Dudamel en Bogotá. El Milagro de la diplomacia

19 de diciembre del 2010

La presencia de Gustavo Dudamel el joven director de orquesta venezolano, es todo un milagro producido por la recomposición de las relaciones colombo-venezolanas. Estoy seguro que en la agenda de este músico no figuraba Colombia en este año y tal vez pasarían varios años antes de que este niño mimado de todas las grandes orquesta europeas hubiera llegado a Colombia.

El éxito de Dudamel, solo es comparable al de Leonard Berstein con la Filarmónica de New York, cuando siendo asistente de uno de los legendarios maestros, debió remplazarlo por enfermedad en un concierto dominical, cuando no había llegado a los 25 años. Al día siguiente el titular elogioso del New York Times pudo  más que los muchos años de carrera que hubiera necesitado este gran músico para llegar a entrar en el círculo cerrado de los maestros. De alguna manera esto explica que para su debut con la Filarmónica de New York hace un par de años, hubieran desempolvado del museo una de las batutas que uso el legendario Berstein.

Con lleno completo en la imponente sala Santodomingo al norte de Bogotá, el jueves pasado la Orquesta Juvenil de Venezuela, interpretó nada menos que la segunda sinfonía de Gustav Malher una obra deslumbrante y más en las manos de este joven que emana talento a raudales, con una fuerza interior que solo llega a  los elegidos  un conocimiento envidiable de los detalles de la obra que afrontó de memoria  y unas posibilidades expresivas extremas entre los momentos de intensidad y dramatismo con unos fortísimos apabullantes, que contrastaban con “pianísimos”  de las cuerdas como se oyen en las orquestas de postín. Y lo mejor de todo, su sencillez, virtud poco común en este tipo de profesionales.

El público bogotano que no es muy dado al aplauso, se levantó de sus asientos para llenar el recinto de aplausos continuos por más de diez minutos, casi con la última nota de la Resurrección, que es como se conoce esta pieza. En ningún momento, quien había provocado este latir de corazones, subió a la tarima del director para cosechar su merecido triunfo y el de sus jóvenes músicos, como es lo normal. Se quedó abajo unas veces junto a las dos excelentes solistas norteamericanas o de los primeros violines cercanos al podio, como destacando que  era una labor de conjunto, incluyendo a la sociedad coral Santa Cecilia que estuvo a la altura de las circunstancias en el movimiento final.

La orquesta integrada por jóvenes del milagro musical venezolano, un experimento iniciado por el maestro José Antonio Abreu quien estaba en la sala, ya ha recorrido medio mundo y se ha dado el lujo de presentarse en el Carnegie Hall y ser invitada al gran Festival de Salzburgo, para mencionar solo dos sitios a los cuales no concurren sino los músicos de renombre. Para destacar la actuación del grupo de cornos, más de media docena, que sonaban como si fueran uno y el envidiable  sonido de las cuerdas como aquel de las orquestas de la Europa oriental, con unos chelos destacadísimos por su trajín en esta difícil obra.

Qué buena respuesta de estos músicos a los cambios de tiempo indicados por el director, a sus cortes espectaculares y a la variedad de dinámica tan propia de Dudamel. No en vano ya han grabado cinco discos compactos con uno de los sellos importantes de Europa.

Una anotación para los organizadores. Buenas las notas de programa, pero deben recordar que la mayoría de los que asisten a estos conciertos ya han pasado por la óptica hace rato y desearían letras mas grandecitas.

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