitaria que ofrecería educación propedéutica en la que el estudiante puede progresar a su propio ritmo avanzando de la capacitación técnica a la tecnológica y de esta a la universitaria; ojalá esto no le haga perder el norte y continúe siendo el líder de la capacitación vocacional sin entrar a competir con centenares de instituciones de educación superior públicas y privadas. El SENA no es el único caso exitoso: desde comienzos del siglo anterior se constituyeron en el país centros de educación técnica como Don Bosco y el Instituto Técnico Central en Bogotá y varios politécnicos oficiales en otras ciudades cuya contribución ha sido destacada. Experiencia no nos falta. Al analizar el estado de la formación técnica un problema central es que la educación debe constituir una respuesta efectiva para solucionar situaciones de la vida diaria y no solo una forma de ilustración, de empleo, o de ascenso en la escala social. Una persona bien educada puede llegar a saber muchas cosas pero no ser capaz de solucionar pequeños problemas prácticos y así se convierte en un individuo inútil que contribuye poco o nada a la sociedad. En este sentido todo empeño educativo debe estar conectado con la experiencia de la vida y con la realidad social y económica o se convierte en un ejercicio retórico, abstracto y de poca utilidad. El mundo actual está fuertemente conectado con la producción económica que se adelanta a través de las empresas; estas deben ser innovativas y creativas de manera que cada día “reinventen” sus procesos para lo cual es necesario desarrollar competencias específicas; por ello resulta tan importante la conexión entre la capacitación y las tareas de producción de las empresas. Las firmas deberían conectarse con el campo de la capacitación y a su vez la educación técnica debería penetrar y conocer las necesidades del mundo laboral. Eso no suele ocurrir en Colombia pues existe un divorcio entre educación y trabajo por lo cual una gran cantidad de egresados no encuentraempleo o se ubica en una ocupación equivocada, mientras que las empresas no consiguen profesionales con capacidad para desempeñar las tareas que exigen los diferentes procesos, lo que obliga a las firmas a desarrollar programas de capacitación “in house” o a enganchar personal no capacitado. Recientemente se conoció un estudio que llama la atención sobre el bajo desarrollo industrial del país y la falta de innovación y creatividad de los empresarios, lo cual debe ser motivo de preocupación debido a que seguimos produciendo lo mismo, con tecnología básica y sin introducir innovaciones a los productos, lo que los hace poco competitivos en los mercados internacionales. Ante esto debemos preguntarnos dónde están las fallas, cuáles serían los correctivos y que papel podría jugar la educación técnica y tecnológica. Aunque la innovación suele surgir de las empresas que buscan competir exitosamente y ganar nuevos mercados y no de los entes educativos que normalmente responden a las necesidades del sector productivo, el ideal sería que aquella se desarrollara como resultado de la interacción de unas y otras en una sinergia creativa. Varias cámaras de comercio están trabajando en la línea de acercar la capacitación técnica al mundo empresarial y lo mismo ciudades como Medellín (Ruta N) y el Distrito (Connect-Bogotá- Región). Algunas universidades e institutos de formación técnica se están aproximando a empresas grandes y pequeñas para ofrecerles programas de capacitación a la medida de sus necesidades y muchas firmas han optado por la “capacitación en casa” muchas veces con el apoyo del SENA. Esta parece ser una dirección correcta. Si queremos cambiar la cultura hacia la ciencia, la tecnología y la innovación, el país deberá reenfocar la educación básica, desde la primaria hasta la media y al grado 12 opcional, para inculcar en niños y jóvenes la afición e interés en el pensamiento científico, facilitando desde la escuela la preparación para ingresar a estas carreras. Esta estrategia es de muy largo plazo pero puede ser una de las más recomendables. En las circunstancias que vivimos en un mundo globalizado, competitivo y movido por la tecnología, es urgente tomar conciencia del cambio necesario en los sistemas educativo y productivo y esa transformación comienza desde el preescolar hasta los doctorados, pasando por las profesiones, las tecnologías y la capacitación técnica. Todo es parte de un todo que involucra no solo al sector educativo sino a la comunidad, pasando desde luego por los sectores productivos.
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