El remezón en la cúpula militar se debe a un cambio de estrategia y a una respuesta político-mediática, porque la insurgencia tuvo que regresar a la guerra de guerrillas, es decir, a andar en pequeños grupos por los duros golpes de la Fuerza Aérea.
Y el gobierno está reconociendo que el tema de la seguridad iba mal, haciendo necesario las operaciones especiales o de comando, donde el general Navas probó ser un experto, cuando rescató al general Luis Mendieta, a los coroneles Enrique Murillo, William Donato Gómez y al sargento del Ejército Arbey Delgado.
Pero el hecho de que hayan llamado a calificar servicios al general Gustavo Matamorros y la salida del almirante Cely, demostraron que al interior de las Fuerzas Armadas no hay unidad sino celos, y que el conflicto interno en Colombia es contra las guerrillas y no contra unos piratas en el mar. Al mismo tiempo, también quedó claro que la buena fe del doctor Rodrigo Rivera no era suficiente para que el presidente Santos tuviera el control de las Fuerzas Militares y por ende, el de la seguridad.
Aunque es injusto pensar que la baja moral de las tropas se debe a los fallos de la justicia, cuando ha sido la justicia ordinaria la responsable de que los falsos positivos continúen en la absoluta impunidad. Además, porque en Colombia creemos equivocadamente que el fuero y la Justicia Penal Militar son una especie de licencia para que los héroes de la patria no cumplan con los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario.
Entendiendo que esa suspicacia se debe a que los procesos en contra del general Montoya, las ejecuciones extrajudiciales y los casos del DAS, entre otros, son hechos gravísimos, que dificultan la reconciliación entre todos los colombianos y que afectan el enfoque de la nueva política internacional del país.
En otras palabras, así no se gana la guerra o se hace la “paz” y le resta argumentos a un gobierno que reconoce la existencia de un conflicto interno, que reconoce a unas víctimas y que al parecer tiene la voluntad de ponerle punto final al anacronismo de la violencia en Colombia.
